Capítulo 7 #3
—Sí, a salvo y de vuelta en la Casa de Gobierno —le aseguró el capitán del puerto—.
Yo mismo la he llevado allí en mi cúter, pero estaba muy preocupada por ti, y esa es una de las razones por las que estoy aquí.
Le he prometido que averiguaría cómo estabas y se lo haría saber.
Ella tenía miedo de que te hubieran matado.
—Bueno, no me han matado —replicó Justin con amargura—, ¡aunque no por falta de intentos! Pero, por Dios, ¿qué hago aquí, Bob? ¿Estoy arrestado?
Watson inclinó la cabeza con gravedad.
—Cuando he llegado al astillero, los alguaciles te habían puesto grilletes y te estaban llevando a la caseta de la guardia.
Aquello era un caos. Has mandado al hospital a tres marineros del Semarang; de uno de ellos no se sabe si morirá.
Dicen que le has roto la cabeza con una barra de hierro, muchacho…
Y unos veinte de ellos están dispuestos a jurarlo.
—¿Quieres decir que me están acusando? —A Justin le palpitaba la cabeza.
Miraba incrédulo al corpulento capitán del puerto.
Los botones plateados de su chaqueta, formados en dos hileras, parecían primero retroceder, y luego, girar enloquecidos mientras el joven hacía lo posible por enfocar la mirada.
— Pero han sido ellos los que han irrumpido, ha destrozado la verja del patio y me han atacado. Y los cerdos estaban borrachos.
—Esa no es la historia que le han contado a la guardia, Justin.
—¿Y la guardia les ha creído?
—Los agentes de la guardia no son héroes, muchacho —le recordó con aridez Bob Watson.
El capitán puso una mano en el hombro de Justin—.
Esos marinos del Semarang son perversos, gente malvada, y la mayoría de nosotros lo sabemos.
No han hecho más que pelear y causar problemas desde que llegaron.
Sin embargo, reúne a veinte de ellos todavía con ganas de pelear y todos contando la misma historia…
No se puede culpar a los alguaciles, ¿verdad?
La cosa tenía mala pinta. Y no han visto a la moza; he sido yo el que la ha encontrado después de que te detuvieran.
—Ella puede testificar —dijo Justin—. Estoy seguro de que lo hará, porque es una buena chica. No le dará miedo.
Sus esperanzas aumentaron mientras lo pensaba, pero se desvanecieron con la misma rapidez cuando Bob Watson dijo de mala gana:
—Los respalda un oficial, Justin, uno de sus tenientes, un tal Horton. Ha dicho que…
—Pero no había ningún oficial con ellos…
—lo interrumpió el muchacho—: Solo el contramaestre Dodge, Tom Dodge.
Él ha empezado la pelea. Maldita sea, Bob, ahora me acuerdo de todo.
Dodge quería asaltar mi almacén y… —Se interrumpió para relamerse los labios, que se le habían secado de pronto al recordar aquel último estruendo antes de que la consciencia lo abandonara. — ¡Le han hecho daño a mi Flinders !
Watson se encogió de hombros con resignación.
—Algo —admitió—, pero no te preocupes por eso ahora. Tú…
—¿Cuánto daño? —Con los labios apretados, Justin insistió.— ¿Cuánto daño, Bob? Tengo que saberlo.
El corpulento capitán del puerto se puso en pie. Esquivó la mirada de Justin y dijo:
—Le han hundido la proa, Justin, y lo han derribado de los caballetes, pero alegan que ha sido la chusma, y no hay testigos.
La turba de The Rocks no se ha quedado a que la interrogaran.
—Vaciló, y luego añadió enfático—: Tendrás que prepararte para tu defensa, muchacho, porque, si el capitán Case se sale con la suya, en un día o dos te habrán puesto ante un tribunal.
El tipo piensa navegar hacia Cabo en busca de las provisiones que no ha podido conseguir aquí y el gobernador no querrá impedírselo.
Tiene tantas ganas como yo, tal vez más, de que el maldito Semarang abandone este fondeadero. Así que no habrá retrasos.
—¿No habrá retrasos? —repitió Justin. Por un momento, amenazó con desbordarlo una ira inútil, pero logró controlarla de algún modo—. ¿Vas a ver a la señorita Maclaine? —preguntó con voz gruesa.
—Sí, eso haré —asintió Watson—. ¿Quieres que le pregunte si te defenderá en la corte?
—Sí, te lo agradecería. —Justin se levantó de la cama con cierta dificultad y le tendió la mano.— Gracias por venir y por contarme lo que está pasando. Te lo agradezco, Bob, créeme. Y voy a luchar contra esas malditas acusaciones hasta el final.
Pero, cuando la puerta de su celda se cerró tras el fornido capitán de uniforme azul y la enormidad de su situación empezó a calar poco a poco en su ánimo, Justin estuvo muy cerca de la desesperación.
Con su barco dañado y el trabajo de meses perdido, con la gente del Semarang dispuesta a cometer perjurio para echarle la culpa de su propia mala conducta, sus perspectivas de futuro eran, en el mejor de los casos, inciertas.
