Capítulo 14
En la actualidad, el emplazamiento no era más que un puñado de cabañas de madera y cobertizos de almacenamiento. La primera de las cabañas la ocupaba Cox con algunos de sus hombres. También había una caseta de vigilancia para los soldados de la compañía de veteranos, al mando del sargento Chisholm.
Justin pensaba que había poco que mostrar de tan prodigioso trabajo. Su madre podría sentirse decepcionada, porque, hasta que el gobernador diera su permiso formal y empezara a conceder tierras, los rebaños y manadas de su sueño no podrían llegar a los nuevos pastos.
Pero la tierra fértil más allá de la barrera montañosa no se había encontrado demasiado pronto, bien lo sabía.
En la prolongada sequía del año anterior habían perecido mil doscientas reses, mil cerdos y más de mil ovejas, y la cosecha de trigo había fracasado de manera estrepitosa.
Incluso en Ulva y otras granjas de la bien regada zona del Nepean, el ganado había muerto y los cultivos se habían marchitado en el suelo por falta de lluvia.
Era irónico que la construcción de la carretera de la montaña se hubiera visto obstaculizada por los aguaceros casi diarios y las frecuentes tormentas.
Justin refrenó el caballo que le habían prestado para empezar el primer descenso de pendiente pronunciada.
Los carromatos, había dicho el señor Cox, tendrían que sortear con sumo cuidado ciertas partes del camino.
En los ascensos más duros se necesitarían dos equipos para llevar un vehículo muy cargado hasta la cima.
Ahora bien, los tramos más empinados estaban protegidos por rieles de troncos, así que había poco peligro para los jinetes.
Su madre no pasaría grandes apuros si Andrew cumplía su promesa y la hacía tomarse mucho tiempo para el viaje.
Y la pequeña Jessica estaría con ella. Sonrió mientras volvía a soltar la rienda.
Su madre, como él esperaba, se había encariñado con Jessica a primera vista; y también Rachel y William y, por supuesto, Andrew.
Todos habían aprobado con entusiasmo su elección, aunque también habían recibido con cierto sobresalto la noticia de que era su esposa.
Y es que, durante las semanas que pasó en Sídney terminando las reparaciones de su Flinders, supo que quería casarse con Jessica y nadie más.
Tras la aprobación de la señora Macquarie, e incluso con su aliento, el cortejo había sido ardiente.
La señora del gobernador había querido ofrecerles una bonita boda en la Casa de Gobierno, con todos los adornos y una recepción en el salón de baile, pero, a medida que se acercaba la Navidad, Justin ya no quiso esperar a regresar de Ulva para que la ceremonia se celebrara.
No parecía tener ninguna razón real para el retraso, y Jessica compartía su impaciencia.
A decir verdad, ninguno de los dos quería una ceremonia elaborada, puesto que la sociedad de Sídney podría desaprobarla.
Era difícil justificar que el matrimonio de un chico de la moneda con una doncella mereciera el esplendor de la Casa de Gobierno.
Mucho mejor sería, había argumentado, tener una boda tranquila con la que se contentaría cualquier emancipado, celebrada en la iglesia de Saint Philip por el titular, después de la oración de la mañana.
Y así había sido. Corrieron las amonestaciones a partir del domingo anterior a Navidad y, luego, el reverendo William Cowper los unió como marido y mujer en presencia del gobernador y la señora Macquarie, del mayor Antill —que actuó en lugar del padre de Jessica—, del señor y la señora Spence, de Cookie Barnes y un puñado de personas más.
La señora Ovens sirvió el desayuno de bodas en el comedor de los sirvientes y no en el salón de baile.
Enseguida, partieron hacia Parramatta para pasar la noche de bodas en el Freemason’s Arms y viajar al día siguiente a Ulva por la nueva carretera de circunvalación.
La sonrisa de Justin se hizo más grande.
Con el Flinders listo para hacerse de nuevo a la mar y una acogedora casita alquilada cerca de Dawes Point, la vida le deparaba mejores perspectivas de las que jamás se había atrevido a presumir; y, con una esposa como su Jessica… , ¡Dios, qué afortunado era! Además…
Refrenó su caballo con una exclamación ahogada.
Delante de él, un pequeño grupo de jinetes descendía la colina a paso lento.
Enseguida reconoció a quien iba al frente.
Su madre montaba erguida sobre el hermoso alazán al que llamaba Young Sirius.
Andrew la seguía a unos cuantos pasos y Jessica, sí, Jessica, iba con Rachel y William en la retaguardia.
