Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Al amanecer del día siguiente, botaron una barca y remaron por el ancho río, entre las altas orillas bordeadas de árboles y bajo un sol radiante.

A las diez desembarcaron para desayunar a media milla de donde el río recién descubierto afluía en el Nepean.

El lugar elegido para el picnic fue una roca plana en la orilla derecha.

Al pie de un acantilado vertical de unos cuatrocientos pies de altura, la roca formaba una terraza natural.

Embelesada por la belleza de la escena, Jessica veía los pájaros volar entre los árboles que cubrían el escarpado acantilado hasta la cima.

Según un aborigen a quien habían contratado como guía, el río se llamaba Warragamba. El gobernador, encantado por el sonido del nombre, ordenó al topógrafo Evans que lo marcara así en los mapas que se estaban preparando.

Remaron río arriba tres o cuatro millas más, pero una espectacular cascada detuvo su avance, así que se vieron obligados a dar media vuelta.

Después de eso, el grupo siguió hacia el norte.

Al fin, la señora Macquarie se sintió un poco cansada.

El gobernador, en cambio, seguía cabalgando incansable hasta treinta millas por día, dando rodeos para visitar las granjas y los asentamientos aislados y seleccionando sitios para los nuevos pueblos y aldeas que planeaba establecer.

Llegaron de nuevo al Hawkesbury y cruzaron por el puente flotante de la granja de Andrew Thompson hasta Green Hills.

—Será un alivio descansar unos días —confió Elizabeth Macquarie mientras se abrían paso a través de una pequeña multitud de animados colonos hacia la pintoresca Casa de Gobierno, una cabaña que había sido preparada para recibirlos.

Entonces, añadió con pesar—: Aunque pocas veces he disfrutado tanto, también será un alivio que no me coman viva las sanguijuelas ni los insectos voladores.

La cabaña estaba en la ladera de una colina baja. Desde ahí se veían el río y a las casas de madera blanqueadas por el sol. La señora Macquarie buscó su cama en cuanto entraron. Mientras Jessica la ayudaba a desvestirse, dijo en un susurro tenso:

—Jessica, niña, no digas nada a nadie, pero creo que de nuevo estoy embarazada. Dios quiera que esta vez pueda llevar el bebé a término.

Jessica se hizo eco de su plegaria. Mientras oraba, sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos.

—¿Desea volver a Sídney, señora? —preguntó ansiosa—, ¿por si acaso?

—Sí, por si acaso —asintió la señora Macquarie—, pero puede que no lo esté. De todos modos, descansaré aquí tranquila hasta asegurarme. Su Excelencia tendrá deberes que cumplir, gente que conocer y lugares que ver. No le importará que nos quedemos aquí un poco.

El retraso duró una semana. Durante esos días, la señora Macquarie permaneció en cama, mientras el gobernador se dedicaba a visitar los asentamientos de los alrededores, a planificar nuevos municipios y a detallar las adiciones que deseaba hacer a los ya existentes.

Les dio nombre a todos, además de que decidió cambiar el de Green Hills por Windsor, medida que solo contó con la aprobación cautelosa de algunos residentes.

Pero lo agasajaron. Se convocaron reuniones públicas y se leyeron discursos con promesas de lealtad.

Luego, cuando la señora Macquarie hubo descansado lo suficiente como para reunirse con su marido, se ofreció una cena en honor de la pareja.

Se propusieron brindis de lealtad y se bebió por los nuevos asentamientos, aunque la mayoría no eran más que nombres en los mapas que los dos topógrafos del gobierno estaban preparando.

La víspera de que el grupo virreinal partiera hacia Sídney, se celebró una boda en la pequeña iglesia de madera.

El gobernador fue invitado a ocupar el lugar del finado padre de la muchacha y, por ende, a entregar a la novia, cosa que hizo de buen grado.

Entonces, Jessica, en compañía de su ama, presenció el matrimonio de Lucy Tempest con Luke Cahill, un apuesto emancipado que, al parecer, trabajaba en Yarramundie, en la propiedad de la hermana de la novia.

Fue una ocasión alegre y contó con la asistencia de todos los terratenientes de millas a la redonda.

El servicio fue dirigido con impresionante elocuencia por el reverendo Robert Cartwright.

Jessica reconoció a muchos de los invitados a la boda por haberlos visto en la Casa de Gobierno, aunque solo fue capaz de poner unos cuantos nombres: Abigail O’Shea, la hermana de la novia, a quien recordaba bien; el señor Dawson, de la cercana Upwey, todavía de luto por su esposa; el doctor Arndell y su familia y el señor Jasper Spence y su esposa.

Pero la mayoría le eran desconocidos. Renunció con agrado al desayuno nupcial cuando la señora Macquarie, alegando cansancio, se marchó al terminar el oficio religioso.

—Se me ha ocurrido, Jessica —observó la esposa del gobernador cuando las dos se quedaron solas en el dormitorio de la cabaña—, que la señora O’Shea no está descontenta con el matrimonio de su hermana, ya que el joven es lo que, a veces con retintín, Su Excelencia llama un «intocable».

