Capítulo 8 #2
Se despidió contento de su hermano William, y con los buenos deseos del muchacho resonando aún en sus oídos, puso el caballo prestado al galope y se dirigió al río Nepean y a la granja de Gregory Blaxland.
* * *
La mañana del martes 11 de mayo de 1813, el grupo partió de South Creek: cuatro caballos cargados con provisiones, munición para los mosquetes y algunas herramientas para construir los refugios de corteza que pensaban utilizar en lugar de tiendas.
El viejo Lucky Byrne, cazador de canguros, llevaba consigo sus perros mestizos, cinco animales huesudos, más dingos que perros.
Gregory Blaxland había llevado a dos de sus granjeros convictos, hombres robustos y de confianza, que cocinarían y cuidarían de los caballos.
Gregory era el menor de los dos hermanos Blaxland y, según sabía Justin, había llegado como colono libre hacía ocho años desde Newington, en el condado de Kent.
Su hermano mayor, John, lo había seguido un año después, acompañado de su mujer y el resto de la familia.
Gregory era un hombre duro y decidido. Al igual que William Lawson, tenía unos treinta años y ya era propietario de una granja próspera y bien trabajada en la que criaba ganado vacuno y ovino.
Dos años sucesivos de sequía junto con una reciente plaga de orugas e insectos alados habían causado estragos en sus tierras de pastoreo.
Ansioso por aumentar su ganado, estaba decidido a cruzar las montañas en búsqueda de pastos frescos.
Los motivos de William Charles Wentworth no eran tan prácticos, pero su entusiasmo por el proyecto superaba incluso al de Lawson.
Tenía veinte años y era un joven desgarbado y algo torpe, con un ojo desviado y una rebelde mata de pelo castaño.
Al igual que su vestimenta, su cabello estaba siempre desordenado.
Había estudiado en una escuela pública inglesa.
Justin lo encontraba inteligente y dueño de una cultura excepcional, pero tenía unos modales sarcásticos y una actitud defensiva casi pendenciera que se hacía patente cada vez que se sentía menospreciado.
Entre los oficiales militares y los comerciantes y armadores de Sídney, la elección por parte del gobernador de una persona tan joven para el cargo temporal de preboste no había sido muy apreciada; no obstante, a pesar de su falta de experiencia, el joven Wentworth estaba desempeñando bien su difícil función.
Con Justin, que, como él, era nativo, solía sentirse bastante a gusto. Mientras avanzaban con paso firme hacia su primer objetivo, hablaba con entusiasmo de lo que tenían por delante.
—Si encontráramos la manera de llegar a las tierras que están más allá de las montañas Azules, esta colonia se convertiría en un activo, en lugar de un pasivo para la Corona británica.
Vendrán aquí nuevos colonos, a cientos, suficientes para fundar una nación.
La nación de Australia, Justin, como habría dicho tu amigo el capitán Flinders.
Leí su libro, ¿sabes? Mejor dicho, la primera parte, en manuscrito, después de, por pura casualidad, conocer al capitán en la oficina del viejo Jacob Arrowsmith, el cartógrafo.
—Está enfermo —dijo Justin con infinito pesar—, pero confío en que vivirá para ver su obra publicada.
—Él quería que se titulase Un viaje a Australia —prosiguió Wentworth—; sin embargo, por alguna razón, sir Joseph Banks no aprobó el título, pues quería que se llamara Terra Australis, con la inevitable implicación de que esta tierra es aún desconocida, pero ¿sabes lo que dijo el capitán Flinders?
Insistió en que los viejos nombres son anticuados.
Este es un mundo nuevo, un mundo que la juventud debe conquistar, me dijo.
Archipiélago o continente, dijo, «llamo a toda esa tierra Australia».
Le repetí todo eso al gobernador y creo que quedó impresionado.
—¿Quieres decir que el gobernador Macquarie podría decidir usarlo como nombre oficial? —preguntó Justin con impaciencia. —Eso alegraría el corazón del pobre Matt Flinders, no hay duda.
—Es posible —confió Wentworth, sonriente—. Si nuestra expedición llegara a tener éxito, estaríamos en condiciones de convencerlo de que es conveniente. —Señaló hacia las lejanas montañas y añadió—: ¡Y lo conseguiremos! Nil mortalibus ardui est: nada hay demasiado arduo para los mortales.
A las cuatro habían cruzado el Nepean por el vado de la isla Emu. Después de avanzar dos millas en dirección sudoeste, a través de bosques y buenos pastos, acordaron acampar al pie de la primera cresta.
Justin durmió bien y sin sueños. A las nueve de la mañana, el grupo comenzó el ascenso por la cuesta.
El terreno estaba cubierto de matorrales, muy espesos en algunos sitios, y a los caballos les estaba resultando difícil avanzar.
Tuvieron que persuadirlos y, a veces, arrastrarlos contra su porfía por la empinada pendiente.
Justin se adelantó con William Lawson para comprobar la orientación.