Estaba muy lejos del orgulloso día en que había vestido por primera vez el uniforme del rey, pensó con desdicha.
Incluso en Hobart, cuando Tobias Cockrell quiso arruinarlo, había conseguido defenderse gracias a que ese oficial metió la pata, pero en ese momento…
, con la tripulación de un barco del rey en su contra, ¿qué posibilidades le quedaban?
Sin duda, tenía una infeliz propensión a meterse una y otra vez en apuros.
Empezó a preguntarse si de verdad merecía el calificativo de chico de la moneda y todo lo que ello implicaba.
Se echó de nuevo en la cama y enterró su dolorida cabeza entre las manos.
* * *
—Justin Angus Broome, por mayoría, este tribunal lo declara culpable de todos los cargos formulados contra usted menos uno.
En el quinto cargo, a saber, que obtuvo ilegalmente posesión de ciertos pertrechos navales, necesarios para la reparación y mantenimiento del buque de Su Majestad Semarang, se lo declara inocente y, en consecuencia, se lo absuelve.
El Juez Ellis Bent hacía el anuncio con la gravedad procedente. Su mirada se desvió por un momento en mudo reproche al oficial que había disentido del veredicto de sus compañeros magistrados.
Se quedó pensando en que el teniente Lawson había admitido conocer bien al acusado.
De hecho, Lawson había pronunciado un discurso elocuente en favor del joven, subrayando sus buenos antecedentes y sus logros nada desdeñables.
Gracias a eso, la sentencia era un tanto indulgente, y él, en lo personal, solo podía estar de acuerdo.
Por lo demás, sin embargo, el juicio había seguido el curso que el propio juez había trazado.
Se inclinó hacia delante para recoger el papel con sus notas y fingió que no podía encontrarlo.
En realidad, solo se estaba dando tiempo para reflexionar sobre lo que había sucedido.
Se sentía satisfecho sobre las molestias que todo eso le causaría al gobernador cuando le dieran a conocer el veredicto.
Bent recordó que, durante el viaje desde Inglaterra, había mantenido excelentes relaciones con el coronel Macquarie y su esposa.
Los Macquarie eran una pareja aburrida, demasiado puritana, para su gusto, pero los dos eran lo bastante educados y versados en las sutilezas de la distinción de clases como para ocupar su posición virreinal con dignidad.
Eso había supuesto. Por encima de todo, había esperado que Macquarie, en su papel de oficial del rey, mantuviera las barreras que en una colonia penal deben respetarse de la manera más estricta: las barreras sociales entre la oficialidad y las clases inferiores.
En su opinión, todos los convictos, emancipados o aún bajo condena, constituían las clases inferiores, pero el gobernador y la señora Macquarie lo habían desilusionado y entristecido con su insistencia en eliminar las barreras.
Él, un abogado de Lincoln’s Inn, y, lo que era peor, su esposa, se habían visto obligados a sentarse a la mesa con abogados inhabilitados, amotinados de Nore, ladrones, falsificadores y vulgares carteristas.
En los servicios divinos tenían que escuchar sermones pronunciados por traidores irlandeses y, si necesitaban tratamiento médico, no tenían más remedio que buscar la asistencia de convictos emancipados, casados con mujeres de origen similar.
—¡Señor Juez!
Esa áspera voz era la del reverendo Samuel Marsden, impaciente como de costumbre. Y, aunque Bent no respondió como quería el clérigo Marsden, es decir, leyendo en voz alta la sentencia, el juez sonrió cortés y siguió haciendo como que buscaba los papeles.
Marsden compartía sus opiniones, por supuesto.
El franco hombre de Yorkshire ya se las había dado a conocer en repetidas ocasiones al coronel…
, no, ya era general de brigada, al general Macquarie.
Con más descaro, incluso, de lo que el propio juez se había sentido capaz de expresarlas, pero…
Dependía de la buena voluntad del gobernador para avanzar en su carrera, en tanto que Samuel Marsden no.
Además, aún quedaba la cuestión del nombramiento de su hermano Jeffrey para la judicatura colonial… Ellis Bent suspiró.
Se daba cuenta de que el prisionero se sentía tan impaciente como Marsden, pero eso no le importaba.
El joven Broome era un protegido del gobernador, pero era también un advenedizo que había desperdiciado sus oportunidades peleándose con los marineros del Semarang.
Ni siquiera Macquarie, con toda su parcialidad, podía perdonar un comportamiento así ni ofrecerle una segunda oportunidad de…
¿A qué había aspirado ese pícaro con los favores de Macquarie?
¡A hacer carrera como oficial comisionado en la Marina Real, nada menos!
Pero, como era hijo de una convicta e hijastro de uno de los ayudantes de Bligh, ese Broome, en cualquier caso, había sido una elección inadecuada…
Eso ya lo habían dejado muy claro Sus Señorías del Almirantazgo el día en que lo fueron a presentar.