Y estoy seguro de que mi esposo estará encantado, porque ambas jóvenes son de buena cuna, hijas de un oficial de la marina, en tanto que el señor Cahill llegó aquí como convicto.

Ha sido el primer matrimonio entre nuestros dos extremos sociales, estoy casi segura, y quizá otros se animen a seguir el ejemplo.

Jessica se contentó con decir un obediente «sí, señora» sin haber comprendido del todo el razonamiento de su ama.

Ella sabía bien que intocable era un término autóctono con el que se señalaba a los sirvientes hindúes de casta inferior.

Y el gobernador, que había pasado muchos años en la India prestando servicios militares, estaba, por supuesto, familiarizado con todo lo que implicaba el término.

Luke Cahill no parecía, en absoluto, un humilde paria aborigen; de hecho, vestía bien y era caballeroso, pero…

Jessica suspiró y cogió el cepillo de su ama.

Incluso en la Casa de Gobierno, en las dependencias de los sirvientes, el abismo entre convictos y libres era notable; mayor y más insalvable que el que existía entre las bases del regimiento y sus oficiales.

Y ella había aceptado a unos y otros sin rechistar.

En ese momento, mientras pasaba con mansedumbre el cepillo, se encontró pensando en Justin Broome; un «chico de la moneda», tal como él, socarrón, se había descrito a sí mismo.

Se preguntaba si Justin, hijo de padres emancipados de Nueva Gales del Sur, sería considerado aceptable por la sociedad londinense…

y si los lores del Almirantazgo le concederían un puesto en la Marina Real.

La voz de la señora Macquarie irrumpió en sus pensamientos. Le dijo complacida:

—Tu tacto es tan relajante, Jessica, que casi me has hecho dormir. Ahora detente, niña, y ayúdame a meterme en la cama.

Obediente, Jessica guardó el cepillo y fue a acomodar las sábanas de la gran cama con dosel. Su ama se recostó sobre las almohadas y le sonrió soñolienta.

—Creo que estoy embarazada —afirmó—, porque me siento exhausta, lo cual no es propio de mí, ¿verdad?

Pero aún no se lo he dicho a Su Excelencia.

No me atrevo a volver a decepcionarlo. Él desea tener un hijo, Y yo con gusto satisfaría el deseo de su corazón.

—Siguió hablando, como hacía a menudo, más para sí misma que para su interlocutora.

— Soy la segunda esposa de Su Excelencia; supongo que ya lo sabías, ¿verdad?

Su primera esposa se llamaba Jane. Cuando nació nuestra hijita, el bebé que murió justo antes de que viniéramos aquí, quiso que la bautizaran Jane.

Su primera esposa nunca le dio un hijo, ya ves, y…

Ay, por eso quiero darle uno. —Su voz cambió y adquirió un tono enérgico y decidido.

— Debo dejar de montar a caballo, Jessica, de escalar montañas y trasnochar.

Debes ayudarme. Debes recordármelo, por si lo olvido. ¿Lo harás?

—Sí, señora, claro que lo haré —le aseguró Jessica con entusiasmo—. Haré todo lo que pueda.

—Eres una buena niña —le dijo la señora Macquarie—. De hecho, Jessica India, ¡te has convertido en el tesoro que deseaba que fueras! Y, a decir verdad, ahora me resultaría muy difícil prescindir de ti. —Sacó una mano de debajo de la colcha y estrechó la de Jessica.— ¿Eres feliz trabajando para mí?

—¡Oh, sí! —La respuesta llegó sin vacilaciones.

Unida por lazos difíciles de romper a la amable y encantadora mujer de la grande y desarreglada cama, Jessica pensó que era más feliz de lo que había sido desde su infancia.

Solo a su madre le había profesado una devoción incondicional.

Más tarde, empero, esa devoción había sido sometida a una tensión casi insoportable hasta que, al igual que Murdo, su hermano, le había puesto fin huyendo.

Contuvo un suspiro y se inclinó para enderezar la colcha. No había noticias de Murdo ni cartas de su madre. Sin duda, su padrastro se había ocupado de ello.

La señora Macquarie volvió a cogerle la mano.

—Te necesito, hija —dijo con voz muy suave—. Ahora más que nunca, si Dios escucha mis plegarias y este embarazo llega a su término. No me dejarás, ¿verdad, Jessica? ¿Me prometes que no me dejarás?

—Nunca la dejaré, señora —prometió Jessica, con la garganta apretada—. ¡Nunca, mientras usted me necesite!

Pero, tres días más tarde, con la vuelta de la comitiva virreinal a Sídney, encontró a su padrastro esperándola. Después de todo, la promesa que había hecho con tanta bravura tuvo que romperse… Y por insistencia de su ama.

—La necesidad del sargento mayor Campbell es más apremiante que la mía, Jessica —dijo con pesar la señora Macquarie—. Ha sufrido una pérdida muy trágica y tienes que pensar en tus dos pobres hermanitas. No debo retenerte, cuando es tu deber ir con él e intentar ocupar el lugar de tu madre.

—Pero señora, le he dado mi palabra. En verdad, preferiría quedarme con usted.