Capítulo 4
Después de que los miembros del tribunal prestaran juramento y el coronel Johnston fuera escoltado hasta su banquillo, el juez general, el muy honorable Charles Manners Sutton, leyó los cargos.
Se dirigió al acusado por su nombre y declaró con voz resonante:
—Se le acusa de que el veintiséis de enero de mil ochocientos ocho usted inició, provocó y se unió a un motín al frente del Cuerpo de Nueva Gales del Sur, del que usted era comandante en funciones.
Arrestó y encarceló a William Bligh, comodoro de la Marina Real, entonces capitán general de Su Majestad y gobernador del territorio de Nueva Gales del Sur. ¿Cómo se declara?
El coronel Johnston, una figura de cara redonda y algo corpulenta dentro de su uniforme escarlata de cordones dorados, tras una vacilación apenas perceptible respondió:
—Inocente, señor.
Sentado en la fila de sillas de respaldo recto reservadas a los miembros de la prensa, el joven Damien Hayes, representante del Provincial Courier de Sussex, se sentía incrustado en un grupo impresionante, pues por ambos lados lo flanqueaban veteranos de la prensa londinense.
Era su primer trabajo como reportero. Su editor de noticias le había encomendado la tarea con el aire condescendiente de quien concede un favor, pero el hombre había omitido informar al joven sobre cualquiera de las personalidades implicadas.
Al entrar en la sala del tribunal, perplejo, había descubierto que, aparte de sus compañeros de la prensa, el lugar estaba prácticamente desierto.
Sí, la sala estaba lejos de verse abarrotada.
Y mientras él escuchaba sin comprender las objeciones que varios miembros del tribunal hacían al aparente lapso de tres años transcurrido antes de que se dictara la orden para el juicio, su desconcierto inicial aumentó.
Se animó entonces a susurrar una pregunta a su vecino de la derecha.
El caballero, un personaje canoso y bigotudo, cuyas credenciales lo proclamaban representante del London Chronicle, lo miró con mal disimulado desdén.
Sacó de un bolsillo de su hermoso chaleco de brocado una caja de oro, se puso en el dorso de la mano unos granos de un rapé muy aromático y aspiró ruidoso.
Sus ojos grises y lagañosos sometieron a Damián a un cuidadoso escrutinio.
Entonces, apiadado, por lo visto, de la manifiesta inexperiencia del joven reportero, el gran hombre cedió y respondió con bastante amabilidad:
—El público tiene poco interés en un suceso que tuvo lugar hace tanto tiempo en una remota colonia penal.
Por eso son tan pocos quienes se han molestado en venir.
—Hizo un gesto con la mano hacia la sala medio vacía.
— Es nuestra tarea… Es tu tarea, y también la mía, mi joven amigo, publicar el relato de estas diligencias de tal manera que despierten el interés del público.
Nuestras columnas ya se han ocupado en demasía con informes de las batallas libradas por nuestro ejército en Portugal y España, de los reveses y retiradas forzadas y de las victorias obtenidas a un coste terrible en muertos y heridos.
Nuestros lectores no piensan en otra cosa.
Este caso puede, al menos, servir para distraerlos.
Damien asintió. Su propio periódico había estado repleto de informes de ese tipo, aún más vívidos y desgarradores con las descripciones de primera mano escritas por oficiales que servían bajo el mando de Lord Wellington.
La batalla más reciente, librada en las alturas de Chiclana el 5 de marzo, había terminado con la derrota de uno de los generales del emperador Napoleón, el mariscal Victor, a manos de una fuerza británica que, a pesar de ser muy inferior en número, era dirigida con brillantez por general Thomas Graham.
Pero el general español, Lapeña, no les había prestado ningún apoyo y, apenas una semana después, su compatriota, don José Imaz, gobernador de Badajoz, había rendido la ciudad al Mariscal Soult.
El sacrificio británico de más de mil hombres, entre muertos y heridos, había sido en vano.
Damián se estremeció al recordar la descripción de una ciudad arrasada por los franceses en retirada.
Las palabras del despacho aún estaban grabadas en su mente: «Encontramos mujeres jóvenes brutalmente violadas en sus casas, calles sembradas de cadáveres putrefactos de campesinos asesinados […
] y unos cuantos varones hambrientos, como esqueletos a quienes se les impidiera salir de sus tumbas para buscar venganza… ».
El distinguido colega de Damien sonreía. El novel reportero, ruborizado, volvió al presente.
—Verás, mi querido muchacho, tú también piensas en poco salvo en la guerra, pero, si quieres tener éxito en tu profesión y convertirte en un proveedor fiable de noticias para tus lectores, debes concentrarte en tu tarea actual, la que sea, y excluir todo lo demás.
Permíteme poner a prueba tus conocimientos sobre lo que está ocurriendo aquí en este momento.
¿Sabes, por ejemplo, quién es el presidente de este tribunal?
