Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Durante su largo viaje, había oído hablar del inminente juicio con asiduidad.

Sabía a la perfección que los tres oficiales iban a ser llamados como testigos en defensa del coronel Johnston.

Bayly y Bell eran, quizás, de poca importancia para el caso, pero el teniente Lawson, por haber sido miembro del tribunal que cuatro años antes había juzgado a John Macarthur en Sídney, era…

¡Maldita sea, era un testigo vital! Y en ese momento, en vísperas de la vista del consejo de guerra, estaba a punto de tomar el pasaje de regreso a Nueva Gales del Sur.

En secreto, por cierto, vestido de civil.

Casi con seguridad, al pequeño capitán del Almiral Gambier le habría pagado una cantidad muy superior a la tarifa normal con el fin de asegurarse de que su partida y la de sus compañeros oficiales pasara inadvertida para las autoridades.

Eso explicaba por qué la lancha se había hecho esperar tanto tiempo y…

Sí, tal vez explicaba las preguntas inquisitivas de aquel tipo de aspecto extraño que lo había abordado en la tienda de artículos navales hacía una semana, más o menos.

De cualquier modo, el capitán Sindrey había hablado de dos pasajeros, y…

allí había tres, todos partidarios de la administración rebelde y críticos del gobernador al que habían ayudado a deponer.

Justin dio una orden a los hombres encargados de subir el equipaje de los pasajeros y se dirigió a la plancha de embarque. Justo en ese momento, el proal de la lancha estaba enganchando su embarcación a las cadenas de estribor del barco.

William Lawson, de cara redonda y elegante, fue el primero en subir a bordo. Aceptó la mano firme de Justin y enseguida, al reconocerlo, lo miró con cierta consternación.

—¡Dios mío, nuestro joven señor Broome! ¿Qué demonios haces aquí, muchacho? Suponía que estabas destinado a hacer carrera en la Armada de Su Majestad, con Bligh y Pasco como patrones.

—Yo también lo suponía, señor —respondió Justin y, con una pizca de desafío, continuó—: Pensé que usted estaría en el Hospital de Chelsea, esperando una citación.

—Ah, sí. —Los otros dos oficiales se unieron. Lawson dijo—: Vean a quién tenemos aquí, caballeros.

—El mundo es un pañuelo —observó Nicholas Bayly, pero sonreía, según notó Justin mientras le tendía la mano en señal de saludo, y era una sonrisa amistosa, incluso un tanto divertida—.

Así que te has cansado de la vieja Inglaterra, ¿verdad, Justin?

¿O Sus Señorías han sido remisos en apreciar tu valía?

—No tengo cabida «aquí» —respondió Justin—, y Sus Señorías no me han ofreciedo ningún puesto que yo quiera ocupar.

—Y tienes una familia que espera tu regreso a Nueva Gales del Sur —sugirió Bayly—.

¿No la tenemos todos?: esposas, tiernos niños pequeños, hermosas tierras y puestos con influencia…

¡No veo la hora de volver! Además, apruebo al nuevo gobernador, si bien con ciertas reservas.

Dime, ¿cuándo zarpamos? Vamos a unirnos a un convoy hasta Río, ¿no es así?

—El convoy ya ha zarpado —le dijo Justin.

Miró hacia abajo y vio que los marineros estaban subiendo la última pieza de equipaje.

Zeke Lander lo saludó—. Levaremos anclas tan pronto como su equipo y la lancha estén a bordo.

Supongo que alcanzaremos el convoy mañana por la mañana si este viento se mantiene.

—Se volvió hacia el teniente Lawson.— El capitán Sindrey le agradecería que fuera a verlo, señor. Tenga la amabilidad de seguirme.

Fue por delante, con los tres oficiales pisándole los talones. Ya en la puerta del camarote del capitán, William Lawson extendió una mano para agarrarlo del brazo y obligarlo a detenerse.

—No hemos querido tomar parte en el juicio, Justin —dijo en voz baja—.

Yo menos que nadie, porque ya no encuentro cómo justificar ni defender lo que se hizo, así que podría condenarlo, y a Dios me atengo.

No pienso mentir bajo juramento, como algunos parecen dispuestos a hacer, ¡ni siquiera para salvar el cuello de George Johnston!

En cualquier caso, él tiene muchos partidarios.

Cuenta con el almirante Hunter, así como con un formidable conjunto de asesores jurídicos; y con nuestro antiguo juez, el señor Atkins.

—Su voz adquirió un tono cínico.— El tipo ya ha manifestado su disposición a hablar en contra de Bligh; y Crossley no está aquí para contradecirlo.

Eso podría inclinar la balanza del lado de nuestro coronel. No echará de menos nuestro testimonio.

—Si usted lo dice, señor Lawson —respondió Justin con rigidez.

Ese hombre le había caído muy bien, reflexionó con pesar, y había admirado su talento y capacidad.

Lawson era un agrimensor cualificado y un granjero de primera que poseía una gran propiedad en la zona de Concord.

Durante las largas noches en la mar, le había hablado de su ganado y de su deseo de encontrar un camino a través de las montañas Azules hacia los grandes prados que, estaba convencido, se encontraban al otro lado, pero había apoyado la rebelión, había servido en la administración rebelde y en ese instante, al parecer, trataba de escapar de las consecuencias sin observar la lealtad que el coronel Johnston, como su oficial al mando, tenía derecho a esperar de él.

La rigidez de Justin no pasó inadvertida. Como si hubiera leído sus pensamientos, Lawson dijo:

—¡Maldita sea, muchacho, no estoy huyendo!

Ninguno de nosotros está huyendo, por el amor de Dios, y ya deberías saber que no tenemos nada contra el capitán Bligh, pero corre el rumor de que, cuando termine el juicio, sea cual sea el resultado, a ningún oficial del regimiento se le permitirá regresar a la colonia.

Y, como Nick Bayly acaba de decir, todos tenemos esposas, familias y propiedades en Nueva Gales del Sur.

Tengo seis hijos que dependen de mí, y cada centavo que poseo está atado a mi tierra.

No me atrevo a quedarme para el juicio. Arriesgaría mucho si mi permiso de volver quedara en peligro.

Era un argumento razonable, tuvo que reconocer Justin. Asintió con la cabeza y se inclinó hacia delante para llamar a la puerta del camarote del capitán.

—Capitán, señor, los caballeros están aquí —anunció.

—Que pasen, entonces, señor —ordenó con tono seco el capitán Sindrey—. Leve anclas y dígale al señor Lander que despliegue gavias y fije el rumbo tan pronto como estemos fuera del fondeadero. Quiero alcanzar a ese convoy antes de que los corsarios gabachos se nos pongan en la estela.