Se quedó donde estaba. Los veía acercarse y sentía que el corazón se le hinchaba de orgullo al ver la imagen de su madre sobre ese gran alazán que levantaba tanto las manos al andar.
Jenny seguía siendo una mujer hermosa, pero hasta ese momento, Justin no se había dado cuenta de que era una amazona consumada.
Manos ligeras, porte elegante, espalda recta y cabeza erguida.
Parecía ser una sola con el animal que montaba; e incluso avergonzaba a Andrew, de andar desgarbado y arciones demasiado largos.
Él se llevó las manos a la boca y gritó: el sonido de su voz hizo una extraña resonancia en el espacio que los separaba y repercutió en el precipicio de granito que tenía a sus espaldas.
—¡Venid —los instó— y os enseñaré la llanura Bathurst y la tierra prometida!
Jenny lo oyó y le respondió con la mano.
Esperaba, mientras cabalgaba a su encuentro, que él nunca se enterara de lo que le estaba costando ese viaje.
Andrew ya lo sabía, porque Jenny, cuando ya no pudo responder a sus preguntas, cada vez más apremiantes, se había visto obligada a contarle todo, pero él estaba guardando su secreto y, como era consciente de lo mucho que ese viaje significaba para ella, ni siquiera había intentado persuadirla de abandonar el intento…
La peregrinación a Bathurst, más bien, porque en eso se estaba convirtiendo.
En cambio, Andrew hizo todo lo posible por aliviar la tensión de su esposa.
Viajaron despacio; a veces, solo seis o siete millas al día.
Durante gran parte del trayecto, se ponía en ancas de Young Sirius para ofrecerle apoyo en su ancho pecho y sus brazos envolventes, a manera de cojines contra su dolor.
Por la noche, se ocupaba de que ella estuviera seca y cómoda.
Construyó refugios de corteza o ramas donde no había cabañas de madera que los constructores hubieran dejado por el camino.
La hacía beber sorbos de brandy de su petaca cuando veía que le era difícil respirar.
Lo más bondadoso de todo, porque se oponía a su propia naturaleza, era la forma en que Andrew evitaba los crecientes temores de Rachel y las preguntas que podían incomodar a Jenny, así como las tajantes exigencias de William de que su madre regresara.
Jenny tenía razones para creer que ninguno de los dos adivinaba la verdad, aunque sabían que se encontraba mal y estaban preocupados.
Suponían que estaba padeciendo un resfriado.
Jessica aceptaba el engaño con facilidad.
La flamante esposa de Justin poseía una comprensión intuitiva y parecía percibir el dolor cada vez que Jenny se encontraba mal.
No hacía preguntas ni ofrecía consejos, pero, al igual que Andrew, estaba allí cuando se la necesitaba: con una bebida caliente, agua para que Jenny se lavara o una manta.
Calentada con cuidado en la hoguera, la manta era un maravilloso alivio para los miembros doloridos y un cuerpo demasiado delgado, expuesto por un tiempo excesivo a los vientos de la montaña.
Jenny sabía que el hecho de haber llegado tan lejos era una especie de milagro… o la respuesta a sus oraciones; o, tal vez, el fruto de su propia determinación. No habría podido decir qué la impulsaba; solo sabía que, fuera cual fuera el precio que tuviera que pagar, tenía que seguir adelante.
El sueño estaba ahí, a la espera de cumplirse.
La visión que había acariciado durante los largos años de su exilio estaba a punto de hacerse realidad.
Esa tierra extranjera estaba por fin dispuesta a ceder el galardón que sus montañas habían ocultado durante casi tres décadas; para muchos de ellos, un tiempo de pura subsistencia.
Así había sido para ella, recordó junto con otro montón de remembranzas y el llanto atascado en la garganta.
Con tal de encontrar valor a todos esos años de trabajo y a tantos períodos de inanición, con tal de darles significado, quería ver el futuro con sus propios ojos. Sería una promesa para los hijos que había criado, si no para ella misma.
Justin había comprendido sus anhelos. Le había dicho que la participaría cuando la carretera estuviera terminada, y así lo había hecho.
Acordaron reunirse por el camino, y allí estaba, esperando para llevarla, para llevarlos a todos, a echar el primer vistazo a la tierra que el gobernador Phillip había creído que encontrarían si mantenían la fe.
Jenny levantó la mano en un feliz saludo, mientras Justin se acercaba a ella trotando. Se sentía contenta de haber insistido en cabalgar las últimas millas ella sola a lomos de Young Sirius, a pesar de todas las preocupaciones de Andrew.
