Capítulo 3 #5
Cuando los oficiales del cuerpo entraron en su camarote, tuvo la delicadeza de levantarse, pero su saludo a los tres fue, en todo caso, más brusco de lo que habían sido sus órdenes.
A Justin, la reacción del capitán ante la presencia de tres, en lugar de los dos esperados, le pareció decididamente hosca, pero, a pesar de todo, regresó a cubierta con el corazón ligero y animado a transmitir las órdenes del capitán a Zeke Lander.
¿Qué importaba nada de eso, se preguntaba, si el barco estaba a punto de zarpar?
Volvía a casa, a su tierra natal, a la gente y a los lugares que conocía y amaba.
Volvía, quizás, con la ayuda de Dios, a ayudar a terminar el trabajo de exploración que el pobre Matthew Flinders y su amigo, el doctor Bass, habían comenzado… Sonrió.
Haría que Simeon Lord cumpliera su promesa. Usaría su astillero para construir una nueva balandra comercial y, con la paga que recibiría de los propietarios del Almiral Gambier por ese viaje, podría adecuarla bien; sin escatimar en gastos, como se había visto obligado a hacer en el pasado.
Era cierto que no volvía a Sídney como esperaba, con uniforme naval, un grado de teniente y una espada nueva al costado.
Era probable que Abigail O’Shea siguiera mirándolo con recelo, como la última vez que le había prestado un servicio, pero…
Justin cerró los ojos y trató de recordar su rostro.
La visión llegó muy débil, casi a regañadientes: unos ojos azules, una orgullosa cabeza coronada con cabellos dorados y…
Luego se desvaneció un tris para ser sustituida por la de otra chica.
A esta la había visto una sola vez, pero, para su propia sorpresa, podía recordarla bien.
Vio el rostro pequeño y lleno de chispa de la muchacha con la que había bailado en la fiesta del gobernador, con la que había tenido una seria conversación al terminar el sarao.
Jessica, Jessica India Maclaine. Le había dicho que era la criada de la esposa del gobernador y no la hija de un oficial, como él había supuesto…
Evocó la mirada de la chica mientras ella le confesaba su condición de sirvienta y su sonrisa se hizo más grande.
Entonces, devuelto al presente por un grito del oficial, cruzó la cubierta hasta el lado del hombre del pelo rojo y repitió las instrucciones del capitán Sindrey.
—El hombre tiene prisa, ¿verdad? —dijo un sonriente Lander—. Bueno, ya que estamos, yo también; esos pasajeros del demonio me han hecho esperar demasiado. —Hizo una pausa para gritar una retahíla de órdenes y luego, mirando a Justin con curiosidad, añadió—: Los conoces, ¿verdad?
—Sí —admitió Justin—, son oficiales del Cuerpo del Ron. Los tres: el teniente Lawson, Bayly y Bell.
—Y, como tú, supongo, creen que vuelven a casa —sugirió el oficial—. Bueno, en gustos se rompen géneros, ¿verdad? Muy bien, segundo, leva anclas… ¡Y borra esa cara de satisfacción o haré que te pasen por la quilla!
Justin se hizo eco de su sonrisa.
—¡Poned todo de vuestra parte, muchachos! —ordenó a los sudorosos hombres agrupados en torno al cabrestante del ancla. Marcó el ritmo de los trabajos en el torno con una vieja canción:
¡Yeo jo! ¡Álzala!
Gira el torno, lévala.
¡Paso a paso y sin parar,
trae el ancla a su lugar!
Mientras la gran áncora era levada poco a poco, los gavieros se apresuraron a subir a las vergas, listos para desplegar las velas en cuanto recibieran la orden.
Luego, con el ancla ya izada, las gavias y los foques desplegados, el Admiral Gambier arrumbó majestuoso hacia mar abierto.
Desde la cubierta de la fragata, las manos se agitaron en señal de despedida, y luego, desde los sollados, llegó un grito concertado y quejumbroso.
«Los convictos —pensó Justin—, pobres diablos.
» Aunque no podían ver nada, el movimiento del barco y el golpeteo de los pies en cubierta les decían que el largo viaje había comenzado y que habían visto Inglaterra por última vez.
—Algunos de nuestros pasajeros —observó con cinismo Zeke Lander— no tienen tantas ganas como tú y tus amigos de llegar a la bahía Botany, ¿verdad, Justin?
Justin negó con la cabeza. Al cabo de un rato, los gritos se apagaron y no volvieron a repetirse.
¿Había llorado su madre cuando abandonó esas costas hacía más de veinte años?
, se preguntaba. ¿Había gritado ella también en amarga e inútil protesta, como los prisioneros encadenados y sin nombre que estaban abajo, en los oscuros confines de los sollados?
Tal vez, hacía todos esos años y, sin embargo, su madre había encontrado la felicidad, el amor y un propósito en la nueva vida a la que la había llevado el barco del gobernador Phillip.
No se arrepentía de nada. Tal vez estos convictos también llegarían a amar su nueva tierra.
El viento que soplaba fuerte desde el este refrescó.
Cayó la noche, pero no hubo órdenes de acortar las velas.
Cuando Justin relevó a Zeke Lander en la guardia de la mañana, ya habían dejado atrás The Needles y el resto del convoy estaba a la vista, con las gavias apenas visibles a través de la bruma matinal.