Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—¿Qué opinas del coronel Johnston, Damien? —le preguntó en su taberna favorita de la calle Fleet.

—Que miente —respondió Damien sin vacilar—.

No todo el tiempo, pero, cuando afirma que la población de Sídney estaba alborotada contra la tiranía y la injusticia del comodoro Bligh, estoy seguro de que no dice la verdad, señor Deighton.

El gobernador Bligh no corría peligro; no había necesidad de llamar a las tropas para, como él ha dicho, salvar al comodoro mediante un arresto preventivo.

El doctor Harris es el único que apoya esa afirmación, ¡pero el general Baird lo ha dejado hecho un lío!

Y el capitán de Marina Walker, que es un testigo imparcial, ha declarado bajo juramento que no vio señales de disturbios hasta después del arresto del gobernador.

Y eso fue horas después, según ha dicho.

Luego está ese asunto que han llamado «la petición», señor.

—Ah, el documento, ese que, según han dicho, fue firmado por más de un centenar de respetables ciudadanos de Sídney, así como por todos los oficiales del Cuerpo. El que «implora» a Johnston (creo que algo así decía) que arreste al gobernador Bligh. ¿A eso te refieres? —preguntó Deighton.

Damien hizo un enérgico ademán de asentimiento.

—Sí, señor. El señor Blaxland ha jurado que no recuerda que se hubiese discutido en lo general, y, sin embargo ¡su nombre es uno de los primeros en el pliego!

Y ha admitido que la decisión de marchar sobre la Casa de Gobierno fue tomada por el coronel Johnston después de que este hubiera hablado unos cuantos minutos con el señor Macarthur.

Y también que el señor Macarthur fue quien redactó la nota y el primero en firmarla.

—Damien, hijo, estoy orgulloso de ti —exclamó el veterano, radiante—.

No tengo ninguna duda de que, con el tiempo, te convertirás en un reportero de tribunales de primera clase, porque estás aprendiendo rápido.

Pero ahora dime: ¿qué opinión te merece el señor John Macarthur?

¿Qué papel supones que tuvo en la rebelión?

Damien pensó en estas preguntas con detenimiento.

Su primera impresión de John Macarthur había sido favorable.

El hombre era apuesto y muy elocuente, y la primera vez que se había dirigido al tribunal, lo había hecho con modales del todo corteses, pero el juez había puesto freno a su oratoria.

Una y otra vez, le había demostrado que no estaba narrando con apego a la verdad hechos que habían sido probados por otros testigos.

Bajo el látigo de la lengua del abogado, Macarthur había sufrido una transformación casi visible: atrás fueron quedando su cortés continente y los exagerados cumplidos.

Entonces, su odio hacia el gobernador Bligh se hizo patente.

Con el labio inferior fruncido, como un niño pequeño y hosco, se puso a hacer imputaciones injuriosas que, a todas luces, carecían de fundamento.

A veces, incluso, profirió acusaciones contra el coronel Johnston y otros testigos de la defensa.

Según recordaba Damien, el infeliz Johnston lo escuchaba con una palidez mortal.

—Creo, señor —dijo por fin—, que el señor Macarthur fue el instigador de la rebelión.

Me parece que, en secreto, estuvo tramando el desenlace mucho antes de que se produjera y que trabajó en ello mientras se preparaba su juicio.

A los oficiales que lo iban a juzgar los puso en peligro con toda intención solo para asegurarse su apoyo.

—Tras una vacilación, Damien miró con ansias a su mentor.

— Mi opinión, señor, después de escuchar las pruebas que se han expuesto hasta ahora, es que…

, bueno, señor, que el coronel Johnston no es quien debería estarse jugando la vida en este juicio.

—¿Crees que debería ser Macarthur?

—Yo… Sí, eso creo.

—Claro está —le recordó Deighton— que nos hemos visto privados del testimonio del teniente Lawson, uno de los miembros del tribunal que juzgó a Macarthur, así como de otros dos oficiales que, según creo, hace algunas semanas tomaron el barco de regreso a la bahía Botany, pero me inclino a estar de acuerdo contigo, joven Damien.

El pobre Johnston ha sido elegido para hacer de chivo expiatorio porque estaba al mando de las tropas, y sigue siendo un oficial en activo.

—¿Significa eso que el señor Macarthur escapará impune? —preguntó Damien indignado, —¿porque vendió su comisión?

—Aquí no podría ser juzgado por un consejo de guerra, Damien, no sería legal, pero —Reginald Deighton le dirigió una sonrisa glacial—, por lo que he averiguado, parece que lord Castlereagh ha enviado instrucciones específicas al actual gobernador de Nueva Gales del Sur, el coronel Macquarie, en el sentido de que se presenten cargos de alta traición contra Macarthur ante el Tribunal Colonial si el hombre decide regresar. No se atreverá.

