Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

Tal vez, con la condena ya registrada, la actitud del gobernador hacia los llamados chicos de la moneda experimentara un cambio significativo…

Podría empezar, por fin, a verlos como lo que eran.

Sin duda, la señora Macquarie se sentiría molesta e incluso enfadada por las revelaciones que de su criada personal ese juicio había sacado a la luz.

Qué afortunada casualidad la que lo había llevado a interrogar a su padrastro, un sargento mayor del propio regimiento del gobernador, pues su testimonio, la insinuación de que la muchacha era una insensible embustera, había sido eficaz para destruir su propia credibilidad como testigo.

Y ella había sido el único testigo a quien el joven Broome había llamado.

—Señor Bent.

Esa vez era el teniente Lawson y no el reverendo Marsden quien se inmiscuía en sus pensamientos. Ellis Bent se encontró con la mirada pétrea del militar.

—¿Señor? —preguntó altanero.

—¿Vamos a estar aquí sentados todo el día, señor —lo apremió Lawson—, mientras usted rebusca sin cesar entre sus escritos? Somos hombres ocupados y tenemos otros deberes que cumplir fuera de este tribunal, aunque usted no los tenga.

—Estoy buscando la autorización necesaria para que el prisionero pueda ser transferido a su custodia, señor Lawson —lo informó Ellis Bent.

Hizo un gesto a su secretario y le pidió que buscara el documento al que se había referido, aunque lo tenía en su propia mano.

Sin embargo, Samuel Marsden daba nuevas muestras de impaciencia, así que se adelantó a un estallido y se dirigió de nuevo al prisionero.

—En vista de sus antecedentes, Broome, el tribunal ha decidido mostrar clemencia e imponerle una sentencia leve.

Hará trabajos forzados durante los próximos seis meses.

A petición suya, será asignado al servicio del teniente Lawson, de los veteranos del Septuagésimo Tercer Regimiento de Su Majestad.

Será puesto en libertad bajo la custodia del señor Lawson en cuanto se presente la autorización requerida.

—Señaló con la cabeza cubierta de peluca a los dos alguaciles del banquillo. — ¡Bájenlo!

Solo por un instante, el juez se sintió desconcertado por el desnudo dolor que entrevió en los ojos de Justin Broome, pero, entonces, los alguaciles se llevaron al reo a empellones. El secretario habló nervioso:

—Disculpe, señor Bent, pero no encuentro el formulario de asignación.

Bent asintió en señal de que eso no tenía importancia e hizo la pantomima de buscar el documento que faltaba. Al final, lo mostró con una floritura. Introdujo las conclusiones del tribunal y la sentencia impuesta, puso sus iniciales y lo pasó al estrado para que los magistrados lo firmaran.

La muchacha, Jessica Maclaine, se había escapado, observó, y se preguntó qué clase de recibimiento le daría la señora Macquarie.

Una reprimenda, sin duda. Si las declaraciones del sargento mayor Campbell eran ciertas, la muchacha había permitido que los marineros de Semarang la recogieran de la calle, como a una vulgar prostituta.

Entonces, ella había huido, y eso había provocado la reyerta.

Campbell había recurrido a términos escoceses para dar a entender que la muchacha era de dudosa moralidad.

De hecho, había afirmado que, una vez fuera de su vigilancia y liberada de las restricciones de la casa del gobernador, la chica no era de fiar…

En consecuencia, los magistrados habían descartado su testimonio.

Existía, por supuesto, la posibilidad de que Campbell no hubiera dicho la verdad.

Estaba claro que se trataba de una persona obstinada, con fuertes prejuicios religiosos.

El hombre no había intentado ocultar su vengativa desaprobación hacia la hijastra, pero…

Ellis Bent desechó sus persistentes dudas.

Eso ya no importaba. Las pruebas de los marineros eran abrumadoras y uno de sus oficiales, el teniente Horton, las había corroborado.

