Capítulo 2 #5
—Tu deber es para con tu familia, Jessica. Me rompe el corazón perderte, pero te libero de tu promesa.
Jessica sabía que era inútil protestar. Aquella tarde, con el corazón hecho pedazos, salió de la Casa de Gobierno para recorrer a pie la corta distancia que la separaba de los barracones y, por lo tanto, de los aposentos de su padrastro, en la calle que ahora se llamaba Clarence.
Fergus Mackinnon, que parecía complacido por el cambio de residencia de Jessica, la acompañó.
Le llevaba la caja del vestido y un pequeño paquete de pertenencias.
—Todo saldrá bien, señorita Maclaine —le dijo—, ya lo verá. Ahora que ya no está en la casa de Su Excelencia, podré pedir permiso a su padre para hacerle compañía, tal vez, y…
En un raro arrebato de mal genio, Jessica se abalanzó sobre él.
—¡No se lo dará, gaitero Mackinnon! Y es mi padrastro, no mi padre. Lo único que quiere de mí es que sea su sirvienta y su cocinera, sea cual sea el cuento que les haya contado a Sus Excelencias.
—Pero están las crías —le reprochó Fergus—. Sus hermanas, es decir, sus hermanastras, a las que les hará mucha falta su amor y sus cuidados.
Jessica sabía que tenía razón. La muerte de su madre, cuya noticia la había dejado aturdida por el dolor, debía de haber sido un golpe terrible para Janet y la pequeña Flora.
Cuando Fergus la dejó a la puerta del pulcro barrio de ladrillo, sus temores y la amarga cólera se desvanecieron.
Las dos niñas, incitadas por la mujer que las había estado cuidando, salieron corriendo a su encuentro, gritando su nombre.
Jessica se puso de rodillas, con los brazos extendidos, para abrazarlas y besarles sus limpias caritas.
Al principio se mostraron tímidas. Flora se echó hacia atrás, gimoteando, como si no la hubiera reconocido, pero Jessica insistió.
Pronto, las risas se mezclaron con las lágrimas mientras recordaban y volvían a compartir viejas bromas y ocurrencias del pasado.
Al fin, la cogieron de las manos para conducirla a la casa, parloteando como urracas.
—¡Jessie ha vuelto, padre! —exclamó Janet emocionada—. Nuestra hermana Jessie, ¿ves?
—Sí, ya veo.
Jessica vio que su padrastro estaba de pie frente a la chimenea, alto e imponente, con el rostro demacrado y adusto, como si le costara controlar sus emociones.
Con bruscas palabras de agradecimiento, despidió a la mujer.
Era, sin duda, la esposa de un soldado, una mujer obligada a servirlo.
Después de que ella se hubo marchado, dirigió a Jessica unos ojos oscuros y furiosos.
—Esta es una casa de luto —la reprendió con frialdad—. Esas risas son indecorosas. Quizás no sepas que tu madre ha muerto hace poco, pero las niñas sí, y yo también. Te agradeceré que lo recuerdes.
La reprimenda era injusta, pero Jessica, ansiosa por evitar cualquier disenso, inclinó sumisa la cabeza y no dijo nada.
Durante el resto del día, cocinó y limpió, atendió a las dos niñas y se esforzó por no molestar a su padrastro, consciente siempre de su mirada siniestra, que la seguía dondequiera que fuera.
El conmovedor placer de las niñas en su compañía aumentó su determinación de no darle ningún motivo de queja.
No obstante, sintió un gran alivio cuando, después de la cena, él anunció que iba a salir.
Las niñas ya estaban en la cama cuando él regresó.
Eso cogió de sorpresa a Jessica, que estaba entre el montón de la ropa sucia y los remiendos pendientes, pues la esposa del soldado había dejado que todo eso se acumulara.
Visto que era demasiado tarde para escapar a la relativa seguridad de la habitación de las niñas, se quedó donde estaba.
Pedía a Dios que él no le pusiera atención y se fuera a la cama sin pasar por la cocina.
En los viejos tiempos, recordó, Duncan Campbell siempre reaccionaba con violencia después de haber bebido.
