Capítulo 5 #2
—Estoy contenta —le había respondido de inmediato su madre; demasiado rápido, tal vez, pensó Justin—.
No me habría gustado vivir en Sídney, como me insistía mi querida Frances Spence…
Me gusta mucho estar aquí. El campo es precioso y todavía tengo algunos de mis caballos; mis yeguas de cría, ya sabes, y un potro engendrado por mi pobre Sirius.
La única progenie que dejó, Justin, pero Young Sirius es la imagen de su padre.
Jenny había hablado mucho de sus caballos, aunque a pesar de sus valientes palabras y del afán con que los describía, Justin se había quedado con la contradictoria impresión de que el corazón de su madre ya no estaba en la cría de potros.
Desde luego, no montaba tan a menudo, pues parecía pasar la mayor parte del tiempo en casa, cocinando y cosiendo.
Esas tareas no se correspondían con la madre laboriosa que él recordaba de su infancia, la que solía trabajar la tierra desde el amanecer hasta el anochecer.
Pero le había concedido las reservas que, sin duda, ella estaba deseando, y Jenny, a su vez, no había tratado de interrogarlo demasiado sobre el motivo de su regreso a la colonia.
Aparte de condolerse por que no hubiera conseguido un puesto en la Marina Real, su madre había limitado sus preguntas a temas más generales.
Deseaba saber qué pensaba él de Inglaterra; de Londres en particular, y de los puertos en los que había recalado cuando servía en el buque de carga de Newcastle.
Le había hablado de la muerte de Henrietta Dawson y del matrimonio de Lucy Tempest con el joven obrero emancipado Luke Cahill, pero, más allá de una referencia pasajera al hecho de que Abigail O’Shea había dejado la administración de Yarramundie en manos de su hermana y de Luke y que había regresado a Sídney, su madre apenas había mencionado a la muchacha.
Justin no recordaba haberle preguntado si había visto a Abigail, si la había visitado, y, como él había decidido aplazar cualquier visita a los Spence o a Abigail hasta sentirse capaz de resistir un nuevo desaire por parte de la joven, la conversación se desvió hacia otros temas.
Las preguntas de Andrew tuvieron menos tacto.
Justin y él habían viajado juntos de regreso a Sídney, pues Andrew había sido convocado para formar parte de un consejo de guerra.
El interés de su padrastro, más que en asuntos personales, se había centrado en las razones por las que el Almirantazgo se había negado a darle una comisión.
En cualquier caso, la indagación había sido bastante fácil de contrarrestar, así que, durante la mayor parte del tiempo que pasaron juntos, hablaron de la guerra y las recientes acciones navales.
Andrew, bien informado sobre los nuevos proyectos del gobernador, le había contado todo capítulo por capítulo, con vivos elogios para la mayoría de ellos.
—El coronel Macquarie es el mejor gobernador que hemos tenido, Justin —había reiterado—.
Es un hombre con visión y gran integridad, y, como cuenta con el apoyo incondicional del coronel O’Connell y de los oficiales del Septuagésimo Tercero, ha sido capaz de poner en práctica la mayoría de las reformas que el comodoro Bligh buscó introducir sin conseguirlo.
Y ni que decir tiene que aplaudo su actitud hacia los emancipados.
Y, claro, cada vez es más criticada por lo que solía llamarse la facción de la bahía Botany, que incluye a la mayoría de los antiguos socios de John Macarthur, ¡salvo, por supuesto, los emancipados!
Se habían reído juntos, aunque, más tarde, Justin se había asombrado al saber que Simeon Lord tenía un nombramiento en el tribunal de magistrados.
Al parecer, la respetabilidad se medía por el éxito mundano y la riqueza, y Lord podía reclamar ambos.
Por cierto, Andrew, con algo de procacidad, había añadido que el reverendo Samuel Marsden se había opuesto a ese nombramiento con toda su bravura.
—Sirven juntos, bajo protesta, en la Junta de Caminos de Parramatta.
Es un trago amargo para el pobre Marsden, pero…
ha tenido que deglutirlo. En todo caso, será algo temporal.
El joven William Charles Wentworth es nuestro mariscal preboste en funciones, a la espera del regreso de Gore.
Por cierto, su padre es quien tiene el contrato para la construcción del nuevo hospital.
Por otro lado, el doctor Redfern goza de la alta estima virreinal, en tanto que James Meehan está encargado de las giras oficiales y de planificar los nuevos asentamientos. ¿Qué más puede hacer el gobernador?
¿Y qué más, de verdad?, pensó Justin. Subió a la esquelética cubierta de su barco aspirando grandes bocanadas del aire nocturno.
Se dio cuenta, agradecido, de que el viento había virado hacia el este y se había enfriado…
Demonios, se fumaría una pipa y se daría media hora de descanso.
Ningún hombre trabaja bien cuando está rígido, cansado y con los músculos doloridos.
