Capítulo 2 #2
—Bueno, podrá reclamarla, ¿no es así, sargento mayor? —sugirió Andrew con un toque de aspereza—. ¿Cómo se llama?, ¿Jessie Campbell?
—No, señor —contestó Campbell con voz de palo—. Su madre nunca permitió que llevara mi nombre. Se apellida como su hermano, Maclaine. Es probable que aquí la conozcan como Jessie Maclaine.
—¿Jessica India Maclaine? —exclamó Andrew, sobresaltado.
—Sí, ese es el tonto nombre que le dio Murdoch.
No pudo darle un nombre cristiano, señor, ¿no es verdad?
Los aborígenes son todos unos paganos y unos salvajes.
¡Murdo Maclaine era un maldito idiota sin sentido común!
—De repente, los ojos oscuros de Campbell se entrecerraron.
El desdén de su voz se transformó en incertidumbre.
Olvidado el respeto que había mostrado hasta entonces, clavó en Andrew una fría mirada acusadora y exigió con dureza—: Por el amor de Dios, ¿cómo es que conoce a la chica?
Usted no es un oficial del Septuagésimo Tercero, ¿verdad?
—No, sargento mayor Campbell, no lo soy —concedió Andrew—, aunque estoy a punto de trasladarme a la compañía de veteranos del Septuagésimo Tercero.
En la actualidad, sirvo a Su Excelencia como parte del personal de la Casa de Gobierno, además de actuar como oficial naval del puerto.
Así es como he conocido a su hijastra. Está empleada como criada…
—Como criada, claro. ¿No es ese el otro nombre que dan a las putas que cuidan las casas de los oficiales de aquí?
—estalló Campbell. Andrew había hablado con nítida formalidad, pues quería mantener al hombretón en su sitio, así que la airada interrupción le cogió por sorpresa, tanto por la vehemencia como por lo que implicaba—.
¡Maldita zorra! Pero yo debería haberlo adivinado, porque he oído muchas cosas sobre el comportamiento de las hembras en esta colonia.
Sí, y la forma en que los oficiales se aprovechan de las que no pueden mantenerse por sí mismas.
Jessie no tiene oficio ni habilidades. Yo tenía que haber adivinado a qué se vería obligada, por más que la hayamos educado en un buen hogar cristiano. Le doy mi palabra, señor.
Ese «señor» llegó tarde. Andrew ya se había puesto de pie.
—¡Ya basta, sargento mayor! —le espetó—.
Lo han informado mal sobre el estado moral de esta colonia, ahora que se ha restablecido el orden.
Por lo que sé, el comportamiento de su hijastra ha sido ejemplar; y ha sido muy bien cuidada…
por la propia esposa del gobernador, con quien está al servicio como criada personal.
La señora Macquarie la contrató durante el viaje, según he sabido, y parece tenerla en alta estima, así que no debe preocuparse por eso.
Y creo que tendrá que contratar a una criada o a un ama de llaves para que cuide de sus dos hijas pequeñas; al menos al principio.
Sus Excelencias están de gira y Jessica está con ellos.
El sargento mayor lo miró con gesto hosco, pero el rango de Andrew y la dureza de su reprimenda surtieron efecto. Se puso firme, atento a la disciplina.
—Sí, señor, lo entiendo, pero la señora Macquarie no podrá quedarse con la chica cuando yo la necesito tanto. Tengo dos niñas huérfanas, señor, y…
—Tendrá que hablar de ese asunto con su oficial al mando —le dijo Andrew—. Muy bien, sargento mayor, puede irse.
Campbell vaciló, como si estuviera a punto de decir algo más, pero luego, pensándolo bien, saludó y giró sobre sus talones.
Andrew, seguía sin saber qué pensar de él; abandonó el camarote del médico y fue a concluir sus asuntos oficiales con el capitán del Canada.
Poco más de una hora después, cuando se disponía a abordar el cúter piloto para lo que prometía ser una larga remada de seis millas hasta el puerto, vio subir a cubierta al sargento mayor con sus dos hijas.
Las dos niñas iban vestidas con pulcritud y, aunque sumisas, era evidente que mantenían una relación afectuosa con su padre.
Campbell, por su parte, parecía del todo absorto en ellas.
Subió a hombros a la más pequeña, cogió a la mayor de la mano y se paseó con las dos por la cubierta de popa.
Les señalaba objetos de la costa y se esforzaba por mantenerlas entretenidas.
Andrew pensó que tal vez se había equivocado con ese hombre y que, incluso, quizás había sido injusto con él.
Campbell tenía mal genio, pero… parecía haberse ganado la buena opinión tanto del capitán del barco como de su médico.
Ambos oficiales habían tenido más de cinco meses para observarlo y valorarlo, mientras que él solo había tenido una breve entrevista.
Se encogió de hombros y, tras despedirse del capitán Ward, siguió a Robert Watson al interior del cúter.
