Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 3
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Capítulo 3

—Si le place, señor —dijo el viejo empleado del Almirantazgo, después de bajar la calva en una respetuosa reverencia—, el almirante Moorsom podrá verlo ahora. Tenga la amabilidad de seguirme, señor.

El capitán Pasco se levantó de inmediato y, sombrero bajo el brazo y con toda propiedad, se dirigió hacia la puerta de la antesala. Al llegar, se detuvo para dedicar a Justin una sonrisa de ánimo.

—El gran lord Nelson, el venerado lord Nelson, me dijo una vez que lo tuvieron calentando la silla en esta sala durante tres horas mientras sus señorías debatían sobre la conveniencia de concederle una comisión de teniente. Esperemos que su espera no sea tan larga, señor Broome.

Y que sea igual de exitosa, pensó John Pasco mientras caminaba detrás de su guía por un amplio pasillo con cuadros hasta el despacho del segundo lord de la mar.

Sir Robert Moorsom lo saludó afable y le hizo señas para que se sentara.

El contralmirante era un oficial distinguido, de unos cincuenta años, que había estado al mando del Revenge, de setenta y cuatro cañones, en Trafalgar.

Como el propio Pasco, había resultado herido de gravedad en la batalla.

Otro lazo que los unía era el Hindostan, que sir Robert había comandado veinte años antes en su primer cargo con el grado de oficial.

Ahora le preguntaba, con nostalgia, por el viejo navío.

—Lo han demolido desde que lo dejó, ¿no es así?, y también le han cambiado el nombre —apuntó—. Qué triste día, John, cuando a un viejo corcel de guerra le quitan las armas porque ha llegado al final de su vida de guerrero.

—Es un día muy triste, señor —coincidió Pasco.

El almirante se encogió de hombros.

—Usted trajo de vuelta al cuerpo rebelde de la bahía Botany, creo… ¿y al comodoro William Bligh con ellos? No fue un pasaje fácil para usted, me imagino.

—Fue menos difícil de lo que había previsto, señor.

—Sonrió.— El comodoro estaba a bordo de mi barco, en tanto que la mayor parte del regimiento rebelde estaba a bordo del Dromedary.

Perdimos a su oficial al mando del cuerpo, el teniente coronel Paterson, frente a Cabo de Hornos.

Causas naturales, señor. Ya era un hombre enfermo cuando salió de Sídney y, a decir verdad, fue un milagro que hubiera vivido tanto como lo hizo.

Y algo más —su sonrisa se hizo más amplia—, justo después de que salvamos el cabo, mi mujer, Rebecca, dio a luz a un hijo: un robusto niño de ocho libras, señor.

—¡Vaya, por Júpiter! —Moorsom sonrió a la par.— Mis felicitaciones a los dos. Es una noticia espléndida. Ahora, refrésqueme la memoria, si es tan amable. Hicieron un pasaje bastante rápido, creo.

—No demasiado, señor —enmendó Pasco—: ciento sesenta y seis días hasta Spithead.

Si hubiera sido solo mi Hindostan, habríamos llegado mucho antes, pero el viejo Dromedary es un navío lento.

Estuvimos detenidos en Río durante tres semanas para reparar el Porpoise.

A Spithead llegamos el veinticinco de octubre del año pasado.

—¿Y cómo se tomó el comodoro Bligh el retraso?

—Bastante bien, señor, dadas las circunstancias.

Incitado por las preguntas del almirante, John Pasco entró en detalles.

Estaba ansioso por su futuro, deseoso de saber si su petición de un nuevo mando iba a ser aprobada y su ascenso pendiente asegurado, pero, conociendo a Moorsom, se cuidó de no verse traicionado por la ansiedad y la impaciencia.

Los modales del almirante y sus preguntas le estaban dejando claro que el hombre tenía algo en mente; al parecer, no estaba del todo satisfecho de que el viaje desde Sídney hubiera sido tan tranquilo como el propio Pasco había dado a entender.

—¿Sabe usted, y por supuesto que lo sabe —dijo de pronto el almirante Moorsom—, que el consejo de guerra del comandante del Cuerpo de Nueva Gales del Sur, el teniente coronel Johnston, va a celebrarse muy pronto?

—Eso he oído, sí, señor.

—Bligh lo acusa de alta traición, John. Un cargo terrible, pero… usted ha estado ahí, ha estado en la colonia. ¿Cuál es su opinión? ¿Está justificada la acusación?

Pasco vaciló, consciente de que el almirante tenía los profundos ojos azules fijos en él.

—En mi opinión, señor —respondió al fin—, la acusación está del todo justificada, pero…

—De nuevo vaciló mientras buscaba las palabras correctas.

— Pero también debería presentarse contra cierto caballero, un antiguo capitán del regimiento que ahora es civil.