Desde la cima, calculó que habían recorrido unas tres millas y variado su dirección del suroeste al oeste, ya que la cresta había sido muy difícil de conquistar.
Se toparon con profundos barrancos rocosos que aparecían casi sin aviso y obligaban a desvíos y constantes cambios de dirección.
Con la ayuda del mapa de Caley, Lawson identificó el altiplano de Grose Head, por el norte y hacia el este.
A su juicio, estaba a seis o siete millas de distancia.
Cuando el resto del grupo los alcanzó, los caballos estaban tan agotados que Blaxland aconsejó que acamparan donde estaban, en la cabecera de un profundo barranco.
Justin y Byrne bajaron en busca de agua y, en el camino de vuelta al campamento, se encontraron con el cuerpo de un canguro joven que hacía pocos minutos había sido víctima de un águila.
Asado en la hoguera, fue una comida excelente.
Al tercer día se habían acostumbrado a la rutina. Sin embargo, no podían atravesar la maleza hasta que el rocío ya se había desvanecido, por lo que su avance era lento. Los caballos se habían convertido más en un lastre que en una ventaja.
—Deberíamos dejar a los malditos animales y seguir a pie —dijo William Wentworth, que se esforzaba poco por ocultar su impaciencia—.
Dudo que hayamos recorrido una sola milla en línea recta desde que hemos salido del campamento.
—Como para dar énfasis a sus palabras, uno de los caballos tropezó con la superficie rocosa del sendero, se desplomó y esparció su carga.
—Los dejaremos descansar —convino Gregory Blaxland con tono cortante—. Si tienes tanta prisa, William, ve a explorar nuestra ruta de mañana. Byrne puede llevar a los perros e intentar cazar algo.
—Muy bien —aceptó Wentworth—. ¿Vienes conmigo, Justin?
Justin asintió. No quiso decir nada, pero, cuando los dos ya estaban en marcha, la enormidad de la tarea que tenían ante sí se reveló como un golpe físico.
Alrededor, los picos escarpados se extendían milla tras milla en una sucesión interminable.
Las laderas cubiertas de árboles estaban separadas, una de otra, por precipitosos desfiladeros de roca y barrancos de cientos de pies de profundidad.
En la dirección que todos estaban de acuerdo en seguir, la maleza crecía tan espesa que, para que los caballos pudieran sortear la subida, los hombres tendrían que abrirse camino a hachazos antes de poder empezar siquiera.
—Veamos si podemos encontrar una ruta alternativa —sugirió Wentworth después de inspeccionar la enmarañada masa de maleza con ojos desesperados—. Separémonos: tú ve al noroeste y yo iré al sur por el oeste.
Después de dos horas de búsqueda, se encontraron de nuevo en el punto acordado para informarse del mismo triste resultado: no había ruta alternativa. Tendrían que limpiar la maleza antes de seguir adelante.
—Me he encontrado con marcas, supongo que hechas por un europeo. Había muescas en la corteza de algunos árboles —dijo Wentworth—, pero la pista terminaba, como parecen terminar todas, en un barranco estrecho, demasiado empinado para subirlo, incluso sin los caballos.
—Me parece que fue el señor Dawes quien marcó ese camino —respondió Justin—.
Dejó un mojón de piedras unas cuatro o cinco millas más adelante, pero es evidente que la maleza ha crecido sobre su ruta.
—Miró la cara roja y empapada de sudor de William Wentworth y añadió mordaz: —Me temo que estas alturas infernales sí que podrían resultar demasiado arduas para nosotros, pobres mortales, Willie.
—No fracasaremos por no intentarlo —juró un obstinado Wentworth—. ¡Por el cielo que no!
Los ánimos decaídos de los dos jóvenes volvieron a levantarse cuando el viejo Lucky Byrne reapareció con dos pequeños canguros que sus perros de caza habían abatido.
Tras una satisfactoria comida, Gregory Blaxland les pidió que se ofrecieran voluntarios para enfrentarse a la maleza al día siguiente.
—Debemos mantenernos en la cresta principal —continuó convencido—.
Es lo único que puede llevarnos a nuestro objetivo; y si eso implica abrir el camino para los caballos, que así sea.
Y… Me parece prudente establecer turnos de vigilancia durante toda la noche.
Byrne dice que ha encontrado algunas chozas de nativos con signos de ocupación reciente.
No correremos el riesgo de que nos ataquen: no son los más amistosos de su clase.
Los exploradores dejaron a los sirvientes convictos al cuidado de los caballos y las provisiones.
Durante los siguientes dos días, trabajaron hasta la extenuación abriéndose camino con cuchillos y hachas a través de una maleza espesa e inflexible.
Cinco millas de camino los llevaron a un punto más elevado solo para descubrir que había otra cresta baja más allá de la que habían despejado con tanto esfuerzo.
Su nuevo obstáculo también estaba cubierto de maleza y era intransitable para los animales de carga, a menos que también fuera despejado.