Capítulo 6 #2
La niña era, sin duda, un tesoro, pensó Macquarie.
Se quedó observándola. Era buena con los niños, y Elizabeth confiaba en ella y dependía de ella.
Su esposa estaba agradecida de haberla recuperado después de que la hubiera perdido a manos del padrastro, un viudo llegado hacía dos años al mando de la leva del regimiento, pero el hombre se había vuelto a casar, y Jessica no parecía querer otra cosa que servir a su ama con devoción absoluta; ajena, o, en todo caso, indiferente, a los diversos jóvenes que de vez en cuando solicitaban sus atenciones.
Uno de ellos era su propio gaitero, un robusto hombre del Septuagésimo Tercero, Mackinnon, cuyo intelecto no estaba a la altura de su espléndido físico; otro, el alférez MacAlpine, un joven grosero y réprobo a quien se había visto obligado a enviar a casa deshonrado, y…
El gobernador sonrió condescendiente mientras se apartaba de la ventana.
Durante su reciente gira por la Tierra de Van Diemen, el nuevo y talentoso corresponsal del London Chronicle, Damien Hayes, había prestado toda su atención a la pequeña Jessica India.
A pesar de la innata timidez del joven, la muchacha parecía disfrutar de su compañía.
Hayes sería una pareja muy adecuada para ella cuando llegara el momento, según habían acordado él y Elizabeth, y, para la chica, un ascenso social que no le sería indiferente en un lugar tan escrupuloso con respecto a los niveles sociales.
Con un suspiro resignado, el gobernador Macquarie volvió a su escritorio y retomó su informe.
Durante la hora siguiente se concentró en exponer en términos inequívocos la impresión que le había causado el asentamiento del río Coal, así como sugerencias para el mayor desarrollo de sus recursos.
Había ido allí directamente desde Launceston, y, aunque todavía estaba bajo el hechizo de la belleza escénica revelada durante su ascenso de veinte millas por el magnífico río Hunter, era muy consciente de que, en lo que concernía a la Oficina Colonial, cualquier sugerencia debía ser práctica.
Práctica y, por supuesto, productiva. El gobierno nacional estaba ansioso por asegurarse de que la colonia fuera autosuficiente.
En su última comunicación, lord Liverpool se lo había dejado muy claro.
Cansado, el gobernador Macquarie releyó el despacho:
Le repito las órdenes constructivas de Su Alteza Real de que, mientras usted permanezca a cargo de la colonia de Nueva Gales del Sur, se esfuerce sin descanso para reducir el gasto; al menos, dentro de los límites anteriores…
Impaciente, pasó la página y se saltó las comparaciones que había hecho el Tesoro.
Aun así, se sorprendió un poco al ver que sus propios gastos, durante su primer año en el cargo, ascendían a setenta y dos mil seiscientas libras, mientras que Bligh había gastado solo la mitad; e incluso los gastos de la administración rebelde no habían superado las cincuenta mil libras.
En la página siguiente, lord Liverpool le reprochaba no haber obtenido un permiso del gobierno de Su Majestad antes de firmar acuerdos relativos a programas de construcción.
Los colonos libres, sostenía el secretario colonial, debían sufragar los costes de la construcción de muelles, embarcaderos y puentes.
Y, si no podían hacerlo, esa era prueba suficiente de que tales proyectos no eran necesarios, ya que la colonia no había crecido bastante como para necesitarlos.
La circularidad de la lógica de su señoría provocó que se escapara un suspiro de cansancio de entre los labios del gobernador.
En cuanto al nuevo hospital de Sídney, que Dios sabía que era muy necesario, lord Liverpool se había indignado aún más. Citaba al Consejo Privado y al Tesoro para subrayar sus dudas sobre la conveniencia de financiar los costes de construcción mediante una licencia para importar ron:
Hubiera sido aconsejable que no se firmara ningún compromiso de esta naturaleza hasta que usted tuviera la oportunidad de conocer los sentimientos del gobierno de Su Majestad sobre el particular…
Consciente de un arraigado resentimiento, Macquarie cogió el borrador de su informe sobre el río Coal y lo hizo trizas.
El maldito informe tendría que ser redactado de nuevo.
Había estado perdiendo el tiempo. Si el príncipe regente y sus ministros eran capaces de cuestionar la necesidad de un nuevo hospital en Sídney, si le guardaban rencor por haber gastado en carreteras y muelles para la capital administrativa de la colonia, era poco probable que le dieran permiso de ampliar las instalaciones del puerto Stephens o de construir una carretera para fomentar el asentamiento en el fértil valle de Hunter.
Y en cuanto a sus planes para Hobart y Georgetown…
Miró con pesar los trozos de papel desgarrados que tenía esparcidos por el escritorio y volvió a coger la pluma.
De alguna manera, debía esforzarse por hacer comprender a lord Liverpool que los gastos en que había incurrido serían, a su debido tiempo, reembolsados.
Protegerían a la colonia para siempre del peligro de hambruna que los tenía amenazados desde el día del desembarco del almirante Phillip.
Solo abriendo nuevas tierras para el cultivo y la cría de ganado vacuno y ovino podría evitarse la contingencia, pero, para ello, debía haber carreteras y…
Ahogó una exclamación. ¡Maldita sea! ¡Tenían que encontrar una forma de cruzar la barrera montañosa que encerraba a la colonia!
Una vez encontrada, se podría construir una carretera.
Las fértiles llanuras que Phillip había visualizado desterrarían el espectro de la hambruna para el resto de los tiempos.
El despilfarrador y poco fiable Davey haría lo peor posible en la Tierra de Van Diemen.
Había muy pocas posibilidades de detenerlo.
Y también había que dejar que Newcastle y sus minas de carbón siguieran siendo un lugar de castigo para los fugitivos y los revoltosos.
En el futuro, Macquarie se concentraría en Sídney y en los asentamientos que, a pesar de la parsimonia del gobierno nacional, ya había logrado establecer y ampliar.
El gobernador recordó que, durante las festividades que habían marcado su regreso de la gira y su quincuagésimo segundo cumpleaños, en enero de 1813, Gregory Blaxland había presentado un plan para intentar cruzar las montañas Azules.
Antes, el teniente Lawson había hecho una propuesta similar, pero él no había puesto suficiente atención a ninguno de los dos, con tantos otros asuntos de mayor importancia en su mente.
No, no de mayor importancia…, más urgentes.
Pero aquello empezaba a ser apremiante, a la luz de ese despacho tan crítico de lord Liverpool.
Era cierto que Blaxland, junto con su hermano mayor, habían sido partidarios de John Macarthur, al igual que William Lawson.
Aunque los dos habían conspirado para arrestar al comodoro Bligh, eran hombres respetables y de buena cuna, grandes terratenientes y granjeros exitosos.
El coronel Foveaux había hablado bien de los Blaxland, como lo había hecho de Lawson, y ¿no había hecho Gregory Blaxland dos intentos de encontrar un camino a través de las montañas?
Había fracasado, era cierto, como también fracasaron el gobernador Phillip, el general Tench y el infeliz coronel Paterson en los primeros tiempos.
Y los sucesivos gobernadores habían enviado expediciones: el doctor Bass y Henry Hacking en tiempos de Hunter, el teniente Barrallier e incluso el botánico George Caley en tiempos de King, y una veintena de otros, tal vez, cuyos esfuerzos quedaron sin registrar y fueron olvidados.
Y los hubo también que se desvanecieron para siempre en la bruma de las montañas.
Pero todos habían compartido la convicción de que, más allá de los escarpados picos rocosos y los profundos desfiladeros de la barrera montañosa aún no conquistada, había pastos bien regados y una fértil llanura que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Caley, aunque había regresado a Inglaterra con el comodoro Bligh, estaba convencido de que había penetrado más lejos que cualquiera de sus predecesores; y había dejado un informe muy documentado, recordó Macquarie, para que lo usara cualquiera que quisiera volver a intentarlo.
El gobernador tomó una rápida decisión y llamó a su secretario.
—Sea tan amable de buscar los papeles de George Caley en los archivos —pidió—, los relativos a sus expediciones. Deseo estudiarlos. Y, John…
John Campbell, tranquilo y modesto, aguardaba expectante. Había observado los trozos de papel rotos sobre el escritorio, pero, conocedor de las costumbres del hombre al que servía, no hizo ningún comentario al respecto.
—¿Su Excelencia?
—Envíe una nota al señor Gregory Blaxland y dígale que consideraría un favor que me atendiera en cuanto lo crea conveniente.
—Muy bien, señor —reconoció Campbell—. Y su informe para la Oficina Colonial, ¿está listo para que lo transcriba?
Lachlan Macquarie negó con la cabeza.
—No, aún no. Tengo la intención de escribirlo ahora. Lo tendré listo esta tarde. Eso es todo, John, gracias.