Él fue el verdadero instigador de la rebelión contra el comodoro Bligh.

—¿Se refiere al señor John Macarthur, supongo?

Esa vez, Pasco respondió sin vacilar. Se daba cuenta de que el segundo señor de la mar estaba bien informado de las complejidades del inminente juicio.

—Sí, señor, sí. —De nuevo, bajo la enérgica insistencia de Moorsom, entró en detalles.

Relató capítulo por capítulo lo que en Sídney se llamaba la Rebelión del Ron.

Había hablado con ambas facciones, con los leales partidarios del gobernador depuesto y con los que habían conspirado para arrestarlo, y había escuchado las acusaciones contra John Macarthur, algunas de ellas de boca de sus antiguos partidarios—.

No conocí a ese hombre, señor —admitió—, pero oí hablar mucho de él cuando estuve en Sídney; y muy poco a su favor, señor.

El comodoro Bligh no fue el primer gobernador con quien cruzó espadas.

Me contaron que el exgobernador King se refería a él como «el asesino secreto de mi honor y reputación».

Me parece algo bastante condenatorio, y estoy seguro de que usted estará de acuerdo.

—Está consiguiendo muchos apoyos de personas influyentes aquí —observó con desagrado el almirante Moorsom—: lord Camden, por supuesto, y Su Alteza de Northumberland; incluso el almirante Hunter, según dicen, y muchos otros.

—Iba repasando una lista con los dedos.— Pero lo peor que ha hecho es difundir una racha de rumores maliciosos sobre Bligh, ayudado e instigado por un tipo llamado Foveaux.

Según tengo entendido, este Foveaux volvió a casa desde Río en su convoy, John.

—El teniente coronel Joseph Foveaux —completó John Pasco con el mismo desagrado—.

No estuvo implicado en la rebelión, pero actuó como gobernador cuando regresó de su permiso.

Entonces, Bligh ya había sido destituido y estaba bajo arresto.

En mi opinión, el tipo no tiene principios, pero…

logró congraciarse con el gobernador Macquarie antes de abandonar Sídney.

—Se encogió de hombros.— Llegó a Río a bordo del Speke, señor, procedente de Nueva Zelanda.

El Speke se unió a nosotros, solo que, a la primera oportunidad, Foveaux se unió a otro convoy.

Estaba decidido a llegar a Inglaterra antes que el comodoro Bligh.

Moorsom gruñó.

—Él y Macarthur testificaron en el consejo de guerra del teniente Kent, como supongo que usted sabrá. La absolución de Kent no ayuda a la causa de William Bligh.

—El comodoro será reivindicado cuando se juzgue al coronel Johnston, señor —afirmó Pasco con seguridad.

—Confío en Dios que así sea —respondió el almirante emocionado—.

Bueno, ya me ha dicho lo que quería saber, John, y me alegra oírlo hablar tan bien de Bligh.

Como marino y navegante, es posible que no tenga igual, pero, por lo que he oído de él, tiene un carácter de mil demonios.

Se merece su estandarte, y, por lo que a mí respecta, me gustaría que se lo dieran; sin embargo, los lores comisionados no querrán oír hablar de ascenderlo hasta después del juicio de Johnston.

Sir Joseph Banks lo está apoyando con ardor, y eso me basta, debo confesarlo.

Banks es un caballero de gran integridad y un sabio juez de la gente.

—Sí, señor —asintió Pasco.

Seguía a la espera, esquivando la mirada del almirante. Entonces, con una sonrisa indulgente, Moorsom dijo:

—En cuanto a usted, John…, el primer lord está encerrado con el primer ministro y es probable que lo esté durante el resto de la mañana.

Spencer Perceval está horrorizado por los presupuestos navales, y no me sorprende, pero Yorke es un muy buen primer lord.

Lo convencerá. Sin embargo… Estoy divagando.

La junta se reunió hace una semana y estoy autorizado para decirle que recibirá el nombramiento a partir del once de abril.

Nunca es demasiado pronto, ¿eh?, ¿gracias al almirante Nelson?

Muy aliviado, Pasco balbuceó su gratitud. La sonrisa del almirante Moorsom se hizo más ancha.

—John Quilliam lo adelanta en antigüedad por cinco años, ¿no es así?

, y la junta le ha dado el mando del Crescent.

Todo lo que puedo ofrecerle es el Tartarus.

Es un sexta clase de veinte cañones que, en este momento, está siendo reparado en Devonport, pero usted será tendrá un cargo, John.

Lo ha recomendado el primer lord en persona, y el almirante Duckworth ha intercedido por usted.

¿Se encontró con él de nuevo en Portsmouth, creo, cuando usted entregó el viejo Hindostan ?