Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Por todas partes los arbustos en flor añadían su belleza dorada a la escena.

El capitán Antill iba diciéndole qué era cada cosa, de modo que Jessica pronto se familiarizó no solo con el omnipresente zarzo, sino también con el azul celestial del jacarandá, las flores de frangipani, de intenso aroma, y los arbustos de zarzaparrilla, de los que, según le dijo el doctor Redfern, los primeros colonos preparaban su «té de la bahía Botany».

Cabalgaron hacia el sur, hasta los pastizales, donde acamparon y pudieron presenciar el alarmante espectáculo de dos toros salvajes que luchaban por la supremacía.

Al caer la oscuridad, los acompañaron los bramidos de la gran manada.

Las reses, a partir del ganado doméstico que, veinte años antes había llevado consigo el gobernador Phillip, se habían reproducido hasta multiplicarse casi por ciento.

Vieron los magníficos rebaños de ovejas merinas de pura raza de la finca Macarthur en Camden, y luego, habiendo tomado refugio temporal en una cabaña de corteza en Benkennie, se encontraron con la propia señora Macarthur.

La mujer estaba supervisando la construcción de una valla destinada a mantener alejado al ganado salvaje.

Media docena de sus trabajadores convictos colaboraban en la obra.

Jessica quedó impresionada por la simpatía y las maneras alegres y abiertas de Elizabeth Macarthur.

Y aquella noche, mientras el grupo se sentaba alrededor de la hoguera, observó cómo se forjaba un vínculo de amistad entre su ama y la esposa del hombre que, según se decía, era temido y odiado por la mayoría de los habitantes de la colonia, pero la señora Macquarie, como siempre, juzgaba por sí misma los méritos de todos sus nuevos conocidos.

Más tarde, mientras se desvestía en su tienda, le dijo a Jessica con toda firmeza:

—Elizabeth Macarthur es una mujer como yo.

Es muy valiente, y sus conocimientos de ganadería y cría de ovejas, así como de horticultura, superan a los de cualquier otra persona que yo haya conocido en esta colonia.

Sin importar lo que su marido haya hecho para provocar la rebelión contra el Comodoro Bligh, no escucharé ninguna crítica contra una mujer tan admirable.

Siguieron adelante al día siguiente. Despedidos por Elizabeth Macarthur desde su nueva valla fronteriza, avanzaron hasta acampar en la ribera de un río, a la vista de un vado. El doctor Redfern identificó el río como el Nepean.

Gracias a James Meehan, el topógrafo emancipado irlandés de cejas negras a quien el gobernador había incluido en su grupo, Jessica se enteró de la confusión que habían experimentado los primeros exploradores de la zona cuando intentaron seguir el curso del río a través de las junglas sin senderos del bosque.

—Los primeros mapas, hechos en tiempos del gobernador Phillip, mostraban partes del río Hawkesbury con el nombre de Nepean —explicó el irlandés.

Cogió un palo y trazó una línea muy curvada en la arena húmeda, a sus pies, para ilustrar lo que estaba diciendo, y luego, con una extraña sonrisita, señaló las montañas lejanas—.

Con toda franqueza, y que Dios me oiga, creo que algún día encontraremos la manera de cruzar esas montañas.

Rezo por estar ahí entonces. Habrá más ríos que explorar y seguir hasta su fuente, y serán más caudalosos.

Y entonces verá usted una vasta expansión de esta colonia, señorita Maclaine, tal como profetizó el gobernador Philip cuando desembarcó aquí por primera vez.

Jessica escuchaba asombrada, pero solo le creía a medias.

A medida que el grupo virreinal avanzaba de una granja bien provista a otra, le parecía que la colonia era ya interminable y que los rebaños de ovejas que pastaban y de ganado que mugía eran tan numerosos que escapaban a su capacidad de contar.

Desde el campamento conocido por el nombre nativo de Kirboonwallie, cabalgaron unas diez o doce millas hasta Menangle, donde se encontraba la concesión del señor Robert Campbell.

El bosque de eucaliptos daba paso a lo que era casi un pequeño pueblo.

Una hermosa residencia familiar de piedra apareció rodeada de casitas de labranza, establos, graneros y cobertizos para el ganado.

En los frondosos prados pastaban ovejas hasta donde alcanzaba la vista.

Luego, los aguaceros retrasaron el avance durante dos días, pero entonces reaparecieron el sol y los cielos azules y despejados.

Las carretas de bueyes se adelantaron para montar el campamento a la vista del caudaloso río Hawkesbury.

Ahí, en un lugar llamado Saint Andrews, en la cañada Bunburry, el gobernador hizo un alto para inspeccionar la granja de Andrew Thompson, quien, recientemente fallecido, se la había dejado en herencia.

Era un lugar precioso, situado en un entorno de lo más pintoresco y con hectáreas de cultivos, todo tipo de ganado y una espléndida residencia; y todo estaba en perfecto estado.

