Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Cuando se quedó solo, volvió a sacar pluma y papel y escribió sin titubear:

Consciente de mi propia integridad y rectitud y de la honorable pureza de mis motivos, procederé ahora a dar a Su Señoría explicaciones completas y claras de las razones por las que he autorizado un gasto tan inusual.

Estoy convencido de que Su Señoría estará de acuerdo en que ha sido impuesto por forzosa necesidad…

Con la meticulosa atención al detalle que le daba el haber servido como oficial de Estado Mayor, describió las condiciones que había encontrado a su llegada a la colonia.

Entre los problemas que citó estaban los desbordamientos del Hawkesbury, el fracaso de la cosecha de trigo y el imprudente uso de las provisiones por parte de la administración rebelde, pero la lista era larga, además de que la situación se había complicado con la llegada de los ochocientos hombres del Septuagésimo Tercer Regimiento y sus quinientas esposas e hijos, a los que también había que alojar, alimentar y vestir.

Anochecía. Un criado llegó con una lámpara encendida.

Lachlan Macquarie siguió escribiendo, ajeno al paso del tiempo.

Describía el estado ruinoso en que había encontrado los edificios públicos, el hospital, los almacenes y los muelles; incluso su propia residencia oficial.

De la Casa de Gobierno escribió con aflicción:

Cuando fijé mi residencia aquí, encontré el edificio tan mal construido, tan menguado y podrido que era inseguro para vivir. En cuanto a su tamaño, me pareció del todo inadecuado para alojar a la familia de un caballero, mucho menos, por lo tanto, a la de un gobernador…

Su pluma salpicó por la fuerza con que presionaba el papel. Concluyó su despacho con lo que, sabía, era una afirmación veraz:

Sin el dominio de la vanidad, puedo sostener que he hecho más por la mejora general de esta colonia, incluyendo las costumbres, la moral, la industria y la religión de sus habitantes, que mis tres predecesores durante los varios años que la gobernaron.

Un golpe en la puerta, justo cuando estaba terminando de escribir, anunció la llegada de su esposa. Elizabeth se acercó a él, afectuosa y ansiosa. Apoyó las manos sobre sus hombros caídos y posó su suave mejilla contra la suya.

—Querido Lachlan —lo reprendió con palabras suaves—, trabajas demasiado. Para, te lo ruego, y vayamos a cenar. Henry Antill acaba de regresar de su vista al transporte Minstrel, frente a los Heads. Dice que el coronel Johnston está a bordo.

El gobernador la miró atónito.

—¿George Johnston, el rebelde al que destituyeron?

Elizabeth se lo confirmó con gravedad.

—El barco está cargado con sus mercaderías y ganado, me ha dicho Henry. Lachlan, pensaba que en el juicio había sido declarado culpable de traición. ¿Tiene…? ¿Tiene permiso para regresar aquí?

Cansado, Lachlan Macquarie se puso en pie.

Supuso que lord Liverpool habría autorizado el regreso de George Johnston.

Como civil, por supuesto, pues el consejo de guerra lo había despojado de su rango militar, pero había sido un buen soldado en algún tiempo.

Habían hecho campaña juntos en América, recordaba, y Johnston se había comportado lo bastante bien como para ganarse una mención en los despachos de lord Cornwallis.

Además… Se encogió de hombros y empezó a avanzar hacia la puerta, agarrado, con dedos rígidos, del brazo de Elizabeth.

El otrora comandante del Cuerpo del Ron tenía una concubina y familia en Nueva Gales del Sur.

En lo que se refería al consejo de guerra, se había aceptado, sin reticencias, que él había sido un desafortunado chivo expiatorio: «el utensilio de Jack Corpiño», como ya había insinuado aquella copla satírica.

—En lo oficial, no tengo nada contra George Johnston, querida —dijo al fin—.

Tampoco he recibido instrucciones de presentar cargos contra él.

John Macarthur podría ser arrestado si regresara a la colonia, pero no Johnston.

El hombre ha sido juzgado y ha perdido su cargo.

No le exigiré nada más si ha venido a vivir en paz con su familia.

—Ya veo —dijo Elizabeth. Al llegar a la puerta, se detuvo y se volvió hacia su esposo.

Para su sorpresa, Macquarie vio lágrimas en sus ojos—.

Me pregunto —añadió ella con profundo sentimiento— si la gente de esta colonia sabe lo justo y honorable que es su gobernador.

¿Sabrán cuán bondadoso es su corazón? —Se puso de puntillas y le besó la mejilla.

— Estoy muy orgullosa de ti, Lachlan —susurró con más emoción de la que solía permitirse—, y deseo poder darte un hijo; aunque fuera como el pobrecillo Dickon O’Shea.

Porque, a pesar de su discapacidad, ese niño es un encanto.

El gobernador la abrazó. De pronto se había quedado sin palabras, rojo su rostro cuadrado y huesudo, pero la rabia que había sentido tras leer las advertencias de lord Liverpool desapareció de inmediato.

—Ya, ya, querida —dijo con torpeza—. No importa… Te tengo a ti, ¿no es así?