Capítulo 8 #3
Siguieron trabajando con las manos ampolladas e hinchadas y el sudor brotando de sus cansados cuerpos.
Los preocupaba la ausencia de agua y la falta de buen forraje para los caballos, pero estaban avanzando, aunque poco.
Blaxland declaró que el domingo, el sexto día de su viaje, debía reservarse para descansar y recuperar fuerzas.
Sin embargo, al caer la noche, el temor a un ataque de los nativos los privó del sueño.
Los perros de Byrne escaparon, en tanto que una gran manada de dingos, con su concierto de aullidos nocturnos, hizo que los dos sirvientes convictos se sintieran aterrados.
Todo lo que Blaxland pudo hacer fue persuadirlos de que continuaran.
Él y Lawson, armados con mosquetes, se vieron obligados a permanecer con los asustados hombres para asegurarse de que, al igual que los perros, no huyeran.
Pusieron en los caballos toda la hierba que pudieron encontrar, y esa se sumó a las cargas que ya llevaban. Con infinito esfuerzo, los resecos animales caminaron medio arrastrados, medio conducidos, por el sendero recién despejado.
A última hora de la tarde, Justin y William Wentworth se adelantaron y seleccionaron un campamento entre dos barrancos que parecían no tener fondo.
Grose Head les quedaba del noreste hacia el norte, y el monte Banks, del noroeste hacia el oeste.
Un riachuelo atravesaba uno de los barrancos y, como en la cumbre no había agua, Justin hizo un peligroso descenso de unos seiscientos pies para llevarles una escasa provisión.
Estaba exhausto y muy magullado, cortado por las afiladas rocas cuando, justo antes del anochecer, emprendió el difícil retorno a la cresta.
Al fin, tumbado cabe la hoguera, dejó caer sus pesados párpados.
La gloria de la puesta de sol y la belleza de las montañas ensombrecidas parecían burlarse de él.
Era inútil, pensó, y estaban arriesgando en vano la vida y la integridad física, pues, aunque por algún milagro fueran capaces de cruzar esa barrera de montañas sin senderos, ¿cómo iba a seguirlos algún colono?, ¿cómo podría llevar sus ovejas y ganado cuando los caballos apenas podían pasar?
Tras una comida poco apetitosa de carne salada y galletas, regada con un solo trago de su preciada provisión de agua, Justin confió sus dudas a William Lawson.
—No sabemos con certeza si hay pastos al otro lado de la cordillera. —Justin dejó brotar una fina sonrisa.— Mi madre está convencida de que los hay. Lo ha estado desde que desembarcó con el grupo del gobernador Phillip. En este momento, señor Lawson, ¡solo desearía seguir creyendo que tiene razón!
Lawson miró las formas encorvadas de sus compañeros, acurrucados en torno al fuego moribundo. Parecían abandonados, sometidos a una prueba casi insuperable. Desalentado, se encogió de hombros.
—Para cualquiera de nosotros, desde donde estamos ahora, es difícil mantener la esperanza —concedió—, pero debemos seguir creyendo, Justin…
O admitir la derrota y retroceder, como han hecho todos los demás que han intentado encontrar el camino, pero tú no eres de los que se rinden con facilidad, ¿verdad? … No más que yo.
Justin negó con la cabeza.
—No soy partidario de dar marcha atrás, señor. Mis temores están en lo que podamos encontrar cuando hayamos cruzado: un pantano, tal vez, o un desierto; o, como creía Barrallier, un mar interior.
—Solo nos queda la esperanza —dijo Lawson—, y rezar a Dios todopoderoso, pero no daremos marcha atrás. Seguiremos adelante hasta que sepamos con certeza qué hay más allá de estas montañas.
William Wentworth acababa de despertarse. Murmuró somnoliento:
—Por Australia, Justin, ¿recuerdas? Por la Australia que soñó Flinders. Nil mortalibus ardui est.
Siguieron adelante, sombríos, cansados, solo que cada vez con mayor determinación, sin apenas alterar el ritmo de sus días.
Tenían que abrirse camino, como antes, a través de espesos matorrales de eucalipto, y, además, obstruía su paso un gran montón de rocas caídas.
Tuvieron que quitarlas con grandes esfuerzos, una por una, para que los caballos pudieran avanzar, aunque lo hicieran tambaleándose.
Una y otra vez se encontraron con profundos abismos que los obligaron a dar rodeos, pero perseveraron en mantener el rumbo hacia el oeste; a veces, a lo largo de un sendero por una cresta de apenas veinte yardas de ancho, bordeada por acantilados verticales; en ocasiones, por el lecho de un arroyo o por un camino de canguros en medio de un tupido bosque.
Encontraron el mojón con el que William Dawes había marcado el punto más lejano de su propia exploración.
Después de ascender la segunda cresta de la barrera que habían tenido delante, abriéndose camino a medida que avanzaban, se encontraron mirando hacia los asentamientos que habían dejado atrás diez días antes.
