Capítulo 4 #3
—En esto, caballeros, se me acusa de haber procedido según un plan predeterminado para subvertir las leyes de la colonia, para aterrorizar e influir en los tribunales de justicia hasta privar de fortuna, vida y libertad a aquellas personas que tuvieron la desgracia de ser detestables para mí.
Usted ha visto el despacho, pues constituye la base de la defensa que el coronel Johnston ha hecho de su conducta.
Las acusaciones, aunque sin fundamento, fueron formuladas también por los dos oficiales que actuaron en mi lugar, en usurpación de mi cargo, mientras estuve preso: el coronel Foveaux y el difunto coronel Paterson.
Hizo una pausa, miró a su alrededor y continuó en el mismo tono llano.
—En este tribunal, bajo juramento, el señor Macarthur ha dicho lo que cito a continuación: «Se creó tanto temor en la mente pública que nada podría haber impedido una insurrección», salvo mi propio arresto, el del gobernador legítimo.
Esto dijo él en previsión de que los seis oficiales que presidían en su juicio fueran enviados a la cárcel.
No ha mostrado ninguna prueba, señor, de que ese peligro de insurrección hubiera existido, porque, de hecho, no existía.
A Damien se le rompió el lápiz. Mientras buscaba otro a toda velocidad, perdió las frases siguientes. Reginald Deighton sonrió y le pasó el suyo.
—Tú sigue escribiendo, chico —susurró—. Yo tomaré mis notas de las tuyas.
Damien pasó a una nueva página y oyó al comodoro Bligh decir de forma reveladora:
—Caballeros, se ha afirmado que soy culpable de infracciones que me incapacitaban para gobernar la colonia para la que fui nombrado.
Permítanme, por favor, resumir estas supuestas ofensas: Prohibir el trueque de licor, que fuera fuente de emolumentos para otros gobernadores; extender a todos los colonos libres la distribución limitada, una ventaja que pude haber compartido con los oficiales; abolir la antigua práctica del encarcelamiento irregular; contraer los límites de los castigos arbitrarios; consultar el bien general de la colonia, en lugar de dejarme guiar por la política egoísta de unos pocos individuos, y determinar que todos los rangos por igual debían ser respetuosos y obedecer la ley.
Bligh hizo otra pausa, con la mirada fija en la fila de distinguidos oficiales que componían el tribunal. Luego, en tono sonoro, prosiguió:
—¡Estas, caballeros, son las ofensas que me incapacitaron para gobernar!
En otras palabras, a mis acusadores dejó de convenirles que yo siguiera gobernando, pues mi gobierno no se ajustaba a sus propósitos.
Se ideó, en consecuencia, un plan para destituirme.
Después de todos los testimonios que se han oído, el tribunal podría pensar que el plan tardó más en ser digerido que el breve momento en que el coronel Johnston se retiró a la habitación contigua con el señor Macarthur para salir con un pliego que exigía mi arresto y destitución.
Una petición, me atrevo a recordarles, que tenía más de cien firmas cuando se presentó como prueba.
Sin embargo, casi todas esas firmas fueron obtenidas mucho después de que el coronel Johnston hubiera conducido su regimiento a la Casa de Gobierno para arrestarme.
Los miembros del tribunal y el juez formularon algunas preguntas, en tanto que el coronel Johnston, desplomado en su silla, no hizo ninguna.
Tras una reverencia, el coronel Bligh se retiró a su propio asiento y, enseguida, sir William Keppel consultó su reloj de bolsillo y anunció un receso para ir a almorzar.
—Todo ha terminado, Damien —afirmó Reginald Deighton cuando estuvieron sentados en su mesa habitual—, y el resultado es una conclusión inevitable.
¿Has visto la expresión del erudito señor Frederick Pollock cuando su cliente ha vuelto a sentarse?
El comodoro Bligh ha sido reivindicado y obtendrá su ascenso y su estandarte.
Ha respondido de manera magistral al intento de Johnston de vilipendiarlo, ¡por Dios que sí!
Y lo ha hecho con dignidad, también, ofreciendo una prueba positiva de que había un complot para deponerlo, un complot concebido y maquinado por Macarthur mucho antes de su propio juicio.
Maldita sea, tenían las hogueras listas, tenían las efigies hechas; y ese granuja de sargento mayor, ¿cómo se llama?
, ¿Whittle?, se puso a repartir licor y a conseguir firmas para la petición.
—Llegó el camarero y, desde el otro lado de la mesa, Reginald Deighton sonrió a Damien.
— Celebremos nuestra primera colaboración, ¿de acuerdo?
Una botella de su mejor clarete, por favor; y, para mí, uno de sus famosos pasteles de carne y riñones.
Damien balbuceó su agradecimiento.
—¿Cuándo, señor —preguntó—, anunciará el tribunal sus conclusiones?
Deighton se encogió de hombros.
—Lo más probable es que sea mañana por la tarde. Tendremos que serenarnos y esperar las deliberaciones, que podrían prolongarse. La vista ha durado trece días y ha habido un total de… Déjame ver… —Abrió su propio cuaderno.— Han declarado cuarenta y dos testigos. ¿Tienes todos los nombres?
—Creo que sí, señor.
Con el clarete aprobado y servido, el veterano reportero levantó su copa.
—A tu salud, joven Damien, ¡y por tus futuros éxitos en nuestra honorable profesión!
—Bebió el brindis, dejó la copa y sonrió con un gesto amable.
— He leído el borrador de tu artículo sobre el juicio y es bueno.
De hecho, es muy bueno. ¿Has pensado en tu futuro, muchacho?
¿Tienes intención de volver a provincias?
—He estado pensando en ello, señor —respondió Damien.
Había disfrutado de su breve estancia en Londres y, sin embargo, por alguna razón inexplicable, no deseaba quedarse en la bulliciosa ciudad.
Unos días antes se le había ocurrido una idea que, aunque no era del todo práctica, el joven no había podido apartar de su mente.
Había dejado de atraerlo la perspectiva de regresar a su Sussex natal y a la aburrida oficina del periódico donde tenía un empleo. Suspiró.
Pensaba que el señor Deighton podría reírse de él si le revelaba sus pensamientos. A pesar de ello, algo lo impulsó a hacerlo.
—He oído hablar tanto de Nueva Gales del Sur durante las dos últimas semanas, señor, que…
Bueno, estoy tentado de ir allí y ver todo por mí mismo.
No tengo lazos que me retengan aquí. Mis padres están muertos y yo era hijo único.
Me parece que esa colonia tiene mucho que ofrecer a cualquier joven que esté dispuesto a trabajar, y yo estoy dispuesto a trabajar, señor Deighton.
—¿En tu profesión? —preguntó Deighton con brusquedad.