Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 9 #2
62%

Capítulo 9 #2

Todos en la habitación se quedaron mirando a Justin con diversos grados de perplejidad.

Él alcanzó a distinguir un cardenal en la mejilla de Jessica y semejante visión avivó la llama de su ira.

Murmuró algo, a lo que la otra mujer, la esposa de Campbell, supuso, reaccionó con un grito de alarma.

Luego, como si ella supiera que nada de lo que pudiera decir disuadiría al joven, pegó otro grito ahogado y corrió de inmediato hacia la chimenea, donde las dos niñas estaban agazapadas. Las cogió en brazos.

—Ahora, señor Campbell —dijo amenazador—, ¡veamos cómo le va con alguien más cercano a su tamaño!

—¿Qué…? —maldijo el hombre. Miraba a Justin como un estúpido—.

En el nombre de Dios, ¿quién eres tú para venir aquí, a mi casa y…

? —Poco a poco empezó a darse cuenta. Se levantó sobre una rodilla tambaleante y emitió un sonoro rugido de burla.

— ¡Te conozco, maldito joven sinvergüenza!

Eres ese sapo retorcido y zalamero del que Jessie se ha encaprichado, la muy tonta, ¡y quien la arrastró a los tribunales, ni más ni menos!

Bueno, ¡al diablo con vosotros! No escucharé nada de los labios de un apestoso convicto.

—Se puso en pie y fue a situarse detrás de su mujer.

— Muévete, llama a los agentes y llévate a las niñas contigo…

¡Date prisa! ¡Diles que un convicto fugado ha entrado aquí!

La mujer obedeció y Justin oyó a Jessica gritar de miedo.

—¡Justin, lo dice en serio… y sabes que va a mentir! Vete, por favor, ¡vete! Si no lo haces, acabarás metido en problemas.

—No me iré —gruñó Justin— hasta que le haya dado a este cerdo borracho una buena e inolvidable lección. No volverá a levantar la mano contra ti, te lo juro. Bueno, Campbell —lo desafió con mordaz desdén—, ¿eres pura labia, fanfarronería y sucias mentiras o tienes agallas para levantarte y luchar?

Como respuesta, Campbell se quitó la chaqueta del uniforme e hizo un gesto hosco hacia la puerta trasera.

—Fuera —lo invitó— y te enseñaré, ¡maldito seas! Seré yo quien te dé una lección.

Se pusieron frente a frente en el pequeño jardín vallado; Campbell con los brazos en guardia, al estilo de un púgil entrenado, agachada la rapada cabeza de bala y encendidos los ojos oscuros.

Aventajaba a Justin en estatura y peso, pensó serio el joven, y, quizás, también en técnica y experiencia, pero…

Los años de beber en exceso habían hecho mella en el cuerpo abultado del hombre y, a pesar de todos sus contoneos y balanceos, era lento.

Sus movimientos se habían vuelto torpes, y sus músculos, flojos.

En cambio, él… Su tensión se relajó cuando esquivó con destreza la primera embestida de su oponente.

Luego, el grandullón se detuvo y terminó de dar la vuelta con dificultad.

Justin aprovechó el instante para conectarle dos puñetazos sucesivos en los labios abiertos.

El soldado maldijo y un hilo de sangre empezó a correr por su barbilla.

Lanzó una patada y su bota alcanzó a Justin en la ingle.

Fue un golpe inesperado. Campbell se echó adelante con un ataque contundente, tanto a patadas como a puñetazos, mientras Justin, desequilibrado y dolorido, bajaba la guardia por un momento, pero el corpulento hombre ya respiraba con dificultad; el sudor brotaba por todos sus poros y sus roncas amenazas apenas se alcanzaban a oír.

Justin, que no tardó en recuperarse, asestó dos rápidos puñetazos en el vientre blando de Campbell.

Oyó a su oponente jadear, pero este, como si acabara de recordar las habilidades que alguna vez debió de haber aprendido en el cuadrilátero, cruzó sus poderosos brazos delante del pecho y rechazó el siguiente porrazo.

Su estrategia pudo haber tenido éxito si no hubiera intentado, una vez más, escapar a patadas.

Esa vez, Justin estaba preparado. Cuando la bota del soldado se separó del suelo, agarró a Campbell por el tobillo y empujó hacia arriba.

Su adversario cayó de espaldas, rodó y gimió. Justin se hizo a un lado.

—Ya he tenido… bastante —jadeó el hombretón, que se arrastraba sobre los codos y hacía grandes esfuerzos por respirar.

Tras el asco vino la ira. Justin empezara a darse la vuelta cuando Jessica gritó.

En ese instante, se dio cuenta de su error, pero Campbell ya estaba en pie y avanzaba hacia él con una pala de jardín oxidada en todo lo alto.

Amenazante, una determinación asesina brillaba en sus ojos.

La improvisada arma cayó y falló por pocas pulgadas, gracias a que el joven pudo dar un salto.

Entonces este, con toda la furia desatada, se abalanzó sobre su oponente, le arrebató la pala y la arrojó fuera de su alcance.

