Capítulo 9
El informe del Gazette de Sídney era breve. Justin lo leyó un poco desconcertado.
Ambos caballeros, junto con el señor W. C.
Wentworth quien, según tenemos entendido, los acompañaba, visitaron a Su Excelencia el gobernador a principios de esta semana.
Lo informaron de que han descubierto una prodigiosa extensión de terreno llano en la dirección que siguieron, al norte del río Western.
Esto, que podría ser algo de importancia y gran utilidad para la colonia, da a los caballeros empleados en el descubrimiento el derecho a la gratitud de los habitantes.
Sin embargo, aún no nos han sido revelados más detalles de la expedición.
—El gobernador no puso en duda mis declaraciones —explicó Gregory Blaxland con un resentimiento apenas disimulado—, pero parecía insatisfecho.
Me ha dado motivos para suponer… ¡Qué maldición no poder expresarlo con suficiente delicadeza!
Me ha dado motivos para suponer que no tenía esperanzas ni deseos de que tuviéramos éxito.
Además, insistió en que no reveláramos nada de nuestro descubrimiento, ¡no vaya a ser que los convictos fugados sientan la tentación de seguir nuestra ruta y que, arriando ganado robado, se supone, tomen posesión de las nuevas tierras!
—Furioso, dio un fuerte puñetazo en la mesa sobre la que Justin había depositado su ejemplar del Gazette.
—No es de extrañar que Will Lawson se haya marchado a Prospect tan disgustado.
—¿Eso ha hecho, señor? —preguntó Wentworth—. Pero…
Blaxland no le prestó atención.
—Ese informe tan miserable e inadecuado, del que se tacharon los nombres de Justin y Byrne, fue censurado por el secretario Campbell; no dudo que por instrucciones del gobernador.
De hecho, es probable que lo haya escrito Campbell, no George Howe.
Y ese otro joven periodista, ¿cómo se llama?
Hayes, ¿no es así?, ¿Damien Hayes? El tipo, por lo visto, actúa como representante del London Chronicle…
Bueno, pues estaba husmeando en la oficina del Gazette en busca de una historia, por supuesto, y estuve muy tentado de presentarle la nuestra.
Sin embargo, me abstuve, vista la actitud del gobernador.
Maldita sea, ahora me entero de que Hayes ha tomado pasaje a Hobart a bordo del Semarang. Ha zarpado esta mañana.
—Su Excelencia ha prometido organizar una expedición oficial para inspeccionar nuestra ruta —dijo William Wentworth en tono apaciguador.
Luego se encontró con la mirada perpleja de Justin y se encogió de hombros—.
Ha sugerido enviar a George Evans, de la oficina del agrimensor, para que examine la posibilidad de construir una carretera.
Porque, sin una carretera que permita a los colonos y su ganado cruzar las montañas, nuestro descubrimiento tendrá poco valor para la colonia en su conjunto.
Y no hemos atravesado esas montañas en su totalidad, señor Blaxland.
—No dejas de recordármelo, William —replicó Blaxland, que no tenía intenciones de apaciguarse.
—Bueno, no podríamos esperar recompensas por lo que no hemos conseguido, ¿verdad, señor?
—¿Y quién habla de recompensas, demonio de muchacho?
—Yo había supuesto —murmuró el joven con una sonrisa maliciosa— que podría haberlas.
Aparte de nuestro amigo Justin, que ha regresado para encontrar el esqueleto de su barco ya construido, no se puede decir que los riesgos que corrimos con nuestras vidas y miembros corporales nos hayan valido una aclamación.
—Señaló las páginas arrugadas del Gazette.
— Eso no es lo que yo consideraría un elogio, con el debido respeto al secretario Campbell.
—Adoptó una solemnidad fingida y citó—: «¡Y, visto más de cerca, el hermoso paisaje crecía, abriéndose como Canaán ante la mirada del extasiado Israel!
». Al menos, el viejo Lucky Byrne recibió una recompensa: Su generosa Excelencia le dio diez libras por las molestias, en dólares de plata.
Todavía irritado, Blaxland desechó esos comentarios sarcásticos.
—Will Lawson es un topógrafo e ingeniero capacitado y ha dicho que sí se podría construir una carretera. No una de carruajes, quizá, pero sí una adecuada para el paso de ganado vacuno y ovino. No entiendo por qué Macquarie insiste en el secreto y el retraso.
—Por la razón que dio, señor —afirmó el joven Wentworth—: para no ofrecer ninguna tentación a los fugitivos, a los forajidos…
Llame a esos pícaros como quiera. Hablando en serio, como alguacil preboste en funciones y jefe de la policía de la colonia, debo aplaudir la cautela de Su Excelencia, aunque ello me prive de la aclamación.
Necesitamos que los convictos trabajen para nosotros, que construyan casas y carreteras, no que huyan con el ganado de los colonos en busca de la tierra prometida.
Y no busco ninguna recompensa tangible, como tampoco la está buscando Justin.
¿No es así, Justin, amigo mío? Ahora que vuelves a ser un hombre libre, imagino que volverás a la mar, ¿no?
Justin asintió algo distraído. Por alguna razón inexplicable, estaba pensando en la pequeña Jessica India Maclaine. Tuvo que hacer cierto esfuerzo para volver al presente.
—Sí… Sí, desde luego. Cogeré el primer servicio que consiga, sea al río Coal, a Hobart o al Hawkesbury. —Sonrió.— Antes de zarpar, el capitán Case me regaló una brújula y un buen cronómetro. Podría estar listo para hacerme a la mar en una semana.
—¡Espléndido! —exclamó William Wentworth—.
Me imagino, entonces, que sé de quién podrías esperar un encargo.
La señora O’Shea, la encantadora Abigail, está ansiosa por visitar su propiedad en el Hawkesbury.
Tiene que transportar ganado y está preocupada por su hermana, según me ha dicho.
No ha recibido noticias de ella en las últimas semanas y…
Siguió hablando, pero Justin apenas lo oía.
El recuerdo era casi doloroso, pero no podía dejar de evocarlo…
¡Abigail, la querida Abigail! Incluso después de todo ese tiempo, si en la tierra encontrara la más mínima oportunidad de ponerse a su servicio, ¡la agarraría con ambas manos!
Necesitaría una tripulación. Cookie Barnes estaba de vuelta en el puerto y dispuesto a enrolarse con él una vez más.
Por otra parte, no le sería muy difícil encontrar otro hombre; o, llegado el caso, un buen muchacho podría bastar, siempre que el viejo Cookie estuviera en condiciones.
Interrumpió la larga perorata de William Wentworh.
—Buscaré a la señora O’Shea —dijo—. Gracias, Willie, por la sugerencia.
La hermana menor de Abigail, Lucy, recordó, se había casado con el emancipado Luke Cahill, un muchacho decente y trabajador a quien los Boskenna habían tenido como empleado en Yarramundie.
Lucy Tempest había causado cierta sensación por su comportamiento ingobernable antes de que Justin zarpara para Inglaterra, y la chica no le había caído muy bien, pero…
Se levantó, incapaz de disimular su impaciencia, y se despidió.
— Nil mortalibus ardui est! —dijo tras él William Wentworth en burla amistosa—. ¡Buena caza, Justin!
Sin embargo, Justin se recordó que tenía que hacer otra visita y que debía hacerla antes de comprometerse con un servicio. Hasta hacía dos días, su sentencia lo mantenía lejos de Sídney, pero volvía a ser un hombre libre y tenía deudas que saldar…
Sin embargo, en la Casa de Gobierno, el ama de llaves, la señora Ovens, le dijo que Jessica Maclaine no estaba de servicio.
—Ha de estar en el cuartel del sargento mayor Campbell, en Clarence Street, visitando a sus hermanas —añadió la mujer con la intención de ser servicial—, pero no encontrará allí al sargento mayor, señor Broome. Jessica no visita a sus hermanas cuando él está en casa.
Lo cual, pensó Justin burlón, no era de sorprender a nadie. Encontró el barrio sin dificultad y la puerta de la casa abierta. Estaba a punto de entrar cuando una voz de hombre que gritaba acusaciones iracundas lo hizo detenerse en el instante.
—¡Maldita zorra! No te tendré aquí, descarriando a mis hijas con tus chácharas. ¿No te bastó con romperle el corazón a tu madre y provocar su muerte? ¡Pero aquí estás, colándote cuando pensabas que te estaba dando la espalda! No eres bienvenida, Jessie, así que vete. Largo de aquí, ¿me oyes?
Otra voz, esa de mujer, irrumpió la diatriba.
—Jessie no ha hecho nada malo, Duncan, y las niñas disfrutan de sus visitas; y yo también. Además, ¿no fuiste tú quien le dio permiso para venir? ¿No dijiste…?
—¡Calla, mujer! —tronó él.
Justin se dio cuenta de que la voz se arrastraba.
Era evidente que el sargento mayor Campbell había bebido.
Jessica no había dicho una sola palabra hasta entonces, no lo había provocado.
A la espera de que la chica saliera de la casa, Justin dio un paso atrás, ansioso por no revelar que los había estado espiando.
Se escondería por ahí para quedar fuera de la vista y la alcanzaría más adelante, pero un grito agónico de Jessica lo detuvo en seco.
—¿Quieres vértelas con mi cinturón, entonces? —preguntó Campbell.
Justin oyó el latigueo del cuero al descender y, enseguida, el golpe.
Una furia salvaje lo cogió por la garganta.
Despojado de toda la cautela, se lanzó dentro de la habitación.
Estaba tan lleno de rabia que, por un momento, no pudo decir nada, ni siquiera intentar explicar el motivo de su presencia.
—¡Qué diablos! —Campbell, en calzones y con la túnica arrugada, se quedó boquiabierto.
Tenía la gruesa correa de cuero en lo alto como si, incluso en ese momento, tuviera intención de seguir fustigando a su indefensa hijastra.
Justin lo agarró del brazo levantado y, con la ventaja de la sorpresa, le arrebató el cinturón; lo arrojó lejos y, al mismo tiempo, dio un empellón a Campbell.
El hombretón tropezó con un taburete y cayó al suelo como un fardo.