Capítulo 2
—He transportado a ciento veintidós mujeres delincuentes, señor —le dijo a Andrew—.
Desembarcaré a ciento veintiuna, todas vestidas con decoro, bien alimentadas y libres de enfermedades.
Solo hemos tenido dos muertes: la de una pobre anciana que nunca debería haber sido considerada apta para el transporte y la de la esposa de un suboficial del Septuagésimo Tercer Regimiento de Su Majestad.
Esta, que en paz descanse, partió de esta vida hace solo dos días.
Andrew asintió.
—¿Cuál fue la causa de las muertes, capitán? Supongo que la vejez en el primer caso, pero ¿qué hay del otro?
Había formulado la pregunta como una mera formalidad para participar del asunto al gobernador, pero, para su sorpresa, el canoso capitán lo evadió con cautela.
—Será mejor que hable con mi médico, señor —le aconsejó—.
Le pediré que venga si usted así lo desea.
El marido…, quiero decir, el viudo, está a bordo.
Es el sargento mayor Campbell, al mando de la leva del Septuagésimo Tercero.
Se trata de gente que se quedó en Portsmouth cuando zarpó el convoy de Su Excelencia el año pasado.
—¿No había un oficial al mando de la leva? —preguntó Andrew.
El capitán Ward negó con la cabeza.
—Tengo entendido que los oficiales salieron en el Anne.
—Dio detalles precisos y luego añadió con sobriedad—: La muerte de la señora Campbell deja huérfanos de madre a dos niños pequeños, pero Campbell me ha dicho que tiene una hijastra mayor en la colonia, así que, sin duda, ella cuidará de los niños una vez que desembarquen.
Ahora, señor —hizo un gesto hospitalario en dirección a la escalera de popa—, si usted y el capitán del puerto son tan amables de acompañarme al camarote de día, podremos hacer las formalidades necesarias con unas copas de madeira.
Luego podrán hablar con el médico de a bordo.
El médico, cuando se lo presentaron a Andrew una hora más tarde, se mostró un poco menos evasivo que el capitán sobre el tema de la muerte de la señora Campbell.
Era también un hombre mayor, de modales nerviosos y vacilantes; y, si bien parecía más que dispuesto a hablar de la salud general de las pasajeras del transporte e incluso a ser elocuente sobre las ventajas de los antiescorbúticos que les había recetado, se mostró reacio a dar detalles sobre la enfermedad que había quitado la vida a Elspeth Campbell.
Miraba a Andrew con ansiedad mientras hablaba.
—Sentí muchísimo perderla —admitió—. Era una buena mujer.
Y morir cuando tienes a la vista tu destino…
Bueno, qué ironía, ¿no? Era de las pocas que de verdad quería venir; supongo que eso se explica, sobre todo, por la hija que ya está aquí, pues ella la quería mucho.
Y que la hija esté aquí puede ser una bendición, por supuesto.
¿Le dijo el capitán que la señora Campbell tiene… ?, ¿tenía dos niñas pequeñas a bordo?
—Sí —confirmó Andrew—. Me lo dijo, pero… —Seguía perplejo.— ¿Estuvo esa pobre mujer enferma mucho tiempo antes de morir?
—No. Estaba embarazada de seis meses, pero su salud era perfecta. El fallecimiento fue… repentino, capitán Hawley. La señora Campbell fue dar a la cama antes de tiempo por un mortinato.
En otras circunstancias, Andrew habría dejado el asunto por la paz.
Sabía que siempre había muertes a bordo de los transportes de convictos: muertes por enfermedades infecciosas, desnutrición, malos tratos y, en ocasiones, incluso por ahorcamiento judicial, cuando los convictos intentaban amotinarse.
Y las mujeres morían al dar a luz. El cirujano del Canada había hecho un buen trabajo.
Sus cuidados debieron de haber sido ejemplares para que se perdieran tan pocas vidas en una travesía de casi seis meses, pero algo en la expresión del viejo hizo que Andrew persistiera.
El delgado médico de hombros encorvados se sentía incómodo, eso era notable, según Andrew podía intuir.
Y, después de haber dicho todo lo que parecía dispuesto a revelar sobre el tema de la muerte de la señora Campbell, parecía ansioso por pasar a otros asuntos; a cualquier otro, siempre que no tuviera que ver con la esposa del sargento mayor.
Por último, habló de la guerra y del nuevo héroe de Inglaterra, Lord Wellington, así como de las terribles pérdidas sufridas el año anterior durante la retirada a La Coruña.
—Pero, en Talavera, Su Señoría les mostró de qué están hechas las tropas británicas —afirmó el orgulloso viejo—. Y la fuerza del general Beckwith tomó Martinica, como supongo que habrá oído. Capturó allí a dos de las Águilas de Bonaparte y…
Andrew intervino con tranquila insistencia.
—Doctor, creo que yo debería hablar con su sargento mayor, si no tiene inconveniente, antes de volver a tierra.
—Yo… Eh, claro que sí, si así lo desea. Enviaré a alguien a por él. Yo… ¿Le dijo algo el capitán Ward? Él me ha pedido que no dijera nada. No tenemos pruebas, y Campbell es un buen soldado, muy respetado por sus hombres.
