Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 7
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Capítulo 7

Jessica salió de los aposentos de su padrastro en Clarence Street y descubrió que ya había anochecido. No había sido su intención prolongar la visita, pero Duncan Campbell estaba de guardia en el cuartel y, tanto los niños como su nueva madrastra la habían convencido de que se quedara a cenar.

Agnes Campbell era amable y encantadora, además de una cocinera experta.

Jessica pensaba con cierto pesar que la mujer no había tenido que hacer un gran esfuerzo para convencerla de que se quedara a cenar, pero fuera, en la calle, estaba muy oscuro.

La luna y las estrellas se ocultaban tras nubes que amenazaban lluvia.

Se apresuró y sus pasos empezaron a resonar en la acera adoquinada.

Bajó la cabeza al girar hacia el viento tempestuoso y empezó a sentir en las mejillas las primeras gotas de humedad.

Su camino la llevó por una estrecha callejuela hasta unos escalones excavados en la roca.

Era su atajo hacia George Street. Pasaba por detrás del almacén del comisariado y el astillero de Simeon Lord, y era la ruta que ella solía seguir bajo la luz del sol.

De día, ahí siempre había gente. Al llegar al final de los escalones, se dio cuenta de que los grupos de trabajo de convictos habían desaparecido de los almacenes, el astillero estaba desierto tras un alto muro de ladrillo y los residentes habían cerrado sus puertas en previsión del aguacero que se esperaba.

En condiciones normales, nada de eso le habría causado la menor preocupación, pues estaba acostumbrada a hacer recados para su ama y la señora Ovens.

Conocía tan bien esa parte de la ciudad que habría sido capaz de encontrar el camino con los ojos vendados, pero…

Jessica contuvo la respiración cuando un rumor de risas socarronas llegó a sus oídos.

Enseguida, las voces se alzaron en una canción obscena y ebria.

Tonta como era, había olvidado que el barco del rey Semarang había vuelto a fondear en la ensenada. Sus marineros, muy mal afamados entre los habitantes de Sídney, solían seguir esa ruta de regreso a su barco después de las juergas nocturnas en las tabernas de The Rocks.

Y se acercaban por el callejón, detrás de ella.

Era una turba de, quizás, una docena de personas, a juzgar por el ruido que hacían.

Gritaban improperios e insultos, con ganas de provocar problemas.

Jessica miró a su alrededor en busca de un lugar donde esconderse mientras pasaba la chusma.

Había una casa adosada a la roca, aunque sin luz en las ventanas; y, puesto que no recibió respuesta a sus frenéticos golpes, aceleró el paso.

Estaba asustada, pero aún tenía la esperanza de llegar a la calle de abajo antes de que pudieran alcanzarla.

Había mujeres con ellos, arpías de voces estridentes, aunque su presencia suponía cierto alivio.

Significaba que, fuera cual fuera la travesura que los marineros estuvieran tramando, no estarían buscando compañía femenina.

Mientras no la vieran, se dijo, lo más probable era que pasaran de largo.

La calle George estaba patrullada; la guardia no tardaría en darse cuenta del alboroto ni en aparecer para empujar a esa revoltosa muchedumbre a la lancha que la estaría esperando en el muelle.

Casi había llegado al pie de la escalera cuando se produjo el desastre. Los escalones estaban desnivelados y cubiertos de maleza. En su precipitación, Jessica perdió pie, tropezó, se torció el tobillo derecho y pegó un involuntario grito de dolor.

Pudo levantarse en un instante, pero un marinero que se tambaleaba por delante del resto había oído el grito. Echó a correr para perseguirla mientras llamaba al resto.

—¡Vamos, compañeros afortunados! ¡Aquí hay otra moza para dar valor a nuestro dinero!

Fue la señal para que empezara una persecución desorganizada.

Los hombres maldecían y caían unos encima de otros mientras las mujeres que los acompañaban trataban en vano de contenerlos.

Impedida por el tobillo torcido e hinchado de inmediato, Jessica llegó a la calle George solo veinte yardas por delante de sus perseguidores.

Y la habrían alcanzado, sin duda, de no haberse abierto de repente la puerta del astillero de Simeon Lord.

En la entrada, un hombre oteaba semioculto por un momento, pero, en cuanto entendió lo que estaba ocurriendo, corrió al encuentro de Jessica gritando algo que ella no pudo oír.

—¡Rápido, por aquí! —La rodeó con el brazo para darle apoyo y la condujo hacia la puerta moviéndose con soltura sobre los adoquines mojados de la calle.

La verja se abrió aún más gracias a una ráfaga de viento y él empujó a Jessica dentro.

La soltó enseguida para poder girar, empujar la verja y cerrarla frente los marineros.

Hubo un fuerte crujido de bisagras sin engrasar seguido de un sonoro golpe.

Jessica oyó a su valedor maldecir mientras uno de los marineros se lanzaba tras ellos, dando voces para avisar a los demás.