Con la pipa lista, inhalando el humo, fue a la proa de su balandro a medio construir y se sentó con las piernas cruzadas.
Podía contemplar el fondeadero. La luna ascendente bañaba toda la ensenada con una luz plateada.
Aparte de dos mercantes de sándalo de la flota de Robert Campbell y un ballenero estadounidense, el puerto estaba desierto.
El Lady Nelson, con el grupo del gobernador a bordo, aún no había regresado de la Tierra de Van Diemen.
Se lo esperaba en una o dos semanas, y… Justin suspiró.
Había tenido la intención de conocer mejor a Jessica Maclaine, pero ella estaba todo el tiempo atendiendo a la esposa del gobernador.
La señora Macquarie acompañaba a su marido en todos los viajes por la colonia, así que, por supuesto, en esa gira había ido con él a Hobart.
Era cierto que Justin y Jessica se habían visto en media docena de ocasiones: una vez en la primera feria de Parramatta, dos en las carreras de Sídney y varias veces en la ciudad, pero siempre en público, cuando era imposible hacer algo más que intercambiar un saludo distante.
De hecho, Justin reflexionó sombrío, ni siquiera estaba seguro de que Jessica se acordara de él; vaya, ni siquiera de que el gobernador lo hiciera.
Ella había respondido a su destoque y a su mocha, pero él no había podido conversar con ningún miembro del séquito virreinal.
El día de su visita formal a la Casa de Gobierno para informar de su regreso, quien lo recibió fue el vicegobernador, el coronel O’Connell.
Junto con una veintena de otros que…
Se incorporó sobresaltado. Un barco estaba entrando en la cala, anunciado por el chirrido de sus bombas y el eco de un aluvión de órdenes gritadas a través de un megáfono.
A la luz de la luna, el barco era una figura fantasmal, apenas perceptible; aun así, Justin pudo ver que estaba escorado a babor y parecía absorber toda el agua que sus esforzadas bombas podían desplazar.
Por un momento, creyó que se trataba del Lady Nelson, pero luego, a medida que la luna se alzaba, vio que era mucho más grande.
El bergantín aparejado, pintado con el ajedrezado de Nelson, enarbolaba la bandera inglesa de la Marina Real.
Justin entrecerró los ojos hasta percibir con claridad que se trataba de una balandra de guerra, con troneras para dieciséis cañones y carronadas en la cubierta superior.
No disparó salvas. Después de entrar en el puerto y de haberlo traspasado, al parecer sin la ayuda de oficiales ni del práctico, fondeó en la cala. No hubo ceremonias. Ahí quedó, como el espectro que había parecido ser cuando Justin lo vio por primera vez.
Al cabo de unos minutos bajó un bote, una lancha de desembarco con cuatro hombres a los remos, pero no se dirigió al muelle del gobierno, sino hacia donde estaba Justin.
Mientras la veía acercarse, se quedó atónito.
Había un oficial en la bancada de popa, envuelto en un grueso capote de barco.
En cuanto el bote tocó tierra, el hombre se quitó el capote, saltó a tierra y cruzó el astillero a grandes zancadas.
Se detuvo a unos metros de los caballetes, observó con ojo crítico la embarcación a medio construir y gritó un saludo.
—He visto su luz. Supongo que usted es carpintero de navíos. —Sin esperar la respuesta de Justin, el recién llegado señaló su escalera—. Baje aquí, como buen colega, para que podamos hablar. Necesito sus servicios con urgencia.
Justin apagó su pipa y descendió obediente.
—Señor —lo saludó—, ¿y usted es…?
—William Case, y estoy al mando del buque de Su Majestad Semarang —dijo el desconocido. Era alto y lucía muy bronceado. Llevaba la charretera solitaria de un comandante naval y, por lo que Justin podía juzgar en la penumbra, rondaba los treinta años.
—Justin Broome, señor —se presentó—. ¿En qué puedo servirlo?
—De la forma que su habilidad se lo permita —respondió el comandante del balandro—, y de inmediato.
Mi carpintero está enfermo de escorbuto y sus compañeros son unos malditos ignorantes.
Como puede ver, estamos muy escorados. Nuestra última sonda mostraba doce pies de agua en los pozos.
He tenido las bombas funcionando día y noche y a los hombres achicando con cubos, pero la maldita agua nos está ganando.
Terminaremos hundidos en nuestras amarras, a menos que usted pueda ayudarnos.
Venga conmigo ahora y véalo usted mismo, señor… , ah, Broome.
Agarró a Justin por el brazo y lo arrastró hacia el bote que los esperaba.
Con impaciencia, iba dándole detalles de los daños que, según sus cálculos, había sufrido el casco del Semarang.
Eran, al parecer, el resultado del choque con una plataforma de coral, tres días antes, mientras navegaban a toda vela.