Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Eran entre cuarenta y cincuenta. A la cabeza iban unos veinte marineros del Semarang, armados, como hacían siempre las turbas alborotadoras de Sídney, con palos arrancados de vallas de los jardines que se habían atravesado en su camino.

Unas cuantas mujeres, habituales de los burdeles y los llamados clubes de gallos y gallinas de The Rocks, se movían inquietas al borde de la multitud, silenciosas en su mayor parte, aunque dispuestas a huir al primer indicio de problemas, en caso de que llegara la guardia.

Algunos de los hombres, borrachos inofensivos, también parecían vacilar.

Justin decidió que estos también huirían si no se los provocaba.

Era gente que tan solo se había sentido atraída por el ruido, como polillas tras la llama de una vela.

Si habían ido detrás de los marineros era porque tenían alguna esperanza de presenciar otra batalla campal con la autoridad, un espectáculo con el que la gente del Semarang ya los había agasajado.

Los marineros constituían el único peligro real.

Estaban tan borrachos como cualquiera de los demás, eso era obvio, pero eran combatientes y estaban en buena forma.

Su comandante, por su propia conveniencia, los dejaba sueltos para que causaran estragos en la ciudad y…

Justin inhaló hondo. No temían represalias, por escandaloso que fuera su comportamiento, ya que podían contar con que el capitán Case los protegería de las autoridades civiles, o, llegado el caso, de las militares.

En ese momento, aunque seguían insultándose y gritándose unos a otros sobre la moza que se les había esfumado, reían y se dedicaban a hacer payasadas.

Estaban simulando una batalla con sus improvisados garrotes.

Justin reconoció a su líder, sabía su hombre, así que, a regañadientes, decidió pedirles que regresaran a su barco.

Salió de su escondite, se llevó las manos a la boca y llamó la atención del hombre.

—¡Contramaestre, oficial Tom Dodge! Este es el astillero del señor Lord… Deberías saber que aquí no hay mozas. Vuelve a bordo, que tu barco te está esperando desde hace una hora. No querrás perder la libertad, ¿verdad?, por pasarte del tiempo en tierra.

Dodge lo oyó y sonrió. Se acercó a Justin a grandes zancadas, con paso algo inseguro, pero sin mal humor.

—¡Miren quién está aquí, muchachos! —exclamó—, ¡el carpintero de barcos, por Dios, el tipo que no nos echa una mano en el calafateado!

¡Y ahora se hace el oficial como si hubiera nacido siéndolo!

¡Buenas noches, señor Broome! Llevaos los nudillos a la frente ante el señor Broome, muchachos, parece que está al mando de este astillero.

Se reunieron a su alrededor, se dieron empellones y codazos y se tocaron la frente con los nudillos en señal de falsificado respeto.

—No queremos provocar daños —afirmó uno de ellos con tono solemne—, pero hemos perdido a una muchacha y la hemos visto entrar aquí. Nos iremos cuando la encontremos.

—No la encontrarán —declaró Justin—, así que idos antes de que haya problemas. No quiero llamar a la guardia, pero habéis irrumpido aquí y…

Lo atajó un coro de risas burlonas.

—Que vengan esos cerdos. ¡Les romperemos el cráneo!

—¡La maldita guardia no se meterá con nosotros, después de lo que les hicimos la última vez que lo intentaron!

Esos alardes podían ser ciertos, pensó Justin con pesar, pero también vio que los fisgones civiles empezaban a dispersarse, como si hubieran percibido que era improbable que se produjera la esperada pelea.

Hizo un gesto en dirección al grupo de mujeres que se marchaban y volvió a dirigirse a Tom Dodge.

—Las mozas te están abandonando, compañero contramaestre, ¿no sería mejor que fueras tras ellas?

El contramaestre negó con la cabeza.

—No, ya les hemos sacado todo lo que queríamos de ellas.

De todas formas, no teníamos planes de llevarlas a bordo, por órdenes del capitán.

No quiere mujeres en el comedor. Hay que mantener el barco de Su Majestad Semarang limpio de escoria convicta.

—Tosió con estruendo y le mostró a Justin una sonrisa socarrona.

— Está construyendo un barco muy bonito, señor.

No le había echado un buen vistazo hasta ahora.

—Le falta mucho para estar completo —señaló Justin.

—Sí, eso veo, pero supongo que tendrá por aquí, guardadas y listas, todas las velas y lonas, y también el cobre que va a necesitar.

Y esto de aquí es teca, ¿no? Buen material; muy bueno, de verdad.

Si pudiéramos conseguir algo de esto para nuestro barco, el capitán Case estaría encantado.

—Las manos callosas de Dodge acariciaron las tablas con una maliciosa sonrisa.

Justin, consciente del peligro, se tensó.

—Todo lo que tengo lo necesito, y he pagado por ello, contramaestre.

El hombre no hizo caso a su protesta.

—Lo que me interesa es lo que tiene escondido, señor Broome. ¿Les molestaría que echara un vistazo a ese cobertizo antes de irnos a dormir, muchachos? —Movió la cabeza en dirección al cobertizo mientras los hombres se reunían a su alrededor.— Vamos a abrirlo, ¿de acuerdo?

La mayoría de sus seguidores estaban demasiado borrachos para entenderlo siquiera.

—¿Está ahí esa maldita moza, Tom? —preguntó uno de los más jóvenes—. Sácala pronto.

Justin no esperó a oír la respuesta de Dodge. Agarró la palanca con ambas manos y se colocó frente a la puerta del cobertizo. Los hombres avanzaron inseguros, pero Justin se mantuvo firme.

—Mejor regrese a su barco, Dodge —advirtió—.

Y llévese a sus muchachos. Nadie va a entrar en mi taller, ¿entendido?

Si lo intenta, lo denunciaré al capitán Case.

—Esperaba con fervor que Jessica Maclaine no pudiera oír el fuerte altercado que iba a producirse a continuación.

Temía que, de llegar a oírlo, la moza tuviera la tentación de salir de su escondite.

Avanzó con la barra por encima de la cabeza. — ¡Fuera de aquí, todos!

Retrocedieron ante la furia de su voz y de sus ojos; y Justin pudo haber ganado la breve batalla de voluntades si un grito de la multitud en retirada no hubiera distraído la atención de sus adversarios.

—¡La guardia! ¡Viene la guardia!

—¡Atrápenlo, muchachos! —tronó Tom Dodge—, ¡antes de que lleguen esos cerdos!

Se le echaron encima y Justin empezó a repartir golpes con la palanca.

Uno de los hombres cayó con un brazo destrozado; otro pegó un grito de agonía cuando un porrazo lo alcanzó en un lado de la cabeza.

Sin la palanca, Justin derribó a Dodge a puñetazos, pero los agresores eran demasiados para él.

Terminó cayendo bajo una avalancha de cuerpos.

A patadas y puñetazos lo dejaron inconsciente.

El último sonido que oyó antes de perder el conocimiento fue el repugnante estruendo de la madera astillada.

Un instinto ciego le dijo que su nave a medio construir se había convertido en objeto de la venganza de esos villanos…

Horas más tarde, recobró el sentido. Se encontró atado con grilletes y postrado en un suelo de ladrillo desnudo.

Con consternación, comprendió que debía de ser la cárcel o la caseta de vigilancia.

La luz del sol se filtraba apenas a través de una ventana enrejada por encima de su cabeza, pero, cuando intentó erguirse y orientarse, el esfuerzo resultó inútil.

Volvió a caer inconsciente, demasiado débil incluso para gritar.

Luego, ya de noche, un alguacil le llevó comida, agua y una vela. Lo ayudó a trasladar su magullado y dolorido cuerpo a la cama de caballete que había bajo la ventana. También le quitó los grilletes de las muñecas, aunque no quiso responder a las desconcertadas preguntas de Justin.

—Tiene un visitante —lo evadió—, el señor Robert Watson, el capitán del puerto.

Quizás él sea capaz de decirle lo que ha ocurrido, porque yo no lo sé.

Yo no estaba allí. —Señaló la jarra de agua que acababa de dejarle.

— Será mejor que se limpie antes de que lo vea.

Está hecho un desastre, muchacho, ¡de verdad!

Espero que le sirva de lección. El médico no cree que esté malherido.

Justin hizo todo lo posible por seguir el consejo del carcelero, pero Robert Watson, al que hicieron entrar cinco minutos después, exclamó asombrado al verlo.

—¡Dios del cielo, Justin, esos rufianes te han dado una buena paliza! Y ahora alegan que tú los has agredido… A mi modo de ver, le han dado la vuelta a la tortilla. Siéntate en la cama, chico, déjame limpiarte la cara con una esponja.

La historia fue brotando mientras el capitán del puerto le aplicaba agua y jabón con destreza.

Uno de los hombres que habían abandonado el grupo había ido a advertirlo de lo que estaba por ocurrir en el astillero.

Watson le había pedido que avisara a la guardia, mientras él mismo llamaba a la tripulación de su lancha y cruzaba a remo desde el muelle del gobierno.

—Todo había terminado cuando llegué —se disculpó—.

No debería haberme retrasado, pero… bueno, en los últimos días he tenido algunos roces bastante duros con esos canallas del Semarang.

Su capitán me ha acusado de todo, desde embriaguez hasta deshonestidad, y yo quería a mis propios muchachos conmigo como testigos.

No debería haber dejado todo esto a esos guardias de amarillo, y créeme, Justin, no lo habría hecho si hubiera sabido que eras tú el implicado.

Lo siento, muchacho, de verdad, porque ha resultado ser un asunto muy malo.

Justin hizo a un lado la disculpa.

—Pero ¿qué ha pasado, Bob? No recuerdo mucho, después de que vinieran a por mí, excepto…

—Hizo unas rápidas e irregulares exhalaciones cuando recuperó parte de la memoria.

— ¡Santo cielo, esa pobre muchacha! Jessica Maclaine…

La estaban persiguiendo y yo la he escondido en mi taller. ¿La han encontrado? ¿Está a salvo?