—¡La moza se ha metido en el astillero! Vamos, muchachos, ¡ahí está la muy maldita!

El desconocido salvador encajó una barra de madera en la puerta, se agachó en un instante y cogió a Jessica en brazos.

—Les llevará todo el tiempo del mundo entrar aquí —le dijo—. Puede que se rindan y se vayan a buscar otra cosa con que distraerse. Mientras tanto, será mejor que nos pongamos a cubierto. Mi nave está en esos caballetes y debería darnos todo el cobijo que necesitemos.

Jessica se dio cuenta de que la voz le resultaba un tanto familiar, pero no fue hasta que él la bajó con delicadeza que su memoria se encendió y lo reconoció. Estaban en el extremo opuesto de una estructura de madera que contenía el esquelético esbozo del balandro.

—¿No es usted el señor Broome? —preguntó—, ¿el señor Justin Broome?

—Sí —confirmó él—. Tenía las esperanzas puestas en que usted se acordara de mí, Jessica India Maclaine.

—Mientras hablaba, Justin abrió la puerta de un pequeño cobertizo.

Luego, con un gesto de la mano, la invitó a entrar.

— Este es mi cobertizo, señorita Maclaine.

Nos protegerá de la lluvia y, si Dios quiere, de sus perseguidores.

Aunque esos son unos cerdos testarudos que no se van a rendir.

La veracidad de esa previsión se confirmó con un coro de amenazas y obscenidades a gritos, así como con golpes persistentes en la verja del astillero. Jessica sintió una gran aprensión.

—Son marineros del Semarang, creo —dijo insegura—, pero yo no he hecho nada para provocarlos, señor Broome.

Venía de los aposentos de mi padrastro en Clarence Street, por el atajo, de regreso a la Casa de Gobierno.

Quizá ha sido una tontería caminar por allí al anochecer, pero se me hacía tarde y… no me he detenido a pensar.

—No necesitan provocaciones —le aseguró Justin con un deje de ira en la voz—.

Quieren tener sometida a la ciudad. Sus oficiales los ayudan y los instigan.

He tenido algunos tratos con su comandante, el capitán Case.

Sea oficial del rey o no, está decidido a provocar tantos problemas como pueda… hasta conseguir lo que quiere. En…

—¿Y qué quiere? —intervino Jessica, desconcertada—. Sus Excelencias han agasajado al capitán en la Casa de Gobierno, y también a los oficiales. De hecho, unos están cenando allí esta noche y han sido tratados con la mayor cortesía.

—El capitán quiere acelerar la reparación de su barco con provisiones de las que no podemos prescindir, y también con mano de obra cualificada que no poseemos —respondió Justin con rotundidad—.

Quiere dejarnos sin lona ni cordaje y obligar a todos los marineros de primera que tengan a su alcance a formar parte de la compañía de su barco…

—Fue interrumpido con brusquedad cuando, entre un estruendo de astillas, la verja del astillero se vino abajo.

A la caída de la verja siguieron gritos triunfantes y vítores. Instantes después, la chusma de hombres vociferantes ya se precipitaba dentro del astillero.

—¡Malditos sean! —exclamó Justin—. ¡Han entrado!

Y no es solo la gente de Semarang … —Estaba junto a la puerta, mirando aprensivo.

— Han reunido a una multitud de gentuza de The Rocks, por lo que parece.

Señorita Maclaine, que no la vean. —Hablaba de un modo tan terminante que no admitía discrepancias.

— Métase aquí, debajo de mi mesa de trabajo…

Deslícese, que yo la cubriré. Y, por piedad, no se mueva, hagan lo que hagan.

Estos cerdos vienen con linternas y garrotes, y van en serio.

Voy a impedir que asalten nuestros almacenes.

Estaba apilando tablones delante del escondite, sordo a las protestas de Jessica.

Ella, asomada por detrás de los tablones, vio a Justin coger lo que parecía una palanca que había estado apoyada contra la pared.

Supuso que el joven pretendía utilizarla como arma, así que, aterrorizada, le gritó que la soltara y saliera corriendo.

—¿No podría ir a por la guardia antes de que lo vean? Es a mí a quien persiguen; y si no me encuentran, estoy segura de que se irán.

—La guardia no se enfrentará a una turba de este tamaño —replicó Justin, hosco—. Quédese quieta donde está, señorita Maclaine. Veré si puedo deshacerme de ellos.

Y entonces se marchó. Dejó cerrada la puerta del cobertizo y a Jessica temblando en la oscuridad, pero el miedo de la chica, según se dio cuenta ella misma al oír la llave girar en la cerradura, era más por él que por ella misma…

* * *

Cuando Justin salió del cobertizo, ya había dejado de llover.

Maldijo. Un fuerte aguacero podría haber disuadido a esos borrachos alborotadores antes de que pudieran causar daños graves, pero así estaban las cosas…

Medio oculto tras el armazón de madera de su barco a medio construir, observó a los invasores.