—Ahora —juró furioso—, ¡recibirás tu merecido, y te juro por Dios que lo recordarás el resto de tus días! Cerdo mal nacido, si vuelves a ponerle una mano encima a Jessica, ¡vendré desde los confines de la tierra para que vuelvas a oír tu lección!

Duncan Campbell ya estaba sollozando y suplicando clemencia mucho antes de que la furia de Justin se hubiera extinguido.

El muchacho aporreó el rostro del hombre hasta convertirlo en una pulpa sangrante.

Le estrelló los puños sin piedad contra los flácidos músculos de su hinchada barriga.

Luego le puso los dedos en la carnosa garganta y lo zarandeó como un terrier a una rata.

Solo cuando Jessica se hizo oír y le suplicó que se detuviera, la ira de Justin empezó a calmarse. Asqueado de pronto, dejó caer a los costados sus magulladas manos. En ese momento, Jessica consiguió llamar toda su atención.

—La guardia —le dijo con voz entrecortada—. Agnes ha llamado a la guardia del cuartel, no a los alguaciles. ¡Justin, están aquí!

Un sargento alto se acercó y Justin lo encaró.

El muchacho se quedó mirando con recelo a los dos soldados armados que el hombre tenía a su espalda.

Sabía que era inútil intentar escapar. Le detendrían, lo pondrían de nuevo ante los magistrados de Sídney y, sin duda alguna, terminaría condenado por ese altercado.

Aunque la condena anterior había sido anulada, con sus antecedentes no podía esperar salir absuelto.

Su ira empezaba a aumentar de nuevo cuando, para su asombro, el sargento le guiñó un ojo y chasqueó la lengua en dirección al cuerpo inerte de Campbell.

—Estábamos observando al sargento mayor Campbell quebrantar la paz, señor, y hemos sido testigos del ataque no provocado —hizo una graciosa mueca hacia la pala caída— con un arma ofensiva contra usted.

Haré que lleven al sargento mayor a la sala de guardia.

Tengo la intención de denunciarlo por embriaguez y alteración del orden público.

Incapaz de creer lo que sus propios ojos y oídos le estaban diciendo, Justin se lo quedó mirando sin poder articular una sola palabra. La expresión grave del sargento se relajó de pronto en una sonrisa.

—Señor —sugirió en voz baja—, si usted desapareciera ahora mismo con la intención de escoltar a la chica Jessica Maclaine de vuelta a la Casa de Gobierno, mis hombres y yo…

Mire usted, estamos ciegos, como comprenderá.

Diremos que no hemos podido identificar a la persona que ha atacado al sargento mayor Campbell.

En cuanto a sus heridas… bueno —la voz cadenciosa de las Tierras Altas tenía una nota de inesperado cinismo—, ¿quién podría decir que no las ha sufrido al resistirse al arresto?

Campbell es un hombre violento cuando bebe; y ha sido su esposa, Agnes Campbell, señor, quien lo ha denunciado al oficial de ordenanza.

Ha dicho que estaba borracho y que ella tenía miedo de lo que pudiera hacer. Mis órdenes eran ponerlo bajo custodia.

Justin sintió que la mano pequeña y temblorosa de Jessica se acercaba a la suya. La magulladura de su mejilla se estaba desvaneciendo. Al verla, Justin sintió que toda la tensión empezaba a abandonarlo.

—Te presento al Sargento Macrae, Justin —susurró ella—. Conoce a mi padrastro desde hace muchos años, y también conoció a mi madre. No hará nada que no sea correcto. Por tu propio bien, no te involucres más.

El sentido común le decía que la moza tenía razón.

Justin tenía que pensar en su nuevo balandro, su medio de vida, y…

Su corazón se animó. También estaba, si Dios quería, la perspectiva del llevar a Abigail O’Shea al Hawkesbury.

Debía someter al Flinders II a las pruebas de mar antes de emprender cualquier encargo.

Miró al sargento Macrae y escudriñó con ansias el rostro delineado y curtido.

—¿Qué ocurrirá aquí si sigo su consejo, sargento?

—El coronel O’Connell ordenará que degraden a este hombre, eso es seguro, pero no será nada malo.

Macrae se dirigió hacia donde yacía Campbell, apenas consciente y respirando entre estertores.

Durante un largo momento, estudió con el ceño fruncido las maltrechas facciones.

Luego hizo un gesto a los hombres de la escolta para que lo pusieran de pie.

Mientras se lo llevaban, el sargento añadió pensativo:

—Creo que Duncan Campbell se lo ha estado buscando durante mucho tiempo.

Si no hubiera sido usted, bien podría haber sido yo mismo u otros del regimiento, porque no nos gustaba la clase de hombre en que se había convertido.

—Luego, otra vez como un soldado enérgico, regresó al lado de Justin.

— Será mejor que se vaya, señor Broome; los dos: usted y Jessie.

Deseo olvidar todo lo que he visto aquí, como comprenderá, y debo hablar con la señora Campbell.

Tengo que asegurarme de que ella también comprenda todo.