Como resultado, el juez había asestado un sutil golpe a la causa del gobernador, y su propia intervención en el acto no sería nada evidente.

Los magistrados salieron y empezó a recoger sus papeles.

Cuando estaba a punto de seguirlos, se encontró a Damien Hayes a su lado.

Hayes era periodista, recordó el juez, así como otro de los protegidos de Macquarie.

Ese joven había acompañado al gobernador en la reciente gira por la Tierra de Van Diemen.

Quizás no era de buena cuna, pero, al menos, no era un emancipado.

—¿Y bien, señor Hayes? —preguntó con bastante cortesía—, ¿en qué puedo ayudarlo? Supongo que ha estado presente durante el juicio, ¿hay algún punto legal sobre el que pueda ilustrarlo?

La airada vehemencia en la respuesta de Hayes rompió cualquier complacencia de Bent.

—No soy abogado, señor, pero creo que he sido testigo de una parodia de justicia —le espetó el periodista—.

He visto condenar a un hombre inocente. Y solo Dios sabe por qué razón legal, señor juez, ya que es evidente que el acusado habría recibido la misma condena con esa razón o sin ella.

Me he visto obligado a escuchar en silencio…

¡Ah, qué demonios!, ¡la destrucción del buen nombre de una joven!

Me refiero, por supuesto, señor, a la señorita Jessica Maclaine, a quien tengo el honor de conocer. Ella…

Ellis Bent lo interrumpió furioso.

—Puesto que usted no es abogado, según usted mismo ha admitido, señor, y puesto que soy miembro del colegio de abogados de Inglaterra, ¡le agradeceré que se guarde sus opiniones para sí mismo!

—Y eso, señor, es lo que no voy a hacer —replicó Damien Hayes.

Tenía la rabia bajo control y hablaba con mesurada calma—.

Tengo el poder de la prensa detrás de mí.

Tengo la intención de preparar un informe para el London Chronicle sobre lo que he presenciado hoy en esta sala.

No será una lectura agradable para los jueces de la abogacía inglesa, señor Bent, se lo aseguro.

Se caló el sombrero y se marchó antes de que el juez pudiera encontrar palabras para responderle.

Para alivio de Damien, Jessica no se había alejado mucho del edificio del tribunal. La encontró de pie, desconsolada, al borde del mar, mirando hacia el fondeadero. Daba la espalda a la puerta de la Casa de Gobierno.

No se volvió cuando él se acercó ni cuando la llamó por su nombre; de hecho, no pareció reconocer su presencia. El reportero podía intuir que la chica era reacia a dejarlo ver sus lágrimas, así que le puso una mano en el hombro y le dijo con gentileza:

—Jessica, por favor, escúchame.

Pero ella no se volvió para mirarlo.

—Me ha avergonzado —consiguió decir con la voz entrecortada por los sollozos—. Y mentía, Damien, igual que los marineros. No había ni una palabra de verdad en lo que ha dicho.

—Lo sé —le aseguró Damien. La atrajo hacia sí, anhelante de estrecharla entre sus brazos y ofrecerle consuelo—. No te habrás imaginado que yo le creería, ¿o sí?

—No —concedió—, pero los magistrados sí le han creído. Ahora, el pobre Justin Broome tendrá que sufrir cuando lo único que hizo fue intentar ayudarme.

—No le irá mal con el teniente Lawson, Jessica. Son amigos. Estoy seguro de que a Broome no lo tratará como convicto.

—Pero el estigma se quedará —dijo Jessica con tristeza—.

Nunca le darán un puesto en la Marina Real, ¿verdad?

Y yo… Ay, Damien, no seré capaz de volver a llevar la cabeza en alto nunca más.

Y la señora Macquarie… ¿Cómo podré enfrentarme a ella después de esto?

Tal vez no me crea que Duncan Campbell estaba mintiendo.

—La señora Macquarie te conoce demasiado bien como para tener dudas —afirmó Damien convencido—, y yo también.