Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 5
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Capítulo 5

Justin dejó a un lado el martillo y se secó el sudor de la cara y el pecho con un lado del pañuelo.

Su nuevo balandro iba tomando forma. Las costillas desnudas y curvadas, que durante tanto tiempo habían permanecido en los caballetes como un remedo, tenían ahora cubiertas decorosas y estaban listas para el calafateado.

Simeon Lord le había proporcionado buena madera de teca para la cubierta, en tanto que él mismo había comprado un casco de desecho, junto con perchas y cordaje.

Instalaría todo en cuanto pudiera contratar la mano de obra necesaria para ayudarlo.

Pero… Suspiró frustrado. En aquellos días era imposible encontrar en Sídney mano de obra cualificada.

Sammy Mason estaba trabajando al límite de su rendimiento en el astillero de Robert Campbell y solo podía prestarle ayuda ocasional en sus ratos libres.

Por otro lado, el gobernador Macquarie tenía monopolizados los servicios de casi todos los carpinteros de la colonia, tanto convictos como libres, para el programa de construcción a gran escala en el que estaba inmerso.

Por toda la ciudad surgían nuevas oficinas públicas y residencias privadas; a ambos lados de la ensenada proliferaban muelles y almacenes; los jardines habían quedado vallados y unas nuevas calles finas y anchas habían sustituido a los caminos de carretas llenos de baches que antaño habían bastado para el tráfico de Sídney.

Se había iniciado la construcción de un hospital y estaban a punto de quedar terminados un nuevo cuartel y una amplia cárcel.

El puente sobre el arroyo Tank había sido sustituido por una amplia estructura de piedra.

Se hablaba también de un palacio de justicia de dos plantas, con una residencia para el juez Ellis Bent y espacio para las oficinas de un banco.

Había escuelas, tanto de pago como financiadas por el gobierno, y un muelle con almacén en el arroyo Cockle, donde se desembarcaban y almacenan los productos provenientes de las granjas del Hawkesbury.

El ganado errante había desaparecido de las calles, en tanto que los terrenos aledaños a la Casa de Gobierno se estaban convirtiendo en un pintoresco jardín.

Aquellas innumerables tiendas de ron de la zona de The Rocks se habían reducido a un puñado.

A pesar de todas sus lamentaciones por la falta de mano de obra, Justin no podía sino aprobar los cambios.

Sídney crecía, sus edificios ganaban en dignidad y belleza y había orden en la ciudad, en lugar de la anarquía y las borracheras de antes.

La mayoría de los trabajadores convictos habían sido liberados de sus cadenas y los recién llegados vestían distintivos trajes amarillos.

Los hombres sometidos a castigos especiales iban vestidos de negro, pero, por lo demás, no había nada en la indumentaria que distinguiera a los colonos de los emancipados con quienes se mezclaban.

Y trabajaban bien, porque el gobernador Macquarie era conocido por desaprobar el uso excesivo del látigo por parte de los capataces, además de que concedía indultos a todo aquel que consideraba digno de ser recompensado.

Justin tenía que admitir que los dos viejos que estaba empleando en ese momento, aunque débiles e incapaces de realizar esfuerzos extenuantes, estaban dispuestos a trabajar y eran, al menos, puntuales.

Y, dado que estaban a la espera de un indulto, ninguno había intentado robarle nada, pero…

Volvió a coger su martillo. Deseaba que Cookie Barnes no estuviera todavía en la mar.

A pesar de todas las horas de trabajo que él mismo había invertido y de todo el aceite quemado en las lámparas por las noches, su Flinders II estaba aún muy lejos de quedar terminado, a pesar de que habían pasado casi diez meses de la puesta en quilla.

Trabajaba con los clavos en la boca y, a medida que avanzaba, iba moviendo de un lado a otro la gran linterna de aceite de ballena. Sus pensamientos iban repasando todo lo que había sucedido desde que abandonó Inglaterra, hacía casi un año y medio.

La travesía había transcurrido sin incidentes.

El Gambier era un barco rápido y bien gobernado; y el capitán Sindrey, a pesar de sus modales taciturnos y sus ocasionales arranques de mal humor, era un hombre eficiente y experimentado.

No había habido problemas con la tripulación ni con los convictos.

Justin pensó que había hecho dos buenos amigos durante el viaje: el oficial Zeke Lander y, para su sorpresa, William Lawson.

Durante las largas horas, ociosas en comparación, en las que el barco navegaba entre vientos constantes del oeste sin que hubiera que tocar ni una vela ni una escota durante días, había hablado largo y tendido con el teniente del Cuerpo del Ron…

, y siempre del mismo tema. La posibilidad de encontrar una ruta y cruzar la barrera de las montañas Azules se había convertido en una obsesión para Lawson y, en poco tiempo, también para él.