Justin calculó los rumbos y William Lawson registró cada uno con meticuloso cuidado.
La colina Prospect se orientaba de este a sur; Seven Hills, de este a noreste; Windsor, de noreste a este, y Grose Head, aún al noreste.
Con la sensación eufórica de que estaban en el buen camino, esa noche acamparon en la cabecera de un arroyo con buena agua.
Cerca de ahí, en una zona pantanosa, los caballos encontraron abundante hierba gruesa, pero había que tener cuidado en las tierras más llanas por las que discurría el arroyo.
Los perros de Byrne, de los cuales habían regresado tres, los pusieron bajo alerta de la presencia de un grupo de aborígenes que, al parecer, iba siguiéndoles la pista.
Unos cuantos disparos de mosquete pusieron en rápida fuga a esos posibles merodeadores, pero, una vez más, había que mantener la vigilancia nocturna, por si esos hombres decidían regresar.
El sábado 22, después de soportar un fuerte aguacero, alcanzaron la cumbre de la tercera cresta, la más alta al sur del monte Banks.
Según sus cálculos, estaban a dieciocho millas en línea recta desde el vado Emu.
La cima de la cresta era llana. Estaba cubierta de hierba corta y gruesa y libre de árboles y matorrales.
Corría por ahí un arroyo de agua clara y fresca.
Acamparon, cansados, pero con el ánimo por las nubes, pues parecía que, por fin, se vislumbraba el final.
Lástima que, a la mañana siguiente, a poco de haber reanudado la marcha, se encontraron con una infranqueable barrera de roca que parecía elevarse perpendicular desde la ladera de la montaña.
Era un inmenso muro de piedra que les impedía avanzar.
Justin y William Wentworth intentaron escalarla. Descendieron primero unos cuatrocientos pies, desde la cresta hasta el pie de la pared rocosa, pero tuvieron que regresar, derrotados, incapaces de encontrar siquiera un punto de apoyo en la imponente superficie.
—No nos queda otra que dirigirnos hacia el norte y tratar de encontrar una salida —decidió Gregory Blaxland. En un intento de reavivar las vacilantes esperanzas de todos, añadió—: Lo peor ya ha pasado. Ahí está el camino, solo tenemos que encontrarlo.
Siguieron luchando, abriéndose paso de nuevo a través de matorrales espinosos y, en el mejor de los casos, recorriendo más tres millas al día.
Avistaron más aborígenes, la caza se hizo más abundante y el agua se hizo más fácil de encontrar, pero los caballos estaban en malas condiciones.
Tuvieron que relevarlos de sus cargas, atándose cada uno un fardo a la espalda y avanzando a trompicones por el terreno rocoso y resbaladizo.
Sin poderlo evitar, los ánimos se encresparon.
Blaxland cayó en la taciturnidad y Wentworth dejó de citar sus airadas sentencias en latín.
Incluso el tranquilo y controlado Lawson se sentía iracundo cuando los incesantes refunfuños de los dos sirvientes convictos se volvían intolerables para él.
En cambio, Justin, sin ninguna razón que pudiera explicarse, se sentía cada vez más seguro de sí mismo.
Empezaba por fin a creer en las promesas del gobernador Phillip sobre el futuro de la colonia.
Sucio, sin afeitar y cansado hasta lo insoportable, se tumbó en el duro suelo para dormir tras un día de agotador trabajo.
Mientras caía en la inconsciencia, oyó la voz de su madre con tanta claridad como si la tuviera a su lado:
«Aquí hay llanuras fértiles […]. Aquí hay pastizales interminables que serán el hogar de rebaños y manadas incalculables…»
* * *
El lunes 31 de mayo, vigésimo día después de haber vadeado el río Nepean, el sueño se hizo realidad.
Habían recorrido seis millas a través de un bosque bien regado.
A fuerza de abrir con las azadas un camino en zigzag, pudieron bajar los caballos desde la cima de una escarpada cresta.
Aquella noche acamparon cerca de una colina con forma de pan de azúcar.
Había otras dos colinas similares, aunque más pequeñas, una a cada lado.
Desde la cima de la más alta, se quedaron contemplando una amplia zona de hermosos pastos.
Con la voz entrecortada por la emoción, Gregory Blaxland, declaró que el lugar sería suficiente para la colonia durante los próximos treinta años.
Arrodillados junto a la hoguera, helados por el repentino frío de su nuevo entorno, oraron para dar las gracias.
Según los cálculos de William Lawson y los rumbos que con tanta meticulosidad había registrado Justin, habían recorrido cincuenta millas a través de las montañas y ocho más a través del bosque.
Fue por pura necesidad que decidieron regresar sin haber explorado los pastos recién descubiertos.
Las provisiones se agotaban y los caballos apenas podían caminar.
Estaban extenuados, con la ropa hecha jirones y en el límite de sus fuerzas y resistencia, pero, en comparación, el viaje de vuelta fue fácil, porque el camino estaba marcado y los nativos, para su alivio, no intentaron molestarlos.