Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 2 #6
18%

Capítulo 2 #6

Se llevó la mano al cinturón y empezó a desabrochárselo, con dedos torpes en su precipitación.

Jessica, paralizada por un momento, no se movió.

Durante toda su infancia, ese hombre la había sometido así, y ella había sido siempre demasiado débil para defenderse de sus brutales asaltos.

Siempre la había asustado lo que él pudiera hacerle a su madre o a Murdo si intentaba desafiarlo, pero…

su madre estaba muerta, y Murdo, lejos, se dijo a sí misma mientras seguía luchando contra el pánico.

Él ya tenía el cinturón enrollado en la mano cuando, por fin, todo el miedo la abandonó. Metió la mano debajo del montón de ropa que había sobre la mesa y cerró los dedos en la empuñadura de la bayoneta que tenía ahí escondida.

—¡No! —El grito de Jessica surgió agudo por la tensión, pero ella ya tenía delante la reluciente bayoneta, firme, entre las dos manos.— ¡Si me pone una mano encima, lo voy a matar! Guarde ese cinturón.

Duncan Campbell se quedó mirándola, con la mandíbula desencajada por la increíble sorpresa. Pronto se recuperó y se abalanzó hacia ella, soltando maldiciones, con el cinturón por encima de la cabeza.

—¡Maldita zorra! Te lo has buscado y, por Dios, tendrás tu merecido.

La punta de la bayoneta se apoyó en su garganta, por encima del cuello desabrochado de la túnica.

Jessica no dijo nada, pero el resuelto valor con el que se estaba enfrentando a él hizo que el mismísimo Duncan Campbell se detuviera.

El hombre bajó la mano y, con ella, el cinturón, mientras la afilada punta de la bayoneta hacía mellas en la piel de su cuello y un pequeño hilillo de sangre empezaba a correr por la parte delantera de su camisa.

—¿De verdad? —preguntó sorprendido—. ¡Maldita sea, estoy sangrando! ¿De verdad quieres matarme, Jessie?

—Sí —confirmó Jessica—. Lo digo en serio. No volverá a golpearme, ¡nunca en su vida volverá a ponerme una mano encima! ¡Inténtelo y lo mataré!

No esperaba que él capitulara tan pronto, pero, para su alivio, lo hizo.

Empezó a refugiarse en la fanfarronería.

Y, de repente, se habían diluido todas las amenazas.

Llena de desprecio y repugnancia, ella escuchó sus pretextos y su insistencia en que había actuado por su propio bien.

Luego lo vio alejarse, hosco, tambaleándose hacia su habitación.

Durante los tres días siguientes, se quedó abrazada a su pequeña victoria, satisfecha de que su padrastro hiciera caso omiso de su presencia y dedicara toda su atención a sus dos hijas, quienes, contentas, se acogieron al cálido resplandor de su aprobación.

Permaneció sobrio y pasó más tiempo del habitual en los barracones.

Jessica, precavida, conservó la bayoneta.

Al dormir, la escondía bajo la ropa de cama.

Hacia el atardecer del cuarto día, Duncan Campbell llevó consigo a una mujer rolliza y de rostro encantador.

Fue evidente que Janet y Flora la conocían bien, porque la recibieron con gritos de alegría.

Jessica, en cambio, no tenía ni idea del propósito de esa visita hasta que su padrastro se volvió hacia ella y le dijo con brusquedad:

—Haz las maletas, Jessie, y vuelve a la Casa de Gobierno; no te necesito más.

Esta es Agnes Hope, una mujer recta, temerosa de Dios y viuda.

Nos vamos a casar en cuanto yo pueda pagar la licencia, así que no tendrás que preocuparte más por mis hijas ni por mí.

—Agnes Hope le tocó el brazo y él, ruborizado, añadió en un tono más apaciguador—: Podrás visitar a las niñas cuando quieras, pero estarán bien con la señora Hope. Ella vino con nosotros en el Canada.

Jessica esbozó una sonrisa de asombro y luego, agradecida de que la prueba hubiera terminado, fue a hacer las maletas.

Cuando terminó, regresó a despedirse de sus hermanastras en la cocina iluminada por la luz de las lámparas.

Encontró a Flora sentada en el regazo de la señora Hope y a Janet agachada a sus pies.

El sonido de las risas acalló las punzadas de su conciencia.

Al estudiar la cara redonda y las mejillas de manzana de la señora Hope, se dio cuenta de que debía de haber salido como convicta a bordo del Canada.

A las viudas de los soldados, rara vez, si no nunca, se les permitía acompañar a los regimientos en ultramar, pero, a pesar de todo, parecía una mujer buena y amable, y era evidente que las dos niñas le tenían cariño.

Quizás cuidaría de ellas mejor y con más pericia de lo que ella misma había podido hacerlo…

Y, por encima de todo, eso era lo que su madre habría querido.

Por fin, disipadas sus dudas iniciales, Jessica cerró la puerta del cuarto y emprendió, una vez más, el familiar camino hacia la Casa de Gobierno.

Esa vez estaba segura de que la esperaba una bienvenida.

Caminando a paso lento bajo un cielo crepuscular, se dio cuenta de que había dejado atrás la infancia y, con ella, el terrible miedo que durante tanto tiempo la había atormentado.

Duncan Campbell se había revelado como un cobarde matón. Ella le había plantado cara y lo había desafiado, y él había salido corriendo. «¡Ay, mamá! —susurró al cielo cada vez más oscuro—, ¡ojalá hubieras estado aquí para verlo correr!»