Capítulo 4 #4
—Sí, si fuera posible. Algunos de los testigos han hablado de un periódico de Sídney llamado Gazette.
De cualquier modo, si allí no hubiera un hueco para mí, podría dedicarme a cualquier cosa.
Yo… —El color de Damien se acentuó.— Usted supondrá que soy tonto, no lo dudo, señor, pero es un país nuevo, cada vez más asentado y próspero bajo un buen gobierno, y yo…
Bueno, señor, mi objetivo, con el tiempo, sería fundar mi propio periódico.
Para alivio de Damien, Reginald Deighton le dirigió una sonrisa de aprobación.
—Eres igual que yo, Damien —dijo—. ¡Maldita sea, es lo que yo habría hecho si tuviera tu edad!
—Se inclinó sobre la mesa y estrechó con calidez la mano del muchacho.
— Había pensado en presentarte a mi director con la esperanza de que encontrara un hueco para ti en la plantilla del Chronicle, pero tu proyecto es mejor.
La idea te ofrece lances y aventuras, una oportunidad de oro para cumplir tus ambiciones.
¿Tienes los medios para pagar tu pasaje?
—No estoy seguro de cuánto podría costar, señor —admitió Damien—. Mis padres me dejaron algo de dinero, unas cien libras. Debo cubrir algunas pequeñas deudas y, además, necesitaré tener algo de dinero a mi disposición hasta que encuentre empleo, pero…
—Eso debería bastar —le aseguró Deighton—, pero, si así no fuera, cuenta conmigo para cubrir la diferencia y que te queden algunas libras. Te serán de mucha ayuda cuando llegues a Sídney.
»No, no… —cortó el balbuceante agradecimiento de Damien—.
Soy un hombre algo rico y no echaré de menos una suma así.
Y tú podrías pagarme: podrías enviarme noticias de la colonia, artículos sobre el campo, sobre los nativos, la flora y la fauna.
Los utilizaré para mi columna en el Chronicle y me encargaré de que te paguen por cada uno que se utilice.
—Llegó el camarero con la comida y se interrumpió.
— ¡Ah!, comamos, muchacho. Hablaremos más de lo que te espera en Nueva Gales del Sur después de la comida, ¿vale? ».
A la mañana siguiente, tras un breve anuncio de que sir David Baird estaba ausente debido al dolor extremo que le causaba la reciente operación a la que lo habían sometido, el tribunal se retiró para discutir el veredicto.
Por unanimidad, el acusado fue declarado culpable.
Pronunciado en una sala de audiencias apenas concurrida, el veredicto causó poca sorpresa.
La sentencia, sin embargo, dejó a los periodistas estupefactos. De inmediato echaron mano a sus libretas.
—El tribunal —anunció el presidente con voz grave—, habiendo sopesado y considerado con la debida madurez las pruebas presentadas por la acusación, así como las que ha ofrecido la defensa, opina que el teniente coronel Johnston es culpable del acto de motín, tal como se describe en la acusación.
Por lo tanto, lo condena a ser destituido.
Con crudeza, el juez añadió enseguida:
—El que no se haya considerado necesario que el servicio público inicie procedimientos contra los oficiales militares involucrados obedece, por encima de todo, a que el 102.
º Regimiento ha sido retirado de la colonia, pero sería obsceno que alguno de los oficiales relacionados con el regimiento durante la asonada residiera ahora en el nuevo asentamiento, o bien que volviera ahí o a cualquiera de sus dependencias en alguna función pública.
Reginal Deighton guardó su libreta.
—No creo que al príncipe regente le agrade esa frase —murmuró—; tampoco a su hermano, el comandante en jefe, pero…
George Johnston tiene amigos poderosos, y supongo que, en cierto modo, se ha hecho justicia.
La marioneta no debe ser castigada por el crimen que ha cometido el titiritero.
—Señaló la espalda de un John Macarthur en retirada.
El hombre abandonaba la sala con la única compañía de uno de sus jóvenes hijos.
En cambio, Damien pudo constatar que el comodoro Bligh recibía entusiastas felicitaciones de quienes habían testificado a favor de la acusación.
Además, estaba con él un caballero de aspecto digno y pelo blanco que, según le dijo Deighton, era el célebre sir Joseph Banks, naturalista, explorador y el partidario más influyente de Bligh.
—Me esforzaré por conseguirte una entrevista con ese gran hombre si de verdad estás decidido a ir a Nueva Gales del Sur —prometió el veterano—, pero, como podrás ver, sir Joseph es un viejo frágil.
Esta es la única vez que ha asistido a la corte.
—Miró a su joven colega con ojos escrutadores.
— ¿Todavía estás decidido a seguir esa ruta?
—Más que nunca, señor —respondió Damien sin vacilar.
Reginald Deighton lo cogió del brazo.
—¡Entonces tenemos mucho que hacer, muchacho! Primero debemos redactar nuestro informe sobre el juicio y el resultado; luego haremos juntos averiguaciones sobre tu pasaje. ¿Te importa lo pronto que zarpes?
—No, señor —le aseguró Damien. Se enderezó, irguió los hombros y levantó la cara—. En absoluto, señor… De hecho, ¡cuanto antes, mejor!
Tres semanas más tarde, embarcó desde Portsmouth en el transporte Friends. Viajaba con un pasaje reducido a treinta libras, ya que iba a actuar como empleado del capitán Ralph, además de que llevaba en el bolsillo cartas de recomendación de sir Joseph Banks y el señor Reginald Deighton.