Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 6
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Capítulo 6

Sentado a su escritorio en la Casa de Gobierno de Sídney, el gobernador Macquarie estaba contemplando con disimulada consternación la montaña de papeles oficiales, despachos de la Oficina Colonial y correspondencia privada que su secretario le había puesto delante.

Era cierto que un escueto comunicado de la Guardia de Caballería lo informaba de su ascenso al rango de general de brigada, y eso era estupendo, pero… Macquarie suspiró.

Durante los dos últimos meses, él y su esposa, acompañados de una pequeña comitiva, habían estado cumpliendo con las funciones más cercanas a su corazón, las que él mismo creía con firmeza que debían constituir el principal deber de cualquier gobernador colonial.

En ese proceso, en el Lady Nelson, barco de ochenta toneladas, habían desafiado las tormentosas aguas del mar de Tasmania.

Tras el trayecto más peligroso que jamás había experimentado, entraron en el santuario del río Derwent hasta desembarcar en la ciudad de Hobart.

La ciudad de Hobart era un conjunto desordenado y mal planificado de endebles edificios de madera, todos erigidos al azar donde y cuando surgía la necesidad.

Al gobernador y su equipo les había llevado días de trabajo concienzudo diseñar un nuevo plan para la ciudad.

La dividieron en una plaza principal y siete calles, con un hospital mucho más grande y un sólido cuartel para la guarnición. Las nuevas calles tenían nombre.

Damien Hayes, el joven periodista que Macquarie, casi por impulso, había decidido llevar consigo, había hecho un boceto de la ordenada ciudad, tal como él la imaginaba, y, junto con un artículo que explicaba las visiones de futuro, lo había enviado al London Chronicle.

Cuando se leyera en Londres, el artículo atraería a nuevos colonos y las inversiones de capital que tanto necesitaba Hobart para prosperar.

Por supuesto, tendría que dar malas noticias sobre las actividades comerciales de algunos funcionarios de Hobart; entre ellos, el capellán, reverendo Henry Knopwood, así como sobre los despilfarros del teniente gobernador en funciones, el teniente Lord, en el funeral de su predecesor.

Macquarie frunció el ceño. Lord había aconsejado, es más, había rogado a la Oficina Colonial que nombrara al coronel Foveaux como sucesor del difunto coronel Collins, pero sus súplicas habían sido desoídas.

En su lugar, el gobierno nacional había enviado a uno de los primeros soldados de la flota del almirante Phillip, mayor de la Marina Real, llamado Thomas Davey; bebedor empedernido, de modales groseros y de quien se decía que estaba endeudado hasta las orejas cuando salió de Inglaterra.

¡Que se fueran a la mierda el gobierno nacional y su señoría de Liverpool!

¿Se imaginaban los políticos que podían dirigir los asuntos de una colonia que ninguno de ellos había pisado jamás, a más de doce mil millas de distancia, sin tener en cuenta las opiniones y los consejos tan bien meditados por el hombre del lugar?

Lo habían nombrado gobernador, habían depositado en él responsabilidades inmensas y, sin embargo, aquellos arrogantes se habían negado a escucharlo.

No había duda de que Davey arruinaría todos los planes que él tenía para la Tierra de Van Diemen, se dijo un sombrío Macquarie.

Maldita sea, ¿no había sufrido él mismo y sometido a sus compañeros, incluidas su querida esposa y su doncella, a increíbles penalidades con tal de cruzar por tierra de Hobart a Launceston y juzgar de primera mano las perspectivas de futuro e informar de ellas a la Oficina Colonial?

Todos habían arriesgado la vida y la integridad física; habían cabalgado millas y recorrido parte del camino a pie para que Meehan pudiera seleccionar el mejor emplazamiento para una carretera.

Cuando por fin avistaron Launceston, que no era más que una aldea, escribió sobre ella cansado y triste. Macquarie recogió su borrador y su memoria se revitalizó con el sabor de las palabras que había anotado aquella noche en su tienda.

La grandiosa vista y el noble y pintoresco paisaje que se nos presentaron al divisar por primera vez Launceston y los tres ríos, sus fértiles llanuras y las elevadas montañas que la limitan, fueron muy gratificantes.

Fueron, incluso, sublimes, iguales en belleza a cualquier cosa que yo hubiera visto en cualquier país…

Habría confiado en Foveaux para trasladar la capital del norte a la cala de York, según su propia propuesta, pero Davey…

La boca de Lachlan Macquarie se tensó. Si el secretario colonial desconfiaba de Foveaux, ahí estaba el hermano del gobernador, Charles, el ahora coronel Charles Macquarie, comandante del Segundo Batallón del Septuagésimo Tercero.