—¿Y el coronel Johnston, señor? —preguntó Damien.

La sonrisa de su colega desapareció.

—Tendrá que asumir las consecuencias, muchacho.

—¿La pena de muerte, señor, eso quiere decir?

—Es probable, si el tribunal llegara a declararlo culpable de motín.

En poder del juez está imponer una sentencia menor, pero no creo que lo haga.

El general Baird es muy leal a la Corona, al igual que el general Paget.

Ambos acaban de regresar de batallas sangrientas en la península española.

Sentirán poca compasión por este oficial que ha comandado un regimiento de comerciantes de ron.

—Deighton se encogió de hombros y preguntó en voz baja—: ¿Y ha cambiado tu opinión sobre el comodoro Bligh?

De nuevo, Damien vaciló y meditó la pregunta. Con una disculpa murmurada, consultó su cuaderno, cuyas páginas ya estaban casi llenas.

—Señor, aún no hemos oído las declaraciones del comodoro, pero sí, mi opinión sobre él ha cambiado —admitió—.

Permítame consultar mis notas, señor. Mire, el capitán Walker ha declarado esto: «Siempre oí decir a los colonos que el gobernador Bligh fue el único que, sin faltar, examinó los intereses de la colonia».

Y el señor Robert Campbell, quien me ha dado la impresión de ser un caballero de gran integridad, ha jurado que «el gobernador siempre fue imparcial en la administración de la justicia, y los colonos en general, así como los residentes en particular, aprobaban su gobierno.

Pero tenía descontentos a los oficiales del Cuerpo porque el gobernador no les permitía recibir cantidades tan grandes de aguardiente como antes; por lo tanto, ya no podían obtener grandiosos beneficios con su distribución».

—Así es —aprobó Reginald Deighton—. Vas bien, muchacho.

—Bueno, señor, hay muchos testimonios que, a mi parecer, demuestran que el comodoro Bligh era el reverso mismo de un tirano —Damien hojeó las páginas de su cuaderno—: un colono, el señor George Suttor; el reverendo Henry Fulton; el secretario, señor Griffin; el señor John Palmer, comisario jefe, y el señor Gore, señor.

En especial el señor Gore, a quien la administración rebelde envió al río Coal como delincuente.

Era el preboste y… —Miró a los ojos escrutadores de Deighton.

— Estos son hombres buenos y lo que han dicho tiene la aureola de la verdad.

Todos aprobaban la gobernación del comodoro Bligh; ninguno de ellos lo consideraba otra cosa que un hombre justo y honrado.

Y él seguía instrucciones de la Oficina Colonial, señor, de poner fin al tráfico de ron por parte de los oficiales del Cuerpo.

Me parece que sus esfuerzos iban encaminados a lograrlo.

Y esa fue la razón por la que lo destituyeron…

, incitados por el señor Macarthur, cuyos lucrativos intereses comerciales se veían amenazados.

—¿Y qué hay de las contraacusaciones contra Bligh? —preguntó Deighton.

—Tengo la impresión de que la mayoría han sido falsas, señor.

Algunas parecen bastante absurdas, y las que el señor Richard Atkins ha presentado me parecen maliciosas, sin más.

El teniente Minchin y el sargento mayor, Whittle, han tenido que retirar las suyas tras el interrogatorio, ¿no es así?

—Damien buscó entre sus notas.— Y las declaraciones de los dos suboficiales que detuvieron al comodoro Bligh y lo acusaron de cobardía, Sutherland y Marlborough, se oponen entre sí, además de que contradicen al teniente Minchin.

Aunque tengo que reconocer que las pruebas de Marlborough tenían forma de acta notarial.

—El historial naval de Bligh lo absuelve de tal acusación, querido muchacho —afirmó el representante del Chronicle —.

Me sorprende que hayan considerado oportuno atribuirle algo así.

Digan lo que digan, William Bligh no es un cobarde.

Bueno… —Se levantó con dificultad.— Cerremos por hoy, ¿de acuerdo?

El discurso de apertura de Bligh ha sido moderado, y estoy seguro de que estarás de acuerdo conmigo en esto, pero mañana, cuando responda a las acusaciones e insinuaciones de Johnston, nuestras respuestas quedarán despojadas de cualquier sombra de duda.

El pronóstico resultó acertado. Al día siguiente, cuando el tribunal se reunió de nuevo, el comodoro Bligh fue llamado al estrado. A Damien, que garabateaba frenético en su cuaderno de notas, la breve simplicidad de su discurso le pareció convincente por completo.

El gobernador depuesto habló, en primer lugar, del despacho del coronel Johnston a Lord Castlereagh, fechado el 11 de abril de 1808.