Capítulo 9 #3
Justin le dio las gracias y le ofreció el brazo a Jessica.
Ella se lo cogió tras una vacilación apenas perceptible, y juntos salieron a la calle Clarence.
Durante un rato, la chica permaneció en silencio y Justin no intentó irrumpir en sus pensamientos.
Sentía que, por segunda vez en su breve relación, el trato que su padrastro le había dispensado la tenía humillada y malhumorada.
Cruzaron la calle Bridge y estaban a la vista de la puerta de la Casa de Gobierno cuando, por fin, Jessica se animó a darle las gracias.
—Ha sido… muy amable por tu parte, y te lo agradezco, pero has de estar pensando que yo… Ay, que no te traigo más que problemas. Primero fueron esos marineros y ahora…, ahora esto. Me siento tan avergonzada.
—No tienes por qué avergonzarte, Jessica —protestó Justin—. ¡Tú menos que nadie!
Caminando uno al lado del otro, con el brazo de la moza enlazado en el suyo, fue consciente de la extraña agitación de sus sentidos.
A ello se unían la ternura y una ambición instintiva de consolarla y protegerla.
Era tan pequeña y vulnerable… Y, sin embargo, tan valiente, por haber soportado durante tanto tiempo lo que el bruto de su padrastro la había hecho sufrir.
—Jessica —empezó a decir—, tú…
Pero ella no lo estaba escuchando.
—Fue culpa mía que te condenaran —afirmó—. Las pruebas que aportó en tu juicio… —No se atrevía a pronunciar el nombre de Campbell, y su tono se tornó amargo.— Su testimonio hizo que te declararan culpable, porque no me creyeron, por eso.
Justin negó con la cabeza.
—Fue porque los del Semarang cometieron perjurio, y no puedo culpar de eso a tu padrastro.
En cualquier caso, al final admitieron que habían mentido y mi condena ya fue anulada.
Por eso he venido a buscarte esta tarde, para decirte que de nuevo soy un hombre libre y que el capitán Case ha hecho rectificaciones muy generosas.
El balandro que yo estaba construyendo ya está terminado, listo para probarlo en la mar y permitirme volver a trabajar. No he sufrido, créeme.
—Tuviste que cumplir dos meses de tu condena, ¿no es así? —Jessica se detuvo junto al bajo malecón y se volvió. Sus ojos oscuros escrutaban con ansiedad el rostro de Justin.
Él le sonrió.
—No ha sido nada difícil. He podido acompañar al señor Lawson y a los otros en su expedición a las montañas Azules. Si hubiera estado en la mar, nunca habría tenido la oportunidad; y ha sido la aventura de mi vida.
—¿Estuviste con ellos, con el señor Blaxland y el señor Wentworth?
Leí el informe en el Gazette y oí al gobernador hablar del tema a la señora Macquarie.
Ah, Justin, eso fue algo muy valiente —Sus ojos oscuros brillaban—.
¡Tú escalaste esas montañas y encontraste el camino!
No lo sabía. Tu nombre no estaba impreso en el Gazette.
Justin se encogió de hombros y restó importancia al asunto con una fingida indiferencia, no fuera a ser que ella intentara de nuevo culparse por semejante omisión.
—Me clasificaron entre los sirvientes convictos —dijo—. No tiene importancia. El gobernador desea que no se hable de nuestra expedición hasta que haya sido explorada la posibilidad de construir un camino a través de las montañas. Así que… es mejor que lo olvides.
—Sí, pero…
—Su Excelencia tiene sus motivos —dijo Justin—.
Ah…, Jessica, he ido a buscarte esta tarde porque quería darte las gracias por haber asistido a mi juicio.
Por eso estaba en casa de tu padrastro; yo no tenía ni idea de que estuviera ahí.
Mi intención no era jugar al fisgón ni pelearme con él, pero, cuando te ha golpeado…
¡Ah, qué demonios! No me arrepiento de nada, créeme, salvo por ti, quizás, porque puede que te haya empeorado las cosas.
—No, tú no has empeorado nada. —El rubor inundó las mejillas de Jessica.
Se dio la vuelta y miró a través de la cala con los ojos empañados en lágrimas.
Disgustada, dijo en voz baja—: Sabes que él, mi padrastro, mintió sobre mí, igual que los marineros.
Yo… no soy una libertina, Justin. Y quería a mi madre.
Haya dicho lo que haya dicho, no le rompí el corazón, yo…
—Lo sé muy bien, Jessica India —afirmó Justin. Quiso cogerla de la mano y volverle la cara, pero sus nudillos en carne viva rozaron la parte superior del malecón. Hizo una mueca de dolor y ella exclamó preocupada:
—¡Estás herido!
—No es nada —la evitó—. Solo los nudillos desollados. Ven, te acompaño a la puerta.
Caminaron juntos, y, al llegar a la verja, con su centinela patrullando, hizo un gesto hacia la casa.
—Ven a la cocina, al menos, y déjame lavar esos cardenales. El ama de llaves tendrá vendas y un ungüento, y…
—¡No! —Justin la interrumpió con un tono más duro de lo que hubiera querido—.
Por el amor de Dios, ¡eso provocaría suspicacias por toda la casa de Su Excelencia!
No quiero nada de eso, eh… Mejor te dejo aquí, Jessica.
Tengo que ocuparme de mi barco y buscar un servicio.
Me han dicho que la señora O’Shea, Abigail O’Shea, quiere viajar al Hawkesbury. ¿La conoces?
—Sí, sí que la conozco. A veces, cuando viene a visitar a la señora Macquarie, cuido de su hijito: Dickon. Pobrecillo, es sordomudo. Es un niño encantador, y su madre es muy guapa. —Jessica vaciló y evitó la mirada del joven—. ¿Estarás fuera mucho tiempo?
—Será una semana, más o menos, si me dan el mandado —respondió Justin con ligereza—. ¡Deséame suerte, Jessica!
—Te deseo suerte, Justin —repitió ella con la voz pequeña y llana. Le dijo adiós pronto, sin mirarlo de frente. Luego, se recogió las faldas y echó a correr por el camino de entrada a la Casa de Gobierno.