Se decía a sí mismo que la pequeña Jessica India Maclaine no corría peligro por culpa de su padrastro.
* * *
La gira virreinal había comenzado auspiciosa con un paseo por la recién terminada carretera de Parramatta.
Era un camino muy bueno, hecho de piedra, cubierto de grava y con acequias a ambos lados.
El carruaje del gobernador, rodeado de su escolta montada y con Joseph Big en el pescante, se había desplazado apacible a todo lo largo hasta detenerse, a las siete de la tarde, frente a la Casa de Gobierno de Parramatta.
Por todo el camino estuvo escuchando vítores de los colonos que, en pequeños grupos, salían corriendo de sus granjas.
También en el pequeño municipio de Parramatta, todos los residentes, tanto convictos como libres, habían salido con faroles para alinearse en la calle y dar una entusiasta bienvenida a los viajeros.
Jessica, que iba en el carruaje con su ama, se sentía contagiada del entusiasmo reinante, orgullosa y feliz de ser siquiera una parte insignificante de esa triunfante escena.
En los ocho meses transcurridos desde que asumió la gobernación, el coronel Macquarie había transformado Sídney.
Las antiguas hileras, como se las llamaba, habían dado paso a calles de quince metros de ancho, sin las raíces ni el ganado mayor que antes campaba ahí a sus anchas.
Y se había cambiado la nomenclatura. Su Majestad y los duques reales habían dado sus nombres a las calles George, York, Gloucester, Kent, Clarence y Cumberland; los antiguos gobernadores de la colonia eran recordados en las calles Phillip, Hunter, King y Bligh; el secretario colonial, en la calle Castlereagh.
La secuencia la completaban la plaza Macquarie y la calle Elizabeth.
Se habían ensanchado los puentes y ampliado y reconstruido los mercados.
Se estaban construyendo un nuevo hospital, una oficina de correos, un tribunal de justicia y muchos otros edificios públicos y privados.
Y en el lado sur de la ciudad, en lo que habían sido tierras comunales, estaban tomando forma un nuevo y hermoso parque y un hipódromo, que a la sazón se conocería como Hyde Park.
En contraste, Parramatta era pequeña y parecía algo destartalada, aunque la aproximación al pueblo, desde la cima de una colina baja, había dejado a Jessica sin aliento.
La floración primaveral de las zarzas convertía el paisaje circundante, semejante a un parque, en una vista de flores de color amarillo y dorado, brillantes incluso bajo la luz mortecina.
El municipio constaba de una sola calle principal de una milla de largo, con la Casa de Gobierno en un extremo y el río, con su muelle y sus cobertizos de madera en el otro.
La Casa de Gobierno, a pesar de su pretencioso título, era un edificio pequeño, de una sola planta y construido con cierto desorden; sin embargo, a diferencia de la casa virreinal de Sídney, no era húmeda ni necesitaba constantes reparaciones para evitar que se derrumbara.
Tras una comida preparada por los cocineros convictos, el gobernador había recibido a los magistrados locales y a los oficiales civiles y militares, pero se había ido pronto a la cama.
A la mañana siguiente, poco después del amanecer, él y la señora Macquarie partieron a caballo, seguidos por su séquito, para cruzar el río George y desayunar en la casa de un rico colono llamado Moore.
Jessica, que se había quedado en Parramatta, pasó parte de la mañana explorando el pueblo de casas de madera pintadas de blanco y visitando la iglesia, que era más grande y mucho mejor que Saint Philip, la de Sídney.
Después del mediodía, viajó junto con los sirvientes de la Casa de Gobierno hasta el lugar de la siguiente parada nocturna.
En carros tirados por bueyes, llevaban las tiendas que serían montadas a primera hora de la tarde, así que el campamento estaba listo cuando llegaron el gobernador y su grupo.
Después, empero, y para deleite de Jessica, la señora Macquarie insistió en hacerla viajar con ella y la comitiva virreinal.
Jessie había montado a caballo en la India, cuando era niña, y, aunque le faltaba práctica, se había desenvuelto bastante bien al lado de su señora.
Había que reconocer que no era tan cómodo como el carruaje, y, sin embargo, a pesar de la inevitable rigidez, el roce de la silla y las sacudidas, todo aquel paseo fue un encanto sin fin.
Entre verdes pastos y campos de cultivo recién sembrados, entre las serpenteantes colinas de espesos bosques, a lo largo de un camino lleno de canguros, emúes y otros animales extraños, la cabalgata avanzó sin prisas.
Pasaba la escolta de dragones del sargento Whalan y se elevaban hacia el cielo, alarmados, periquitos de alegres colores en bandadas.
En los ocho meses que había pasado en Sídney, Jessica nunca había visto de cerca a ninguno de los habitantes nativos, pero ahora se los encontraba cada día.
Se asomaban desde sus escondrijos bajo los árboles, asustados, pero dominados por una insaciable curiosidad.