Capítulo 5 #3
—Las malditas cartas del Almirantazgo no sirven en estas costas.
Peor que eso: son un engaño infernal —se quejó —.
Nunca me habría acercado a su maldito asentamiento, pero tengo que entregar un envío de lingotes: diez mil dólares de plata españoles que su gobernador ha estado pidiendo a gritos.
Tengo entendido que va a abrir un banco.
—Invitó a Justin a abordar la lancha sin hacer caso a sus objeciones.
— Maldita sea, tenemos todas las herramientas que usted pueda necesitar.
Lo que nos falta es un hombre con la habilidad para usarlas, pero usted es carpintero de barcos, ¿no?
—Eso he aprendido a hacer, señor, sí —empezó Justin—, pero…
El capitán Case ordenó a sus hombres que zarparan.
—Esa nave que tiene en los caballetes parece muy útil —observó—.
Supongo que usted la ha estado construyendo, ¿no es así?
—Recibida una señal de asentimiento, se volvió hacia Justin, un tanto perplejo, para someterlo a un escrutinio.
— Es usted muy joven. ¿Qué es usted, eh?
, ¿un convicto? ¿Ha cumplido su sentencia, ha sido indultado o como sea que llamen eso en este lugar?
—Nací aquí —respondió Justin, y no dio ninguna otra explicación.
Era evidente que Case no la esperaba. El capitán señaló su barco con la mano.
—Descubriremos, supongo, que el cobre está muy dañado. Depende de usted decirlo, por supuesto, pero me imagino que será necesario carenar el casco. ¿Se puede hacer aquí?
—Sí se puede, claro, pero estamos cortos de mano de obra, y…
—¿Se refiere a manos hábiles?
—A cualquier mano, señor. Su Excelencia el gobernador está enfrascado en grandes trabajos de construcción y trazado de carreteras, y… —Justin intentaba explicarse, pero William Case lo interrumpió.
—Las necesidades de uno de los buques de guerra de Su Majestad deben tener prioridad —afirmó con arrogancia señorial—.
Pronto se lo dejaré claro al… ¿Cómo se llama?
¿Gobernador Macquarie? Es militar, ¿no? ¿Coronel de algún regimiento escocés que pasó la mayor parte de su tiempo en la India?
Bueno, la mano de obra es abundante allí, y debería serlo también aquí.
Eso era lo que yo pensaba, con tantos convictos que hemos estado enviando desde Inglaterra. Hablaré con el coronel Macquarie.
—Está de gira de inspección en la Tierra de Van Diemen — le dijo Justin, enfadado por el tono.
Se acercaron al Semarang y Justin, al plantarse en la cubierta, sin haberlo pensado siquiera, presentó sus saludos al alcázar. Oyó al capitán Case soltar una exclamación de sorpresa.
El capitán observó la gorra que el joven carpintero se había quitado y preguntó:
—Usted ha servido en la mar con la Armada de Su Majestad, ¿verdad? Y desertó, ¿eh? —añadió antes de esperar respuesta alguna. —Bueno, pronto podríamos rectificar eso, muchacho. Mantenga mi barco a flote, maldita sea, y podrá ocupar la plaza de carpintero ¡y sin preguntas!
—Permítame inspeccionar los daños, si es tan amable, señor —pidió Justin, que estaba teniendo dificultades para contener su creciente irritación—. Puede que yo no sea capaz de mantener su barco a flote.
Una inspección preliminar confirmó la gravedad de los daños: el casco del balandro tenía un agujero irregular bajo la línea de flotación, a proa, en el costado de babor.
A pesar de que la tripulación había conseguido poner una gavia bajo el casco y asegurarla en la zona dañada, ya habían entrado toneladas de agua y seguían entrando.
La escora también iba en aumento, aunque todos los cañones de la cubierta principal ya habían sido arrastrados a estribor en un vano intento de mantener la verticalidad del barco.
Ayudado por los dos carpinteros y un grupo de marineros voluntarios, Justin comenzó la tarea de reparación; a veces, con el agua casi hasta el cuello.