Justin hizo un alto al lado de su madre. Entonces se volvió a Jessica y le sonrió, y la chica lo miró con la carita iluminada, pero se contuvo. Lo dejó cabalgar junto a su madre como si intuyera la importancia de aquel momento y se contentara con desvanecerse.
—Ya no estamos lejos —dijo él.
Ascendieron la colina y, en la cima, Jenny soltó la rienda y se quedó contemplando la pequeña aldea de edificios de madera y cabañas de corteza.
La bandera del Reino Unido ondeaba orgullosa en la brisa.
Más allá se extendía la llanura, una milla tras otra de exuberante hierba verde rasgada por el río que, a la distancia, fluía a través del campo.
Ella ni siquiera se había atrevido a soñar en una llanura tan fina y extensa.
Jadeó ante semejante prodigio y apenas escuchó a Justin cuando este, en un intento de convencerla de la enormidad del descubrimiento, señaló la ruta que había seguido con George Evans a lo largo de otras cincuenta millas, pero Jenny no necesitaba más argumentos.
El sueño se había hecho realidad. Se giró sobre la montura para contemplar a su familia con una luz en los ojos que ninguno de ellos había visto.
—¡Solo imaginad lo que esto significará para vosotros y para toda la colonia!
Pensad en los rebaños y manadas que sostendrá esta tierra, en las cosechas que aquí podrán cultivarse.
Miradlo, hijos, porque lo que se extiende allá abajo es vuestro futuro.
Esta es la tierra próspera que el gobernador nos ha dicho que se llamará Australia, y es para que vosotros construyáis aquí.
Solo necesita el trabajo del labrador para producir los frutos más ricos y hermosos. Y…
Un violento y doloroso espasmo la dejó sin aliento. Su voz fue apagándose en un silencio agónico.
Mientras sentía que sus fuerzas se extinguían, Jenny supo que era el fin del milagro. O tal vez solo era el principio. Se balanceó y cerró los ojos. El dolor fue desapareciendo poco a poco, llenándola de una extraña paz.
* * *
Andrew se apeó de su caballo en un instante para bajar a su mujer de la silla y recostarla con mucho cuidado en el arcén. Justin, blanco y tembloroso, corrió a su lado.
—¿Qué pasa? —preguntó con voz ronca—. Por el amor de Dios, Andrew, ¿Mamá está… enferma?
Andrew no intentó negarlo.
—Debemos llevarla a un refugio. Conoces a la gente de allí, Justin. Cabalga y pregunta por una cabaña a la que podamos llevarla, una en la que podamos encender fuego. Ve con él, Jessica, y Rachel también. William y yo la bajaremos. —Se quitó el abrigo, la cubrió y cogió la cantimplora.
—Traeré un carro —dijo Justin. Montó de nuevo y se alejó ladera abajo, con las dos chicas siguiéndolo.
Llegó la carreta con Justin y dos de los hombres de Cox. Jenny ya estaba inconsciente. La llevaron por fin a una de las cabañas, donde había un buen fuego encendido y una cama preparada con mantas amontonadas. Rachel y Jessica esperaban ansiosas para ayudarla a acostarse.
Al amanecer, el alma de Jenny se fugó en silencio. Andrew, con la mano de su esposa metida en la suya, miró a los cuatro que habían compartido su vigilia. Con tristeza les dijo:
—Se ha ido, pero así lo ha querido ella, y sabía que tenía que ocurrir. Lo sabía desde hacía más de un año, aunque me lo dijo apenas hace unas semanas. Que Dios dé descanso a su valiente alma. —Se levantó con rigidez y salió.
Jessica cubrió el rostro inmóvil. Juzgaba, al hacerlo, que era un rostro de felicidad y paz, que las líneas de tensión se habían alisado y que se había convertido en una tez joven, la de una mujer que, incluso en la muerte, había logrado todo lo que se había propuesto.
Rachel sollozaba; a William le costaba mantener su habitual compostura y Justin se mostraba afligido, buscando en vano alguna palabra.
Jessica dijo en voz baja:
—Creo que este era el camino que tu madre quería seguir, lo creo con sinceridad. Nos ha dejado para que lo sigamos… Nos lo dijo cuando estábamos en la colina. Así que esto es lo que debemos hacer, ¿no?: construir para el futuro.
Ninguno dijo nada, pero las cuatro jóvenes cabezas se inclinaron al mismo tiempo.