Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

—Al oficial de marina del puerto, señor: el señor Robert Watson.

Al tipo miserable que usted acaba de expulsar de su puente de mando.

También es el capitán del puerto. Y, ahora, señor —se puso en pie y dejó a un lado la copa que apenas había tocado—, ¿me permitiría usar una lancha de su barco? Quisiera volver al astillero.

William Case se levantó con él. Tenía los ojos encendidos, pero los labios apretados.

—Muy bien, señor Broome. Estoy en deuda con usted y lo reconozco, pero ¿es usted un desertor de la Armada de Su Majestad?

Justin lo encaró sin sonreír:

—No, señor, no lo soy.

—¿Pero ha servido en un barco del Rey?

—Sí, señor.

—¡Demonios, Broome! —exclamó el capitán Case, que ya estaba perdiendo los estribos—. ¿En qué barco, hombre?, ¿y bajo el mando de quién?

—En el Hindostan, señor, bajo el mando del capitán Pasco. Tenía el puesto de guardiamarina y primer oficial. Sus Señorías rechazaron mi solicitud de nombramiento y recibí la baja del servicio de Su Majestad. —Justin se incorporó y buscó su gorra.— ¿Tengo su permiso para ir a tierra, señor?

Case echó la cabeza atrás y rio con auténtica diversión.

—¡Maldita sea, es usted un joven insolente, pero admiro sus agallas!

, y sus logros profesionales… ¿Oficial, eh, y Sus Señorías no le han dado ningún cargo?

—Rodeó los hombros de Justin con un brazo y lo condujo al pie de la escotilla, desde donde gritó órdenes al oficial de guardia para que bajara su lancha rápida.

Se volvió de nuevo hacia Justin y le tendió una mano conciliadora.

— Si se siente inclinado a volver al servicio de Su Majestad, lo aceptaré de buen grado como voluntario.

Mi patrocinador es el vicealmirante Samuel Hood, sir Samuel Hood, ahora comandante en jefe en las Indias Orientales.

Él se aseguraría de que Sus Señorías cambiaran de opinión por usted, señor Broome, si yo se lo pidiera.

Fui su primer teniente en el Centaur durante tres años y estoy en excepcionales buenos términos con él.

—Gracias, señor —reconoció Justin. Estrechó cauteloso la mano que se le ofrecía, aún no muy seguro de sus sentimientos por ese alto, arrogante y joven capitán—. Quizá me permita reflexionar sobre su amable oferta.

—Oh, por supuesto, mi querido amigo —asintió Case de buena gana.

Se encogió de hombros y añadió—: Si las reparaciones de mi barco llevan tanto tiempo como usted parece creer, tendrá de sobra para considerar mi oferta.

En cualquier caso, debo esperar el regreso del gobernador. ¿Cuándo cree que regrese?

—No sabría decirlo, señor —respondió Justin—. Supongo que dentro de una semana o dos. Sin duda, antes de Navidad, porque se están haciendo planes para una recepción en la Casa de Gobierno. Su Excelencia estará aquí a tiempo.

—Ya veo. Bueno, dicen que no hay mal que por bien no venga, ¿verdad?

Dejaré que la compañía de mi barco baje a tierra, porque ¡Dios sabe que se lo han ganado!

Los hago trabajar duro cuando están en la mar, a todos, pero no soy quién para impedirles que disfruten cuando llegamos a puerto.

Son tipos lujuriosos. —La sonrisa del capitán era de complicidad.

— Supongo que la ciudad de Sídney podrá proporcionarles lo que necesiten en cuanto a tabernas y mujeres.

Justin asintió.

—Y en abundancia, señor.

A pesar de las nuevas leyes y restricciones del gobernador Macquarie, Sídney seguía siendo un lugar corrupto y sin ley, pensó con tristeza.

Al anochecer en la zona de The Rocks, la ciudad era el antro de iniquidad en el que, a lo largo de los años y en su afán por lucrar con el comercio de licor, el Cuerpo del Ron la había convertido.

Las viejas costumbres no morían. Los servicios religiosos obligatorios del gobernador y las encendidas denuncias del reverendo Samuel Marsden desde el púlpito no habían inducido todavía a las mujeres de los burdeles a reformarse.

Por lo tanto, los marineros que bajaban a tierra con dinero en los bolsillos eran presa fácil.

—Yo vigilaría a sus hombres, señor —aconsejó—, hasta que le tomen la medida a esta ciudad. Puede ser un lugar peligroso.

—¡Maldita sea! —replicó el capitán Case—, ese no es mi estilo.

Mis muchachos son duros luchadores y no suelo mimarlos.

Bueno… —Un grito desde la cubierta superior anunció que el bote estaba listo.

Hizo un gesto a Justin para que lo precediera.

— Le doy los buenos días, señor Broome, y mi agradecimiento, una vez más, por su hábil ayuda.

—Buenos días, capitán Case —respondió Justin.

Cogió el fardo que contenía su ropa mojada y descendió a la lancha.

Un joven guardiamarina le hizo señas para que tomara asiento en la proa.

Se daba cuenta de que el muchacho lo estaba tomando por un presidiario y lo trataba en consecuencia, pero no se opuso.

La marina, se dijo, no era para él, y el capitán Case podía olvidar su oferta.

Veinte minutos más tarde, entre alegres silbidos, retomaba los trabajos en su propio barco.