Lo que apenas había sido una vaga idea en el viaje a Inglaterra se había convertido en un plan definitivo en el viaje de regreso, una vez que el Gambier hubo zarpado de Río y la amistad entre los dos hubiera quedado fundada sobre una base firme.

Bayly y Bell se habían mantenido al margen.

Sus intenciones, según Justin había podido intuir, seguían siendo las de siempre: enriquecerse.

Pero Lawson era diferente, y, aunque nunca lo decía con esas palabras, quería recompensar lo que su país de adopción le había dado en riqueza, prestigio y perspectivas.

—Tengo hijos, Justin —había explicado más de una vez—.

Muchachos como tú, nacidos en la colonia, cuyo futuro está allí.

Imagina lo que podría ser ese futuro si fuéramos capaces de cruzar esas montañas y encontrar la vasta y rica tierra que debe de haber más allá.

Todos mis sentidos me lo dicen. Haré una petición al gobernador tan pronto como lleguemos a Sídney y solicitaré su apoyo para lanzar una expedición exploratoria bien preparada.

El coronel Macquarie es un hombre con visión de futuro y su objetivo primordial es la prosperidad y la expansión de la colonia.

Estoy seguro de que alentará la empresa.

Justin hizo una pausa en su martilleo; una vez más, para secarse el sudor de los ojos y el resto de la cara.

William Lawson había cumplido su palabra.

Se había acercado al gobernador y le había expuesto sus planes preparados con tanto cuidado, pero, en lugar de las esperadas palabras de aliento, había recibido órdenes perentorias de esperar.

El gobernador Macquarie tenía otros asuntos en mente: estaba ocupado recorriendo la colonia, estableciendo nuevos asentamientos y municipios y construyendo carreteras.

—Quiere consolidar lo que tenemos ahora —lo había informado Lawson—.

Está planeando una gira por la Tierra de Van Diemen y una visita al río Coal en el Lady Nelson.

Quiere que esperemos hasta su regreso, pero me ha prometido que estudiará mi petición lo antes posible.

Así que… ten paciencia, Justin, mi querido muchacho.

Construye ese balandro tuyo mientras aguardamos.

He aceptado un encargo en la compañía de veteranos y me han dado una excedencia temporal para atender mis granjas.

También tengo la intención de aprovechar el momento para corregir una falta y deleitar el corazón harto moral de Samuel Marsden: voy a legitimar a mis hijos y mi unión de nueve años con su madre.

Mi fiel Sarah y yo nos casaremos en la iglesia de Saint John, en Parramatta, y serás bienvenido a asistir a la ceremonia si lo deseas.

Y eso había hecho Lawson, recordaba Justin de camino a visitar a su madre.

En ese momento vivía en uno de los asentamientos recién establecidos por el gobernador, en el río Nepean, cerca de las estribaciones de las montañas Azules.

El hecho de que su madre hubiera vendido, por fin, su amado Long Wrekin a Timothy Dawson era, pensó, uno de los cambios más sorprendentes que había encontrado a su regreso de Inglaterra.

Cuando Simeon Lord se lo contó, la decisión de su madre lo dejó muy conmovido.

Pero cualquier duda sobre la conveniencia del intercambio se desvaneció cuando conoció la nueva granja.

Era tierra de ovejas, bien regada, aunque alejada del peligro de las inundaciones que habían sido siempre una amenaza en el Hawkesbury.

Su hermano menor, William, ya casi irreconocible, estaba en su elemento.

Y Jenny también parecía feliz: su salud, incluso a los ojos ansiosos de Justin, había mejorado mucho.

No obstante, seguía demasiado delgada y tenía reveladoras mechas blancas en su brillante cabello castaño rojizo.

La granja estaba construida con madera maciza y era más del doble de grande que la de Long Wrekin, con amplias dependencias y corrales, un buen granero y un cobertizo de esquila.

Daba alojamiento a dos trabajadores convictos con sus esposas.

Andrew había aceptado el ofrecimiento del gobernador de formar parte de la compañía de veteranos y estaba al mando de la guarnición del asentamiento, un puesto que le permitía dedicar tiempo suficiente a trabajar la tierra.

—Hemos hecho lo más sensato al venir aquí, a Ulva, Justin —le había asegurado su madre—.

Es lo mejor para Andrew, por supuesto, ya que no ha tenido que separarse de su cargo.

La idea de renunciar siempre lo había disgustado.

Y William, como tú mismo puedes ver, no podría pedir más, pues todas nuestras ovejas están a su cargo.

Rachel sigue en la escuela, pero pasa aquí sus vacaciones.

Tom y Nancy Jardine están a cargo de Long Wrekin.

—¿Y tú? —había preguntado Justin.