Capítulo 7 #5
Bajo la suave insistencia del reportero, ella se acercó y dejó que su pequeña cabeza de oscuro cabello se apoyara en el hombro del joven.
Y él, sosteniéndola así, sintiendo su delgado cuerpo cerca del suyo, mirando su rostro lloroso y triste, sintió una inmensa ternura y un deseo casi abrumador de protegerla.
De protegerla de su acosador y santurrón padrastro, de las insinuaciones del juez y…
Damien contuvo el aliento. Quizá incluso de la señora Macquarie, si, después de todo, la mujer daba crédito a las crueles mentiras del sargento mayor Campbell.
Qué poco sabía de mujeres, reflexionó con pesar.
Su único contacto íntimo había sido con una prostituta londinense, una experiencia que le había provocado repugnancia y que, en cualquier caso, no le había enseñado nada de lo que necesitaba saber, ahora que estaba tan cerca de la gentil Jessica Maclaine.
Durante el tiempo que habían pasado recorriendo la Tierra de Van Diemen, él había llegado a disfrutar de la animada, aunque circunspecta compañía de Jessica, a compartir su placer por la belleza del entorno y a hablar sin tener que morderse la lengua.
Sin embargo, no se le había ocurrido intentar enamorarla ni entablar una amistad más íntima; tan solo se había contentado con cabalgar con ella por la hermosa e indómita campiña y maravillarse del placer que ella encontraba en los destellos fortuitos de las plantas y animales extraños.
Pero en ese momento… Damien sintió que el sudor le corría por la frente y las palmas de las manos cuando su mente se topó con un pensamiento preocupante.
El impresor del gobierno, el señor George Howe, que producía la Gazette de Sídney, aún no había podido encontrarle un empleo remunerado.
Y, aunque el London Chronicle había accedido a otorgarle un pequeño anticipo y a pagarle por los artículos que les enviara, apenas tenía fondos para su propia manutención.
No ganaba lo suficiente para mantener a una esposa, era cierto, aunque…
Mientras sostenía a Jessica entre los brazos, se armó de valor.
El gobernador Macquarie había expresado su aquiescencia ante las tímidas sugerencias que él había hecho con respecto a fundar un periódico en Hobart e incluso le había prometido ayuda financiera del gobierno de Nueva Gales del Sur.
Y esa era su idea desde entonces, pero le faltaba el valor, o el incentivo, para llevarla a la práctica.
A Jessie ya le había hablado de ello y… La estrechó entre sus brazos.
—Si yo fuera a Hobart con el mayor Davey —le soltó—, y si fundara un periódico allí, ¿vendrías conmigo, Jessica?
Ella se sobresaltó. Se sentía desconcertada, puesto que no estaba preparada para una pregunta así. Qué torpeza, pensó Damien con pesar. Había actuado por impulso, como hacía con demasiada frecuencia.
—Quiero decir —añadió de inmediato—, ¿vendrías conmigo como mi esposa? Te librarías de los cotilleos y de tu padrastro. Y yo… Yo consideraría un honor que consintieras en casarte conmigo, Jessica.
—¿Casarme contigo? Yo… —Jessica se soltó de sus brazos y se apartó, con las mejillas sonrojadas y una extraña mirada de reproche.— ¿Por lo que se ha dicho de mí en el tribunal? ¿Por…?, ¿por lástima, Damien? ¿me pides que me case contigo porque sientes lástima por mí?
—¡No! —exclamó Damien, dolido—. ¡Claro que no!
—¡Pero tú no estás enamorado de mí! —insistió ella—. Nunca me has dicho ninguna palabra de amor.
—Eso vendrá. Y no hay nadie más, Jessica, ninguna otra mujer con la que desearía casarme, te doy mi palabra. Busco protegerte y cuidarte… Eso no es compasión, ¿verdad?
Pero, al parecer, las protestas del joven reportero no lograron convencerla. Damien maldijo su propia falta de delicadeza cuando Jessica le contestó con amargo orgullo:
—Esto no es amor, Damien. Quieres que huya a Hobart, que me esconda, ¡como si mi padrastro hubiera dicho la verdad!
Ha mentido y no huiré por su culpa. Su perversidad no hará que me aleje de Sídney.
Encontraré otro trabajo si mi señora…, si la señora Macquarie no desea seguir empleándome.
Me quedaré aquí hasta que mi nombre quede limpio.
—¿Incluso si me voy a Hobart? —preguntó Damien con desdicha.
Jessica se enfrentó a él sin lágrimas y con la cabeza alta.
—Es mi deber. No solo se trata de mi bien, también el de Justin Broome.
Si no hubiera sido por mi padrastro, mi testimonio lo habría exculpado.
Le debo a Justin quedarme, al… —Sintió la incomodidad de Damien y suavizó sus palabras.
— Ha sido bueno que te ofrecieras a casarte conmigo, y te estoy agradecida, pero yo…
En las circunstancias actuales, no puedo aceptar.
—¿Pero pensarás en ello?, ¿en el futuro? —la instó Damien.
Jessica vaciló y luego, para alivio de él, inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
—Pensaré en ello y en ti dondequiera que estés. Estoy muy agradecida por tu ofrecimiento. Me ha llenado de valor.
Sonreía cuando se despidió de él. Damián se quedó donde estaba, observándola hasta perderla de vista.
Valor, se dijo, esa era una cualidad que él también necesitaría si decidía ir a Hobart, pero, para escribir el artículo con el que había amenazado al juez de Sídney, necesitaría más que eso, mucho más.
Y, en su mente, se encontró componiendo el artículo mientras, a pasos lánguidos, caminaba de vuelta a su alojamiento.