Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 8
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Capítulo 8

—Saldremos el martes desde el arroyo South y cruzaremos el río por el vado Emu—dijo Justin.

Vio que su madre intercambiaba una mirada ansiosa con Andrew y añadió tranquilizador—: Hay poco riesgo, mamá.

Somos siete, incluido el señor Blaxland, que ya ha estado en dos expediciones de exploración.

El viejo Byrne, ese al que llaman Lucky Byrne, ha estado cazando canguros en las estribaciones durante años. Se ha ofrecido como guía.

—¿Llevaréis caballos? —preguntó Andrew.

Justin asintió.

—Sí, cuatro para trasladar nuestras provisiones lo más lejos posible.

Puede que no sea mucho si nos encontramos con un desfiladero sin salida, pero la idea del señor Blaxland es seguir la cresta principal entre los ríos Warragamba y Grose y mantenernos en terreno elevado, como lo hizo George Caley.

Dijo que había sido algo parecido a caminar por encima de las casas de una ciudad.

Mirad. —Sacó un croquis del bolsillo del pecho y lo extendió sobre la mesa.

— Esto es solo una copia aproximada, pues el señor Lawson tiene el borrador final.

La he compilado a partir de los informes de Caley y Barrallier y de un boceto que me dio el doctor Bass hace años.

Se explayó minucioso. En el mapa señaló las rutas que habían seguido otras expediciones y la distancia estimada que habían recorrido.

Andrew escuchaba con gran interés y, de vez en cuando, hacía alguna sugerencia o pregunta, pero Justin intuía que su madre estaba haciendo todo lo posible por mantenerse al margen de la conversación.

La condena y la sentencia de Justin habían supuesto un duro golpe para ella.

Jenny no dejaba de tener eso en la consciencia, así que su relación actual, aunque cordial, estaba algo enturbiada.

Ella había querido que él recurriera la sentencia —ante el propio gobernador si fuera necesario—, así que la negativa de su hijo a hacerlo la había herido y decepcionado, pero…

Ahogó un suspiro mientras lo veía doblar el mapa amarillento.

El doctor Bass le había dado ese mapa cuando él, siendo un niño de siete u ocho años, empezaba a poner a prueba sus dotes de aprendiz en la construcción naval.

George Bass, recordó, había hecho un intento muy decidido de encontrar un camino a través de la gran cordillera divisoria de las montañas Azules.

Se había equipado con escalas, cuerdas y ganchos de escalada de su propio diseño.

Y había conseguido adentrarse unas veinte millas en lo desconocido, acompañado por Henry Hacking y el mozo del barco, Billy Martin, solo para regresar desconsolado.

Decía que no había encontrado más que una sucesión interminable de picos y crestas, con barrancos y hondonadas entre ellos.

Su veredicto fue que la barrera montañosa era infranqueable por tierra, un dictamen con el que Francis Barrallier había estado de acuerdo a regañadientes tras el fracaso de su segundo intento de encontrar un paso, en noviembre de 1802.

Pero el taciturno botánico George Caley se había negado a admitir la derrota.

Dos años más tarde, logró llegar a un formidable desfiladero que el coronel Paterson había avistado y al que había llamado valle de Grose.

Ahí se había visto obligado a regresar, con los compañeros exhaustos y las provisiones agotándose.

Las meticulosas notas de aquel hombre de Yorkshire eran, sin embargo, la base sobre la que Gregory Blaxland estaba bosquejando sus planes.

Justin las había estudiado con detenimiento durante un mes o más y estaba convencido de que su propia expedición, si aprovechaban los errores de apreciación de Caley, tendría bastantes posibilidades de triunfar donde su predecesor había fracasado.

—¿Puedo suponer que tenéis la aprobación de Su Excelencia para este intento? —dijo Andrew.

—Tenemos su consentimiento —enmendó Justin con una leve sonrisa de pesar—, pero no su aprobación incondicional, me temo.

—¿Quién obtuvo ese consentimiento del gobernador, Justin? —preguntó su madre con un leve tono de voz—. ¿No habrás sido tú, supongo?

Justin negó con la cabeza, ansioso por eludir el tema de su actual condición de convicto.

—El señor Blaxland lo vio. Y también Will Wentworth, que ha decidido unirse a nosotros. Él…

—¿Te refieres al hijo del doctor D’Arcy Wentworth? ¿El joven que está actuando como preboste?

—Sí —confirmó Justin—. Su hermano mayor va a ser comisionado en el ejército, pero…

Su madre interrumpió de inmediato:

—¿Como un favor del gobernador?

—Sí —se vio obligado a admitir Justin—, pero debes entender, mamá, que el doctor Wentworth es ahora el médico en jefe y su posición es tal que…

Jenny no se dejó desviar.

—Y vino aquí como convicto, igual que tu padre y yo.

Ay, Justin, por favor… ¿por qué no apelas ante el gobernador Macquarie lo de tu condena?