Había pensado, al principio, que sería necesario llevar el balandro a un dique, pero, poco a poco, se dio cuenta de que le ganaban al agua.
Con las bombas en marcha y dos guardias formando una cadena de cubos para achicar, el nivel iba bajando.
Al mediodía siguiente, la fuga había quedado sellada.
Los cansados marineros, agradecidos, desmontaron las bombas y guardaron los achicadores.
Se sirvió una ración extra de ron y una de las guardias fue invitada a cenar.
Justin, empapado hasta los huesos y aún más agotado que sus compañeros de trabajo, fue a informar al comandante del Semarang.
Lo encontró en el alcázar, enzarzado en una acalorada disputa con Robert Watson, el capitán del puerto.
Esperó en silencio hasta que oyó al capitán Case pedirle a Watson que abandonara su barco. Entonces, cuando el agraviado funcionario portuario se hubo marchado, el capitán cambió de actitud.
—¡Mi querido amigo, ha hecho un milagro!
—exclamó—. Venga a mi camarote y déjeme ofrecerle un refrigerio.
—Al notar que la mirada de Justin se dirigía a la lancha del capitán del puerto, añadió con indiferencia—: Ese cerdito oficioso no solo es un insolente, ¡maldita sea!
, estaba borracho. Lo he enviado a que se ocupe de sus asuntos y voy a denunciar su mala conducta a las autoridades competentes.
Al gobernador, si es necesario, solo que…
Demonios, ¿no me ha dicho usted que el gobernador no está aquí?
—Está de gira en la Tierra de Van Diemen —confirmó Justin. Seguía con la mirada el bote que se alejaba, preocupado por la situación de Robert Watson—. Señor —volvió a hablar—, el señor Watson es un buen hombre. Él…
William Case lo interrumpió.
—Es posible que lo sea cuando está sobrio y sus modales dejan menos que desear, señor Broome —concedió con altanería—.
Me pedirá perdón, no lo dudo, en cuanto vuelva en sí, pero dejemos en paz a ese miserable.
—Señaló la escotilla de popa.— Tengo un poco de brandy de Cabo abajo y parece que usted lo necesita, después de todos sus esfuerzos.
Eso y algo de ropa seca. Le diré a mi camarero que se la prepare.
Más tarde, vestido con camisa y pantalones prestados y con una copa de brandy bien llena delante, Justin hizo un minucioso informe de las reparaciones que había podido hacer.
—Su barco ya no se hundirá en sus amarras, señor —terminó—, pero, si decide aceptar mi consejo, hágalo poner en un dique y que lo carenen tan pronto como sea posible.
—De nuevo entró en detalles y subrayó el alcance y la naturaleza de los daños.
— Mientras tanto, le sugiero que lleve los cañones a tierra y le quite al barco todo el peso muerto que pueda. Necesitará calafateo y…
—Sí, sí, lo entiendo todo —dijo impaciente el capitán Case.
Apuró su brandy y volvió a llenar la copa.
Pensativo, se quedó mirando a Justin por encima del borde—.
Usted es un buen hombre y conoce su trabajo.
Quiero que se encargue de las reparaciones de mi barco, señor Broome.
Tendrá una buena paga, por supuesto; yo mismo me encargaré de que reciba un giro del Almirantazgo para cubrir su salario y el de los obreros que emplee. Usted…
—Perdóneme, señor… —la interrupción de Justin fue tímida—, pero yo trabajo por mi cuenta.
Puedo usar el astillero del señor Simeon Lord por un acuerdo personal entre nosotros para que yo pueda construir mi propio barco mercante.
Me temo, señor, que usted debe buscar a las autoridades correspondientes para que le reparen su barco.
Como le dije anoche, aquí escasea la mano de obra cualificada y, aunque hay instalaciones para el carenado de buques, nos faltan calafates y aparejadores capacitados.
Para un barco de este tamaño…, bueno, dudo de que las reparaciones puedan empezarse de inmediato.
El capitán Case profirió un furioso juramento.
—¡Esta autoridad de la que habla, señor Broome! ¿A quién se refiere?
Justin, haciendo un gran esfuerzo por que no se notara su satisfacción, dijo en voz baja: