Capítulo 8 #4
El domingo 6 de junio, con las últimas provisiones agotadas, estaban de vuelta en el arroyo South, en la granja de Gregory Blaxland.
Aunque enfermos de cansancio, se sentían exultantes.
Habían cruzado las montañas Azules hacia la tierra desconocida que había del otro lado y habían descubierto que era tal como el gobernador Phillip había predicho.
No un desierto; tampoco el vasto mar interior que William Lawson, por lo que ahora confesaba, había temido tener ante sus ojos al final de su arduo viaje.
Al volver a Prospect acompañado de Justin, Lawson escribió su informe. Justin lo leyó con un nudo en la garganta.
Ahí hay una gran extensión de hermosos bosques, junto con los pastos mejor regados que he visto en este territorio.
No me cabe duda de que los nuevos campos serán una gran adquisición para toda la colonia.
Y no será difícil hacer una buena carretera hasta ese lugar, siempre y cuando se tenga en cuenta su relieve.
Y, si hubiera una invasión, aquel sería un refugio seguro para los habitantes y sus familias, así como para el ganado, ya que esta parte del país está tan moldeada por la naturaleza que unos pocos hombres serían capaces de defender sus sendas contra un gran cuerpo.
También tengo razones para creer que la misma cresta de montañas por la que viajamos nos llevará al interior del país y que no será difícil encontrar una conexión de ahí hasta la cabecera del río Coal, donde, por lo que sé, hay una gran extensión de tierra de pastoreo…
Tras diez días de reponer fuerzas y recopilar informes sobre la travesía, el grupo volvió a reunirse. A caballo, emprendieron el camino Sídney para informar en persona al gobernador.
Tenían la cala a la vista cuando Justin interrumpió una discusión en la que estaban enfrascados Gregory Blaxland y William Wentworth. Debatían si, de hecho, habían atravesado toda la cordillera.
Más abajo flotaban anclados el navío del rey Semarang y tres goletas comerciales. El grito de Justin, mezcla de asombro y regocijo, detuvo el intercambio un tanto enconado entre sus dos compañeros. Ambos se volvieron al mismo tiempo hacia él, casi molestos en apariencia.
—¿Qué diablos tiene que ver conmigo esa porquería de barco? —Preguntó Blaxland—. Tenía por seguro que hacía tiempo que había zarpado hacia Cabo.
—Sufrió daños por una tormenta y tuvo que volver —explicó Wentworth—. De todos modos, ¿qué te tiene tan emocionado, Justin? No estarás ansioso por reverdecer tu relación con esa gente, ¿verdad?
—Es mi balandro lo que me interesa —respondió Justin. Señalaba, apenas capaz de creer lo que le decían sus propios ojos—. Por Dios, Willie, ¡míralo!
El barco que Justin había dejado a medio terminar en el astillero de Simeon Lord y cuya proa habían destruido los vándalos estaba en el agua, amarrado a un extremo del muelle.
Por lo que alcanzaba a distinguir, estaba terminado en todos sus detalles: los dos mástiles inferiores habían sido instalados, con todo su aparejo fijo.
Unos veinte hombres, todos vestidos de marineros y con sombreros de cordaje, se movían confiados por el muelle.
Había también un par de cabrias funcionando con eficacia.
Mientras Justin miraba incrédulo, los marineros estaban levantando el trinquete para encajarlo en su sitio.
En la cubierta del balandro, un segundo grupo trabajaba en empinarlo y aparejarlo.
Los dirigía un oficial alto que vociferaba las órdenes con impaciencia.
Incluso a la distancia a la que se encontraba, Justin lo reconoció. Atónito, sacudió la cabeza.
—Perdóneme, señor —se dirigió a William Lawson—, si no lo acompaño, pero tengo que averiguar lo que está ocurriendo. Ese es el capitán Case, ya lo ve, a bordo de mi balandro. Parece que… ¡Válgame el cielo, señor Lawson, tal parece que su gente ha estado construyendo el barco para mí!
Lawson se encogió de hombros.
—Un pago adecuado si ese es el caso, Justin.
Ve, mi querido muchacho, y haz las paces con la marina de Su Majestad.
Por supuesto, yo me encargaré de que el gobernador sepa el papel que has desempeñado en nuestra reciente exploración.
La menor recompensa que puedes esperar es el indulto.
—Se inclinó para coger la rienda de Justin. — Déjame tu caballo.
El capitán Case lo saludó con su típica falta de contrición.
—Ah, así que ha vuelto, señor Broome. Esperaba tener esto terminado —hizo un gesto vago a su alrededor, mientras sus hombres se afanaban sudando bajo el ardiente sol— y su balandro listo para hacerse a la mar, pero ha trastornado mis cálculos al regresar un poco antes de tiempo.
Confío, sin embargo, en que su aventura hacia lo desconocido haya sido un éxito.
Justin lo miró con recelo.
—Así ha sido, señor, sí, pero usted… ¿Puedo preguntarle por qué ha puesto a la compañía de su barco a trabajar en el mío?
Case le dedicó una leve sonrisa maliciosa.
—Esto los mantiene alejados de las calles, ¿verdad?
Evita que molesten a inocentes damiselas y a jóvenes carpinteros de navíos.
—Su sonrisa se desvaneció y puso una delgada mano morena en el brazo de Justin.
— Señor Broome, mi tercer teniente, en la errónea creencia de que habíamos visto la ciudad de Sídney por última vez, me confesó lo que algunos de estos villanos míos le hicieron.
También admitió que había cometido perjurio en su juicio con el fin de salvar a su propia gente de las represalias.
Bueno, yo he hecho todo lo que estaba en mi mano para poner las cosas en su sitio.
—Contó con los dedos—: En primer lugar, el teniente Horton ha repetido su confesión ante el juez, por lo que su condena y sentencia, Broome, han sido anuladas.
En segundo lugar, el contramaestre oficial Dodge recibió dos docenas de latigazos y ha sido despedido.
En tercer lugar, y confío en que esto lo deje satisfecho, la mitad de los hombres bajo mi mando han tenido que aprender de prisa las habilidades de los carpinteros de buques.
Después de haber trabajado en las reparaciones del Semarang, han completado el trabajo que usted había comenzado en este pequeño y fino navío.
Sin poder pronunciar una sola palabra, Justin seguía mirándolo incrédulo. El brazo de William Case, vestido con ropa inmaculada, le rodeó los hombros.
—Se ha hecho justicia, señor Broome, y, con toda franqueza, espero que no piense demasiado mal de mí.
Zarparemos a fines de esta semana, siempre que el viento sea favorable, y esta vez con la confianza de que no volveremos.
Me he servido de un poco de su teca para mi propio barco, pero le he dejado, a cambio, un juego de lonas para el suyo.
¿Puedo considerar que nos despediremos como amigos?
A menos, es decir, que quiera reconsiderar mi oferta de un puesto como primer oficial. Todavía está abierta.
Por fin, Justin pudo articular algunas palabras.
—Gracias, señor —se las arregló para decir—, pero…
—Podría vender su balandro —dijo el comandante del Semarang — y yo podría prometerle un cargo cuando hayamos cumplido nuestra misión. ¿Qué me dice, señor Broome? ¿Es un sí o un no?
—Tendrá que ser un no, señor —contestó Justin; y para su propia sorpresa, fue consciente de que lo lamentaba—.
Verá… —En busca de una buena razón, recordó de repente la verde vista de los pastos desde la cima de la última colina rocosa que él y su grupo habían conquistado.
Añadió, entonces, con un renovado orgullo—: Mi futuro está aquí, señor.
Lo he visto extenderse ante mí hace menos de dos semanas.
El capitán Case le tendió la mano.
—Muy bien, señor Broome. Solo puedo decirle adiós y buena fortuna. Y espero que tenga razón.
Y tenía otra razón para quedarse allí, pensó Justin, mientras estrechaba la mano extendida. Aún no se había hecho justicia a la pequeña Jessica Maclaine.