Damien, avergonzado, negó con la cabeza.
—Sé su nombre, señor. Es Keppel, el general Keppel.
—Es el teniente general Sir William Keppel, que fuera miembro del Sexagésimo Cuerpo Real de Fusileros de Su Majestad —respondió su compañero.
Enseguida, cuando el juez volvió a ponerse en pie para dirigirse al tribunal, el hombre bajó la voz—.
Su padre y dos de sus tíos fueron comandantes en la toma de La Habana, hace cuarenta años.
Uno de esos tíos era el conde de Albemarle; el otro, el ilustre vizconde Augustus Keppel, antiguo primer lord del Almirantazgo.
La fortuna de la familia Keppel se construyó con el dinero del premio de La Habana.
Se rumoreaba que la parte de lord Albemarle ascendía a ciento veinte mil libras.
—Se encogió de hombros, con expresión de franca envidia.
— El propio sir William ha tenido una carrera distinguida y, aunque su padre nunca se casó con su madre, fue reconocido como heredero y nombrado caballero de Bath.
—¿De verdad, señor? —Damián estaba atónito y veía con nuevos ojos al presidente, de brillante uniforme cargado de medallas. El general era un hombre apuesto, alerta y enhiesto como un bastón.
—Sentado a su derecha —continuó el representante del Chronicle —, está el teniente general Baird, sir David Baird, uno de los héroes de las guerras contra los aborígenes y de la campaña de Egipto.
Perdió el brazo derecho en La Coruña, cuando servía a las órdenes del difunto sir John Moore.
A su derecha está el teniente general Milner, pero…
—El veterano hizo una pausa y, luego, un gesto hacia un oficial con uniforme naval que acababa de entrar en la sala.
Era evidente que la presencia del marino había obligado al juez a retomar su lugar por un momento. — ¿Sabes quién es este?
—No, señor —se vio obligado a admitir el joven Damien.
Estudiaba al recién llegado con interés, reparando en su fornida figura.
El hombre giró la cabeza y el novel corresponsal reparó en los llamativos ojos azules, las facciones un tanto redondeadas y la tez pálida, casi cetrina—.
A menos que… ¿Podría ser el capitán Bligh? ¿Bligh, el del Bounty, señor?
—Podría ser y lo es, muchacho. El exgobernador de Nueva Gales del Sur, y, si los cargos que acabamos de escuchar de voz del juez general son correctos y pueden ser probados, este es un gobernador depuesto de forma ilegal. ¿Qué sabes del capitán Bligh y de las circunstancias que lo han traído aquí?
Ruborizado, otra vez avergonzado, Damien Hayes bajó la mirada.
—Na… Nada, me temo, señor, excepto que provocó a la tripulación de su barco, el Bounty, a amotinarse en las Mares del Sur.
Y uno de sus oficiales, creo que se llamaba Christian, fue quien encabezó el motín, y desde entonces no se ha vuelto a saber nada de él ni del Bounty.
Pero algunos de los amotinados fueron capturados y…
ahorcados, ¿no es así, señor? ¿A pesar de que había pruebas en el sentido de que el Capitán Bligh había abusado de ellos con dureza y brutalidad? Creo recordar que…
—Tienes mucho que aprender —lo amonestó su compañero con severidad—.
Cuando la corte entre en receso para el almuerzo, intentaré disipar, al menos, una parte de tu ignorancia.
Baste decir que el capitán William Bligh sirvió con distinción a las órdenes del gran lord Nelson y que es, quizás, el navegante y explorador más famoso de la actualidad.
Pero ahora, por favor, presta atención. El juez está a punto de dirigirse a la corte y deseo tomar nota de lo que diga.
Abochornado, el joven Damien exploró a tientas sus bolsillos en busca de su propia libreta.
Sin embargo, debido a esa ignorancia de la que acababa de acusarlo su colega, fue incapaz de seguir los puntos que el señor Manners Sutton exponía con elocuencia.
Ya durante el almuerzo en una cervecería cercana, invitado por el representante del Chronicle, aprendió mucho de los personajes implicados en el caso.
Su nuevo amigo, Reginald Deighton, se revelaba ante él como una mina de información.
Al tercer día del juicio, Damien ya era capaz de identificar a las personas llamadas a declarar y de calificar la validez de sus testimonios, e incluso su veracidad, basándose en la información que el señor Deighton le proporcionaba sobre sus antecedentes y motivos.
Las páginas de su cuaderno se llenaron muy pronto.
Lo absorbía el drama que estaba hilando, sentía fascinación por las preguntas que el juez hacía a los testigos y por lo que estos respondían; además, por la forma hábil y rápida en que el abogado demolía las respuestas cuando no estaba convencido de que fuera exactas.
Al final de la primera semana, ya empezaba a tener opiniones propias y a expresarlas. Reginald Deighton, con un placer apenas disimulado por la aptitud de su alumno, lo animaba con sutileza.