Capítulo 1 #5
Lucy se levantó, tambaleándose. En el suelo del vagón vio uno de los cojines del asiento.
No había reparado en él antes, pero, con algo así para amortiguar su caída, mitigaría el riesgo de torcerse el tobillo o hacerse más magulladuras al salir por la ventanilla e intentar bajar al suelo.
Lo cogió, sorprendida por lo mucho que pesaba, y se esforzó por pasarlo sobre su cabeza hasta la abertura.
En eso, los gritos de Henrietta se redoblaron.
Lucy se volvió, desesperada, cuando se dio cuenta de que la mujer herida la estaba acusando. Eran acusaciones hirientes e injustas.
—¡Esto es culpa tuya! ¡Me abandonas cuando más te necesito! En nombre de Dios, Lucy…, ¡no puedes dejarme así! Yo no tendría por qué… estar aquí. Si no fuera por tu comportamiento licencioso, ¡por tus excesos!… ¡Y ahora huyes!
—Voy a buscar ayuda —gritó Lucy indignada—. Voy a buscar al señor Dawson.
Pero el flujo de acusaciones y reproches no se detenía. Henrietta extendió una mano para agarrar la falda de Lucy y arrastrarla hacia sí.
—¡No podrás escapar! Si intentas huir, te atraparán…
Me encargaré de que así sea; y serás enviada a Yarramundie, ¿me oyes, Lucy?
Eres una chica malvada y libertina, y no te tendré en mi casa.
¡Deja que Abigail se ocupe de ti, deja que te castigue!
Ella es tu hermana. A ella le corresponde controlarte…
Lucy perdió el control. En un arrebato de ira y resentimiento reprimidos, empujó el pesado cojín contra la cara de Henrietta. Lo mantuvo ahí, con todas las fuerzas que le quedaban, ahogada por los sollozos.
Los gritos cesaron en un instante. Henrietta no se resistió. Soltó la falda de Lucy, levantó una débil mano para coger el cojín y quitárselo de encima, pero pronto lo soltó. Un silencio terrible y siniestro pareció envolver de repente el interior del vagón destrozado.
Horrorizada ante lo que acababa de hacer, Lucy apartó el cojín. Se puso a gritar, frenética, el nombre de Henrietta, pero no hubo respuesta. La miraban un rostro blanco y unos ojos que se nublaban con lentitud. Supo que su torturadora estaba muerta.
La bilis le subió a la garganta. De algún modo, consiguió contenerla y salir por la ventana rota, desde donde se deslizó hasta el suelo.
Ya no la preocupaban las heridas que pudiera hacerse a sí misma.
Había esperado que los dos caballos delanteros regresaran, pero no vio ni rastro de ellos, así que echó a andar por la carretera llena de baches y polvo. El miedo y la culpa le daban alas.
Al cabo de un rato, ya había perdido la noción del tiempo.
Iba dando bandazos por la senda oscura, adormecida por la conmoción.
Apenas reparaba en los alrededores y la dirección que debía tomar.
Tropezaba a ciegas con las raíces de los árboles, pero volvía a levantarse y seguía avanzando a trompicones.
Lucy habría pasado de largo cuando Timothy Dawson y dos de sus trabajadores convictos llegaron cabalgando, pero Timothy la reconoció, desmontó en un instante y la recibió en un abrazo.
—¡Lucy!, ¡Lucy Tempest! Por el amor de Dios, niña, ¿qué ha pasado?, ¿qué ocurre? Dos de los caballos llegaron al patio hace una hora. Traían restos del carruaje. ¿Ha habido un accidente? —La sacudió con suavidad.— Lucy, soy Tim Dawson. Estabas con mi mujer, ¿verdad? Dime dónde está, por piedad.
Pero Lucy solo podía sollozar, decir incoherencias y señalar, con mano temblorosa, en la dirección por la que había venido.
Al fin, cuando Timothy se dio cuenta de que la chica estaba demasiado conmocionada para contarle nada más, la subió a su silla de montar y siguió cabalgando.
Poco después encontró el carruaje. Una mirada horrorizada al interior confirmó sus peores temores.
Entonces, lleno de compasión, le pidió a uno de los peones que se llevara a Lucy a la granja.
A los dos días del accidente, Jethro Crowan llegó con Luke Cahill para escoltarla hasta Yarramundie. Lucy, con remordimientos de conciencia y aún conmocionada hasta lo más hondo, los acompañó sin decir una sola palabra de protesta.
Al pasar, montada en la silla de Luke, junto a las recién cavadas tumbas de Henrietta y el cochero, estas le hicieron un reproche, pero Lucy había llorado sin cesar durante los dos últimos días y ya no le quedaban lágrimas.
El servicio fúnebre, dirigido por el reverendo Cartwright, había sido un calvario.
Sintió estremecimientos al recordar las palabras que él había pronunciado mientras el ataúd de Henrietta descendía a su última morada: «Era una dama noble y bienintencionada, a la que echarán mucho de menos no solo su afligido marido y sus hijos, sino toda la comunidad».
Un gemido ahogado escapó de los labios apretados de Lucy.
Compasivos, los brazos de Luke se cerraron a su alrededor.
El joven había madurado en los años transcurridos y estaba convertido en un hombre grande y apuesto.
Lucy se apoyó en su pecho musculoso y se sintió reconfortada por la fuerza y la dulzura que sentía.
Pensó mortificada que, en comparación, Archie MacNaughton y Philip eran solo unos chicos arrogantes e irresponsables, cuya amistad no le había traído más que desgracias.