Había incluso un puente flotante que cruzaba el río, construido por el difunto propietario.

La señora Macquarie se mostró entusiasmada por el inesperado legado y expresó su deseo de que, en un futuro no muy lejano, los deberes del gobernador les permitieran pasar algún tiempo allí.

—El difunto señor Thompson es un ejemplo de lo que pueden conseguir los colonos emancipados, si están dispuestos a trabajar duro y dejar atrás el pasado —le dijo a Jessica—.

El gobernador King lo había nombrado jefe de policía del distrito de Hawkesbury, y, hace poco, el coronel Macquarie le dio un cargo de magistrado después de que el doctor Arndell se viera obligado a retirarse por motivos de salud.

Creo que el hombre tenía solo dieciséis años cuando fue condenado a la deportación…

Y no había cumplido los cuarenta cuando murió.

—Ante el pudoroso rubor de Jessica, añadió con una sonrisa—: Como aquel joven que tanto te gustó en nuestro baile de despedida del comodoro Bligh, según me ha dicho la señora Ovens: Justin Broome. Así se llama, ¿verdad?

—Sí, señora —tartamudeó Jessica. Deseaba que la bondadosa señora Ovens hubiera mantenido la lengua bien guardada—. Pero yo solo…

La señora Macquarie le hizo un gesto para que guardara silencio.

—Como Justin Broome, que nació aquí de padres emancipados, el señor Andrew Thompson arriesgó su vida para salvar a otros, pero él, pobre, no se salvó para continuar la buena obra que estaba haciendo en este distrito.

Contrajo una afección pulmonar, según tengo entendido, como resultado de los nobles esfuerzos que realizó para rescatar a las personas que quedaron aisladas en las inundaciones de principios de este año.

A pesar de su muerte prematura, estoy segura de que este hombre es la prueba de que la política de Su Excelencia es la correcta.

Me refiero a la política con respecto a los que vinieron aquí como convictos y se han ganado la libertad por su diligencia y buena conducta.

Y hay otros casos, Jessica, muchos otros.

Nos encontraremos con ellos cuando viajemos más lejos.

Y así fue. Algunos pequeños terratenientes con concesiones de treinta acres vivían en primitivas cabañas de enramada que, con los desbordes del impetuoso río Hawkesbury, a menudo terminaban arrastradas por las aguas.

Luego, con la misma frecuencia, eran reconstruidas.

Cada minifundio tenía sus animales domésticos: gallinas, algunos cerdos y, de vez en cuando, una vaca doméstica; y también campos, desbrozados con esmero, en los que se cultivaba trigo y maíz, frutas y verduras.

Había muchas granjas grandes, como la del difunto Andrew Thompson, pero, en su mayor parte, los asentamientos del Hawkesbury eran trabajados por hombres y mujeres que habían salido encadenados.

Como le había dicho la señora Macquarie, esa gente se ganaba la libertad y sus concesiones de treinta acres gracias a su diligencia y buena conducta.

No todos tenían éxito, pero cuando un hombre fracasaba, se desanimaba o se mostraba incapaz, su tierra era vendida o reclamada y asignada a otro.

Jessica, poco versada en la lectura de mapas, había perdido la noción de adónde las estaba llevando el gobernador; sin embargo, a medida que se acostumbraba a recorrer quince o veinte millas a caballo, su interés por las partes más silvestres del país llegaba casi a igualar el de su ama.

Elizabeth Macquarie parecía incansable. Se apeaba del caballo y subía a pie las colinas cubiertas de árboles para contemplar mejor el entorno.

A menudo, cuando todos emprendían un ascenso empinado, Jessica y ella iban muy por delante de los caballeros del grupo.

Volvieron a Parramatta para descansar un par de días y dar al gobernador tiempo de redactar un despacho para la Oficina Colonial.

La gira se reanudó enseguida, esa vez con dos nuevos acompañantes: el topógrafo adjunto del gobierno, el señor George Evans, y el señor Gregory Blaxland.

Dejaron atrás el carruaje y solo reanudaron la marcha los jinetes y las lentas carretas de bueyes.

Partieron entonces a explorar las tierras que Evans acababa de descubrir, además de un río que él había llamado el Western y del cual creía que era afluente del Nepean.

Hacia el oeste, más allá de la colina Prospect, la comitiva hizo paradas en algunas de las propiedades más grandes, donde fue acogida con hospitalidad.

Inspeccionaron con admiración la propiedad del teniente Nicholas Bayly, en South Creek, y las granjas del doctor D’Arcy Wentworth y la de la señora King, viuda del exgobernador.

La cena se celebró en el vado Emu, donde el señor Blaxland tenía una pequeña granja.

Después, para el regocijo de Jessica, se adentraron en la selva y acamparon en la orilla occidental del Nepean, a la sombra de las montañas Azules.