Capítulo 3 #3
Matthew Flinders tenía a su amante y devota esposa, su amada Annette, de la que había hablado tan a menudo durante el viaje de circunnavegación.
Además, seguía disfrutando del apoyo y el patrocinio de sir Joseph Banks, pero, en gran parte debido a la parsimonia del Almirantazgo y al ascenso que tan tarde le había llegado, estaba pasando apuros económicos.
El alquiler del modesto alojamiento de Nassau Street —cuatro habitaciones sobre una joyería— se llevó casi todo lo que tenía y le dejó muy poco para menudencias.
Justin había permanecido en la calle Nassau mucho menos de lo previsto, ya que sus propios medios eran insuficientes para pagar su propia manutención.
Trabajó a la luz de las velas noches enteras en la elaboración de las cartas para el libro, con el fin de dejar el mayor número de mapas y dibujos en el menor tiempo posible.
Luego, siguiendo el consejo del capitán Pasco, se dispuso a obtener el título de capitán en la Hermandad Marítima de la Trinity House.
Para ganar suficiente dinero y pagarse el examen, decidió embarcarse como marinero de cubierta en un buque carbonero; un trabajo que, además, le permitió ahorrarse el precio del alojamiento en tierra.
Consiguió lo que se había propuesto: el codiciado diploma en pergamino era suyo y le había permitido obtener su actual plaza, la de segundo oficial del Admiral Gambier. Viajaría con destino a Sídney bajo el mando del capitán Edward Sindrey.
El barco ya había estado en el puerto Jackson, y Justin lo conocía, pero Sindrey, un hombrecillo de cejas negras y taciturno, le era desconocido por completo. En ese viaje estaba sustituyendo al capitán Harrison. Era…
Al oír unos pesados pasos detrás, Justin se giró y quedó ante al hombre en quien había estado pensando.
—¿Ha avistado ya nuestra lancha, señor? —preguntó el capitán.
Justin negó con la cabeza.
—No, señor.
—¡Maldita sea! —Sindrey miró las nubes que se agitaban sobre su cabeza.
— Tenemos un buen viento para ir canal abajo y estamos a punto de perderlo por culpa de dos malditos pasajeros incapaces de llegar a tiempo a su cita.
—Maldijo muy irritado y giró sobre sus talones con la clara intención de regresar a su camarote, donde había estado entreteniendo al piloto.
— Llámeme en cuanto los vea, señor, y prepárese para levar anclas en cuanto estén a bordo.
—Sí, señor —respondió Justin. Se había erguido, solo por la fuerza de la costumbre, y sus esfuerzos recibieron un gruñido malhumorado como única recompensa.
—Este no es un barco del rey, señor Broome, y yo no me ando con ceremonias. Haga su trabajo, obedezca mis órdenes y nos llevaremos bien.
—Como usted desee, capitán —respondió Justin.
—Eso es lo que deseo —lo informó el pequeño y corpulento capitán. Y, casi como una ocurrencia tardía, añadió—: Cuando los dos caballeros suban a bordo, mándelos abajo para que se reporten conmigo.
Ya no esperó ningún acuse de recibo de Justin. Salió dando tumbos, aún soltando juramentos para su propio caletre, hasta que desapareció por la escotilla trasera con una explosiva exclamación:
—¡Malditos sean!, ¡malditos casacas rojas!
Justin supuso que Sindrey se refería a los pasajeros demorados.
Su interés despertó. «Casacas rojas», había dicho el capitán del Gambier, pero…
Ya estaban a bordo los reclutas del Septuagésimo Tercer Regimiento: un alférez y otros veinte soldados.
Si los dos que iban con retraso eran militares, debían de ser oficiales, ya que tenían reservados dos de los mejores camarotes.
Pensativo, frunció el ceño. El capitán Sindrey no había mencionado los nombres y, de hecho, se había mostrado reservado a ese respecto, como si…
Era curioso. En el ceño de Justin, los surcos se hicieron más profundos.
Había bajado a tierra en Portsmouth para llamar a los proveedores del barco en nombre de Sindrey.
Luego, cuando iba de vuelta a su lancha, lo había abordado un tipo de aspecto extraño, un hombre que lo había interrogado sobre el destino del Gambier y los pasajeros que llevaba.
En aquel momento, Justin no puso mucha atención al asunto.
En cualquier caso, como el capitán Sindrey no había tenido a bien revelar los nombres, le habría sido imposible satisfacer las exigencias de su interlocutor y calmar su curiosidad, pero el tipo había murmurado algo sobre el señor Macarthur y parecía saber más acerca de la colonia en general y del Cuerpo de Nueva Gales del Sur en particular que la mayoría de la gente que Justin había conocido en Inglaterra.
Le había hablado del inminente juicio del coronel Johnston y expresado firmes opiniones al respecto.