—El capitán Ward no me ha dicho nada, señor —dijo Andrew—. Pero bien podría hacerlo usted ahora. ¿De qué no hay pruebas?
El cirujano lo miró consternado.
—De que… Ah, es decir…, la pobre mujer, la señora Campbell, tenía ciertas lesiones que, en mi opinión, no fueron causadas por una caída. Ella afirmó que se había caído, pero…
El doctor hizo un triste encogimiento de hombros. Con evidente desgana, se puso a describir las lesiones.
Era muy poco probable que los ojos amoratados, la nariz rota y los graves hematomas en la parte inferior del cuerpo hubieran sido el resultado de una caída, pensó Andrew mientras escuchaba. Cuando el viejo médico llegó al final de su recuento, le preguntó:
—Pero ¿usted y el capitán Ward decidieron que no había pruebas de que el marido la hubiera agredido?
—Ella lo negó, señor. Incluso cuando se dio cuenta de que se estaba muriendo.
Y Campbell estuvo con ella al final. Parecía muy conmovido y no se separó de ella.
En mi opinión, y estoy bastante seguro, Capitán Hawley, su dolor era sincero y…
genuino. Como le dije, es un buen soldado, disciplinario estricto, muy consciente de su deber y todo un valor para su regimiento.
Espero, señor… —el hombre aún parecía triste, notó Andrew, mientras añadía—: Espero que ninguna de mis palabras cause problemas al sargento mayor Campbell, pues, en verdad, no hay pruebas de que la hubiera golpeado en esta ocasión.
—¿Tenía el hábito de golpearla? —Preguntó Andrew.
—Los hombres golpean a sus esposas, señor —le recordó el médico del Canada —.
Entre las clases bajas, es casi un signo de virilidad, ¿no es así?
—Se dirigió a la puerta con cortinas que daba a la enfermería y envió a su mayordomo a llamar al sargento mayor Campbell.
— Si prefiere hablar con Campbell en privado, señor, utilice este camarote.
—Gracias, doctor —reconoció Andrew—. No lo ocuparé mucho tiempo.
El Sargento Mayor Campbell respondió a la llamada con prontitud.
Entró, saludó con elegancia y permaneció en posición de firmes.
Era una figura alta y rígida, cuyo rostro de pesada papada estaba cerrado y carente de expresión.
No se relajó ni siquiera cuando Andrew le pidió que se pusiera cómodo.
Sus ojos, oscuros y hundidos, se mostraban cautelosos y vigilantes.
A las preguntas sobre el viaje y la leva que había llevado consigo desde Portsmouth respondió con facilidad.
Sus modales eran demasiado obsequiosos; su discurso, salpicado de sobradas deferencias hacia el rango de Andrew, y su acento, marcado y poco culto.
Sonaba más a Glasgow que a las Tierras Altas, de donde procedían la mayoría de los hombres del Septuagésimo Tercero.
Pero no cabía duda de que, tal como había afirmado el médico del barco, era un buen soldado.
Parecía eficiente, vestía de manera impecable y estaba muy versado en sus deberes.
Cuando Andrew, esforzándose por no emitir un juicio prematuro sobre él, le expresó sus condolencias, el rostro demacrado se ensombreció.
El aspecto enérgico y militar de Campbell pareció resquebrajarse de repente.
—Me duele en el alma, señor, porque es una pérdida que nunca esperé tener que afrontar.
Y que hubiera ocurrido cuando no estábamos más que a unos pocos días de aquí…
En verdad, señor, esto lo hace aún más difícil de soportar.
Y tengo dos hijitas que echan mucho de menos a su madre, como tal vez le haya dicho el médico.
—Sí, eso me ha dicho —confirmó Andrew—. También mencionó que usted tiene una hija mayor, una chica que salió en el Dromedary.
El sargento mayor Campbell inclinó la cabeza.
—Sí, una hijastra, señor. Una chiquilla despistada que, de alguna manera, se las arregló para que nadie advirtiera su presencia cuando zarpó el Dromedary.
Los alojamientos de las familias estaban abarrotados y los oficiales tomaron la decisión de desembarcarnos a algunos de nosotros en Portsmouth, el mismo día en que su Excelencia el coronel Macquarie subió a bordo.
Jessie no estaba con su madre, ya lo ve, señor, por más instrucciones que le di, y el barco zarpó antes de que yo pudiera enviar un bote para traerla a tierra.
—Se encogió de hombros, pesaroso.— Así que la muchacha viajó sola.
Pero las mujeres habrán cuidado de ella, no lo dudo, y ahora estará con alguna de las familias.
A pesar del tono compungido, había un matiz de ira en la voz del hombretón.
Andrew le dedicó una mirada escrutadora.
Tal como había dicho el médico del Canada con insistencia, quizás no podía probarse que Campbell hubiera golpeado a su mujer embarazada, pero, si lo había hecho, qué augurio tan malo para la joven hijastra.
La chica, en lugar de obedecer las órdenes de su padrastro y desembarcar, se las había arreglado «para que nadie advirtiera su presencia» el día que zarpó el barco del gobernador.