Su madre sabía contrarrestar esos arrebatos, o bien, sufrirlos ella misma en lugar de dejarlo descargar su furia de borracho sobre Murdo o sobre Jessica, pero su madre estaba muerta, pensó, presa del pánico.
Su madre, descanse en paz, ya no podía acudir en su ayuda.
Y era evidente que su padrastro había bebido.
El hombre tropezó al abrir la puerta de la calle.
Jessica oyó una fea retahíla de obscenidades mientras buscaba a su alrededor algún arma con la que defenderse.
El cinturón militar, tratado con arcilla y con la bayoneta en la vaina, estaba sobre la misma silla que la túnica escarlata, todo preparado para el desfile de la mañana siguiente.
Con manos temblorosas, ella sacó la brillante pieza de acero bruñido y la metió bajo las prendas amontonadas sobre la mesa.
Estaba intentando apagar la lámpara con la que había estado trabajando cuando, entre juramentos, su padrastro entró en la cocina, tambaleándose.
—¡No creas que puedes esconderte de mí, maldita mocosa! —le gritó furioso—. No apagues la luz. Sé que estás ahí y tenemos una cuenta que saldar, ¿no? ¿No te escapaste cuando el barco de las tropas estaba en Portsmouth y yo te había dicho que fueras a tierra con tu madre y las niñas?
Jessica se encogió. Todo el pánico de sus recuerdos, todo el miedo que había conocido desde la infancia, amenazaba con aniquilarla.
—Sí —admitió en un tenso susurro—. Sí, eso hice.
—Sí, padre —rugió él—. Demonios, muchachita, ¿todavía no sabes cómo dirigirte a mí?
Con el estómago revuelto y la boca seca, Jessica solo podía mirarlo aterrorizada. Su incapacidad de darle la respuesta que él le estaba exigiendo echaba más leña al fuego de su ira.
—Salir corriendo como lo hiciste, maldita seas, fue suficiente para destrozar el corazón de tu madre —la acusó—.
Nunca volvió a ser la misma desde que nos dejaste.
Había perdido las ganas de vivir, ¡y es a ti a quien culpo de eso, Jessie!
A ti y a tu hermanito. Por vuestra culpa, mis dos pequeñas se han quedado sin madre.
Jessica empezó a hablar, pero se contuvo.
¿De qué iba a servir decirle que su madre la había instado a huir, que la había ayudado a esconderse de él a bordo del Dromedary ?
¿O que Murdo también había huido, con la connivencia de su madre, porque les estaba haciendo la vida insoportable?
¿De qué servía intentar decirle algo cuando, como siempre, él tenía la sartén por el mango y podía intimidarla hasta la sumisión?
—Qué astuta has sido, consiguiéndote un buen puesto con Su Excelencia —se burló Duncan Campbell—, codeándote con los oficiales, saliendo de gira con el gobernador y, según me han dicho, en su carruaje, ¡como si fueras una dama! Bueno, muchacha, eso se acabó, porque yo le he puesto fin…
La voz áspera y amarga seguía despotricando.
En vano, Jessica intentaba taparse los oídos.
La noción de que había dos niñas en el dormitorio del fondo le impedía salir huyendo.
Su padre las quería mucho, ella lo sabía, y siempre las había tratado con cariño, pero…
Ahogó un sollozo. Por su bien, por su pobre madre muerta, debía tratar de apaciguarlo hasta que se le pasaran los efectos de la bebida.
—Déjeme en paz, padre —suplicó—. Siento haberme escapado, y siento mucho… haberle hecho daño a mi madre, si así fueron las cosas. Yo la quería, la quería de verdad, y nunca tuve ninguna intención de hacerle daño.
—¡Sí, pero se lo hiciste, Jessica! Le rompiste el corazón, te lo aseguro, y tú has de cargar con su muerte, no yo.
—Se alzaba sobre ella, balanceándose un poco, los ojos oscuros inyectados en sangre y con un brillo amenazador—.
Tendré que castigarte por eso y por haber huido.
Es mi deber y lo que ella habría deseado.