Estuvo mostrando una inequívoca parcialidad contra el comodoro Bligh, hasta que Justin lo mandó a ocuparse de sus asuntos, y de manera nada diplomática. Sonrió para sí.
El juicio, ante un consejo de guerra militar, iba a tener lugar a principios del mes próximo, según los periódicos.
Se celebraría en el Hospital Real de Chelsea, si él no recordaba mal, pero tal anuncio solo había merecido un breve párrafo en una de las últimas páginas.
El juicio no parecía interesar a la mayoría de la gente; de hecho, ni siquiera la colonia.
Y era algo comprensible, pues la población pensaba y hablaba de pocas cosas que no tuvieran que ver con la guerra con Francia.
Justin miró de nuevo hacia la costa. Luego dejó que sus ojos se desviaran hacia donde flotaban amarrados tres buques de guerra, todos aprovisionándose de lanchones amarrados a su costado para ir la mar.
Uno de ellos era un imponente navío de dos cubiertas, un setenta y cuatro, que enarbolaba la bandera de un contralmirante.
Los otros dos eran fragatas. La que estaba más cerca de él, la Amphion, cargaba pólvora y perdigones desde una lancha de artillería.
Esperaban su turno otros tres botes cargados de infantes de marina con casaca escarlata.
Refuerzos serían, o, más bien, sustitutos de hombres muertos o heridos en combate.
Sabía que esas fragatas habían entrado en acción en el Adriático hacía poco, pues las había visto llegar a puerto con las velas agujereadas por los cañonazos enemigos.
La Amphion llevaba remiendos de emergencia en el trinquete y el casco destrozado, pero había llegado con premios.
Era indudable que los buques se estaban preparando para volver al combate, y a toda prisa, pues Justin había visto a las tripulaciones trabajando durante la noche, colocando una nueva cabeza en el trinquete y reparando los tablones dañados de la cubierta.
Por un momento, de pie en el alcázar de su propio barco, fue consciente de su pesar.
Si se hubiera tragado el orgullo y aceptado, aunque fuera a regañadientes, la oferta de sus señorías, quizás estaría a bordo de uno de los tres barcos del rey.
Zarparía para ir a combatir en las batallas de su país, como había hecho su padre hacía dieciséis años, pero…
Exhaló un largo suspiro. Inglaterra no era su país, tuvo que recordarse a sí mismo.
Él pertenecía a cierta vasta tierra inexplorada que Matthew Flinders llamaba Australia; la tierra que lo había visto nacer y a la que sus padres habían sido exiliados, sin contemplaciones ni piedad, y sin siquiera la oportunidad de pedir clemencia.
No le debía nada a Inglaterra, ¡por el amor de Dios! Y no sentía ningún afecto por lo que había visto ahí; menos aún le gustaba la sucia y superpoblada ciudad de Londres, donde la vida era fácil y lujosa para los ricos, pero una verdadera pesadilla para los pobres y desvalidos. Él…
—Viene una lancha, señor Broome —le anunció un marinero que pasaba por allí.
El hombre señaló con el dedo y Justin extendió su catalejo.
Era su lancha. Descollaba la inconfundible cabeza roja del oficial, Zeke Lander.
En la popa viajaban otros dos pasajeros vestidos de paisano.
A aquella distancia, incluso con el catalejo, no pudo reconocer a ninguno. Justin se volvió hacia el marinero.
—Sí, es nuestra lancha —confirmó—, y viene con dos pasajeros. Ve a popa y comunícaselo al capitán, ¿quieres, muchacho? Dile que me estaré preparando para levar anclas tan pronto como tengamos la lancha a bordo.
La lancha ya estaba a un grito de distancia cuando volvió a mirarla, y esa vez no tuvo dificultades para identificar a los dos pasajeros, que vestían con sobrios atuendos.
Uno de ellos era el teniente William Lawson, del Cuerpo, con quien, a pesar de la diferencia de edad, Justin había trabado amistad en el Dromedary durante la última parte del viaje desde Sídney.
El otro era también un oficial del Cuerpo, Archibald Bell, recién ascendido de alférez a teniente, y…
Justin ahogó una exclamación de sorpresa cuando el bote estuvo más cerca y vio que había un tercer pasajero, agazapado en la proa, muy incómodo.
Era el teniente Nicholas Bayly, que también vestía de paisano.
En un tiempo, había sido uno de los amigos y partidarios más íntimos de John Macarthur, e incluso había puesto la fianza por él en el infame juicio que había conducido a la rebelión del Cuerpo del Ron y al arresto del gobernador Bligh.
Más tarde, durante la administración rebelde, se habían enemistado, pero…
Justin, con el ceño fruncido, miró los tres rostros mientras asimilaba poco a poco las implicaciones de su inesperada presencia.