Has dicho que las pruebas contra ti eran falsas, que esos marineros borrachos mintieron en todo y que su oficial ni siquiera estaba presente. Seguro que tiene derecho a apelar.

Justin exhaló un largo suspiro.

—Porque significaría someter a Jessica Maclaine a un nuevo calvario, mamá.

Ella se presentó a defenderme por su propia voluntad, y el cerdo de su padrastro, por pura perfidia, hizo todo lo que estuvo en su mano para ensuciar su nombre.

A la señora Macquarie no le importó, por supuesto, y volvió a recibir a Jessica, pero…

¡Maldita sea, no puedo ni quiero pedirle que vuelva a pasar por lo mismo!

—¿Ni siquiera para restaurar tu buen nombre, muchacho? —preguntó Andrew.

—¡No! —exclamó Justin con vehemencia—. ¿Qué he sufrido yo, comparado con lo que ha padecido esa pobre e inocente muchacha?

He estado viviendo en Prospect con el señor y la señora Lawson.

Me han tratado como a uno de sus hijos y me han dado la oportunidad de participar en esta expedición, algo que agradezco; y he podido dar mi opinión sobre la ruta que seguiremos.

Ah, y la única vez que me han puesto grilletes fue cuando me arrestaron.

—Su mirada buscó la de su madre, y añadió en voz serena—: Mi comisión en la marina me fue negada mucho antes de aquella reyerta con la gente del Semarang, así que no he perdido nada, ¿no es así?

—Has perdido el barco que estabas construyendo —señaló Jenny.

De nuevo Justin negó con la cabeza.

—Podré seguir construyéndolo cuando haya cumplido mi condena.

—El Semarang ha vuelto a la cala de Sídney —dijo Andrew con una sonrisa irónica—. Lo vi la semana pasada, cuando estuve en la ciudad para asistir a un consejo de guerra. Se encontró con una tormenta frente al cabo Pillar y perdió el trinquete. Llegó cojeando y con todas las bombas en marcha.

—¿Eso ha ocurrido?, ¡por Dios! —La boca de Justin se tensó.

Como la mayoría de los habitantes de Sídney, no esperaba volver a ver al arrogante capitán Case ni su barco, pero, ya que estaba de regreso, quizá…

Miró de nuevo a su madre y se tragó las palabras que había estado a punto de pronunciar.

Decidió que lo mejor era no decir nada. Case era un cliente escurridizo.

Andrew interceptó su mirada y cubrió con tacto la pausa involuntaria.

—Supongo que habrás oído que, cuando zarpó, supuestamente con destino a Cabo, el cúter de Robert Watson no arrió su enseña, así que Case le disparó un cañonazo de advertencia.

Alegó que aquello había sido un insulto a un barco del rey.

Cuando Watson llegó, el teniente Horton lo abordó y puso a seis de sus tripulantes en leva forzada al servicio de Su Majestad… , ¡todos convictos!

Justin lo miró incrédulo.

—No —respondió—, eso no lo había oído, Andrew.

Tal vez no había sido un suceso tan desafortunado que estuviera con los Lawson en Prospect, en vez de estar trabajando en el esqueleto de su barco, en el astillero de Simeon Lord, pensó.

Recordaba bien lo que el capitán Case le había dicho en su primer encuentro.

Si el comandante del Semarang había suplido las deficiencias de personal de su barco alistando a fuerza a los lancheros convictos de la capitanía del puerto, bien podría haberse sentido tentado de enviar al teniente Horton al astillero con el fin de cubrir la plaza de carpintero subalterno…

Y se habría olvidado, de manera muy conveniente para él, de la trifulca y sus desgraciadas consecuencias.

Justin tenía que agradecer a su condena el haber estado ausente del astillero de Lord en ese momento.

Como el propio Case había observado, no hay mal que por bien no venga, reflexionó Justin con un poco de mordacidad.

Seguía pensando en el Semarang y en su capitán cuando, tras despedirse de su madre y de Andrew, cabalgaba acompañado de William hasta el límite de las tierras de Ulva.

Su impresión del capitán Case no había sido del todo desfavorable, recordó.

El hombre era arrogante, cierto, pero había servido con cierta distinción bajo el mando del temible almirante Hood.

No creía que fuera de los que toleran el perjurio por parte de sus hombres, de ninguno.

¿De verdad se había enterado de que habían cometido perjurio en el juicio?

Era posible que ni siquiera lo hubiera sabido.

Tal vez solo había aceptado como cierta la versión del contramaestre Dodge, y también la del teniente Horton, sin haber hecho más indagaciones.

Si, para cuando lo liberaran, el Semarang seguía en el puerto, una visita personal a Case podría servir para aclarar las cosas, decidió Justin.

Desde luego, no le haría ningún daño. ¡El daño ya estaba hecho, sobre todo en lo que se refería a la pequeña Jessica Maclaine!

Sí, una vez que recuperara la libertad, cosa que no tardaría mucho, pues su condena terminaría más o menos una semana después del regreso de la expedición, iría primero a ver al capitán Case, y luego a Jessica.