El propio Lachlan lo había propuesto como alternativa, pero Liverpool solo había enviado al borracho y grosero Davey, de quien no se podía confiar en que hiciera nada, excepto abusar de la hospitalidad que se le estaba brindando e insultar a los emancipados a quienes el gobernador invitaba a cenar en la Casa de Gobierno.

En un arrebato de amarga exasperación, el gobernador dejó caer el informe y empezó a deambular por con pasos largos e impacientes.

Era una maldita lástima, reflexionó, que después de la gira más exitosa, así como la más distante que hubiera emprendido, se viera regresando a Sídney con sus facciones enfrentadas y los constantes intentos de la Oficina Colonial de socavar su autoridad.

Aparte de Davey, también estaba resultando una piedra en el zapato el comandante del buque de guerra de Su Majestad, Semarang.

Los marineros indisciplinados de Case, a los que se había concedido un permiso ilimitado para bajar a tierra mientras el barco estuviera en reparación, eran unos desmandados.

Entraban en reyertas con la población civil y con la guardia, dando un ejemplo espantoso a los soldados del Septuagésimo Tercero, que, hasta entonces, se habían comportado con rectitud.

El gobernador tendría que tomar medidas inflexibles para frenarlos, pero…

El capitán Case no era de los que se tomaban las críticas a la ligera.

Irritado, Macquarie recordó que ya había dos quejas en algún lugar de su escritorio.

En ellas, Case afirmaba que los cargos presentados contra sus hombres eran…

¿Qué había escrito ese tipo del demonio?

: «desagradecidos, infundados y falsos».

Los cargos eran contra dos de los oficiales del Semarang sorprendidos in fraganti por los agentes cuando, con toda intención, causaban daños a una propiedad privada.

El indulgente comandante insistía en que se retiraran los cargos, puesto que aquel episodio, según su propia descripción, había sido «una mera travesura».

El gobernador sacudió la cabeza con furiosa incredulidad. Sus inquietos pasos lo llevaron hasta la ventana. Cuando oyó el ruido de las ruedas de un carruaje que se acercaba, se detuvo allí y se asomó.

En el carruaje viajaban dos damas y un niño pequeño de pelo oscuro.

Vio que su esposa salía a darles la bienvenida desde la veranda, en la parte delantera de la casa, y su irritación se desvaneció de inmediato.

Llegaban de visita la esposa de Jasper Spence y la encantadora y joven viuda Abigail O’Shea, Quien llevaba con ellas a su hijo, un pequeño niño sordomudo que se había convertido en uno de los favoritos de Elizabeth.

Observó cómo el pequeño corría hacia su esposa y se lanzaba con ansias entre sus brazos.

Pensó que, de hecho, Elizabeth no habría querido más al pequeño Dickon si hubiera sido suyo.

Qué maldita lástima que no lo fuera, pensó Lachlan Macquarie con tristeza.

Como él, Elizabeth anhelaba tener un hijo, pero, pobre mujer valiente, no podía.

Había sufrido tantos abortos desde que llegó allí, tantas decepciones, que, dadas las edades de los dos, empezaba a parecer improbable que su sueño pudiera cumplirse.

Maurice O’Connell había tenido más suerte.

La hija del comodoro Bligh, a solo un año de haberse casado, ya tenía un hijo, y Elizabeth y él habían sido los padrinos de bautizo.

Lachlan Macquarie recordó con dolor que ya entonces era consciente de los anhelos de su esposa, y también de que sentía envidia, pero…

tales asuntos estaban en manos del Señor.

No correspondía a los simples mortales cuestionar su sabiduría ni la forma en que las oraciones eran respondidas.

Sin embargo, mientras seguía observando al pequeño Dickon O’Shea responder a los cariñosos mimos de Elizabeth, se encontró elevando una plegaria silenciosa. Amaba a su esposa, bien lo sabía Dios, y, después de todo, quizás no era demasiado tarde para que el amor diera sus frutos.

—¿Puedo llevar a Dickon a ver las flores, Abigail? —oyó decir a su mujer.

Recibido el codiciado asentimiento, la mujer y el niño caminaron por el cuidado césped hasta los parterres de flores. George Caley, un botánico de Kew, había puesto esos macizos entre las enredaderas y los arbustos que el almirante Phillip había plantado hacía más de veinte años.

El niño emitía unos agudos sonidos equivalentes a risas mientras Elizabeth parloteaba alegre, siempre con la cara vuelta hacia él para que pudiera leerle los labios y entenderla.

Al cabo de un rato, recordó sus deberes de anfitriona y se reunió con sus dos invitadas en la veranda. Dickon quedó entonces al cuidado de Jessica Maclaine, quien había salido corriendo de la casa, sonriente y haciendo botar una pelota para captar la atención de su pupilo.