Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

—Ya hemos hablado de esto, Lucy, y no veo razón alguna para cambiar de opinión. Has abusado de mi hospitalidad y traicionado la confianza que deposité en ti. Debes irte con tu hermana a Yarramundie. No hay nada más que decir sobre este tema.

—¡Pero, señora Dawson, no puedo ir a Yarramundie! —exclamó Lucy—. ¡Me mataría volver!

—¿Por qué habría de matarte?

—Por… Me provoca pesadillas. El señor Boskenna intentó matarme. Me apuntó con su mosquete y… —Las lágrimas, siempre un arma potente cuando se trataba de Frances, del marido de Frances e incluso de Abigail, empezaron a brotar de los ojos oscuros de Lucy.

En efecto, el reverendo Caleb Boskenna había intentado acabar con su vida.

Nombrado su tutor cuando llegaron a la colonia y malvado como era, había llegado a extremos espantosos en su empeño por arrebatarles la herencia.

Lucy empezó a relatar la sombría historia, pero Henrietta volvió a interrumpirla.

—Sé lo que hicieron los Boskenna, pero fue hace mucho tiempo. Deberías olvidarlo, como ha hecho Abigail.

—Abigail no estaba allí cuando el señor Boskenna intentó matarme.

Para ella es fácil olvidarlo, pero yo no puedo…

¡No, por favor, señora Dawson, le ruego que no me envíe de vuelta!

Si no me quiere con usted en Sídney, ¿me permitiría quedarme en Upwey?

Trabajaría, cuidaría la casa del señor Dawson, haría cualquier cosa con tal de no tener que volver a Yarramundie.

—No podría confiar en ti en Upwey —respondió Henrietta con acidez—. Me has mentido, me has engañado y te has comportado con toda desvergüenza. Solo podrás permanecer en Upwey hasta que Abigail mande a buscarte, y confío en que lo hará con toda la celeridad posible.

—Oh, por favor, no lo entiende. Yo…

—Al contrario, lo entiendo demasiado bien. —El tono de Henrietta era implacable, y sus ojos, fríos—. No quiero oír más, así que guarda silencio y permíteme descansar. Sabes que no estoy bien.

Cerró los ojos, para disgusto de Lucy, y volvió a acomodarse en su asiento, aparentando que tenía sueño.

Enfadada, la muchacha volvió la mirada hacia la ventanilla del carruaje, pero no había nada que ver, salvo una interminable sucesión de eucaliptos que bordeaban el camino por un lado.

Por el otro lado solo estaba el río, más allá de la escarpada orilla.

E incluso este se perdía de vista, pues se curvaba en sus meandros, en tanto que la carretera, más áspera y polvorienta que nunca, seguía una línea más directa.

El sol se hundía y las sombras empezaban a hacerse más profundas.

En menos de dos horas estarían llegando a la propiedad de los Dawson en Upwey.

Ya no había escapatoria. Henrietta le contaría a su marido los motivos de ese cruel destierro de Sídney, de modo que sería casi una prisionera hasta que Abigail enviara a buscarla.

¿Cómo podía ser el destino tan cruel? Lucy empezó a sollozar con el pequeño y pícaro rostro enterrado entre las manos.

El cochero encontró lo que parecía un tramo de camino bastante liso y puso los caballos al galope. El carruaje empezó a correr de forma escalofriante y, una vez más, Lucy se vio obligada a controlar sus crecientes náuseas.

—Ay Dios —rezó en un tenso susurro—. Por favor, Dios, que termine este tormento. Déjame libre…

Cuando llegó el final, no fue lo que ella había previsto y, desde luego, el resultado tampoco fue aquel por el que había estado rezando.

La rueda trasera derecha chocó con un obstáculo invisible y los radios se hicieron añicos.

El pesado carruaje cayó sobre los extremos del eje.

La rueda delantera derecha se torció por la tensión y los caballos entraron en pánico.

Más allá del campo de visión de Lucy, el cochero salió despedido del pescante, en tanto que los cuatro caballos, ya sin guía, salieron disparados por el terror.

En su huida, consiguieron seguir arrastrando el carruaje por unas sesenta o setenta yardas.

Entonces, el pesado vehículo volcó y se llevó consigo a los dos caballos de la segunda fila.

Fue una sacudida muy violenta y Lucy fue a dar contra la madera astillada y los cristales rotos de lo que había sido la puerta derecha.

Magullada, sangrando y con una fuerte conmoción, se puso en pie.

En eso, a sus oídos llegó un terrible y agudo chillido.

Al principio supuso que procedía de uno de los caballos atrapados por los despojos, pero, cuando encontró apoyo para asomarse por la puerta opuesta, vio que los dos animales delanteros se habían soltado y se alejaban al galope por la carretera.

Los otros dos yacían silenciosos e inmóviles.

Uno de ellos, por lo que pudo juzgar en su primera y despavorida ojeada, tenía roto el cuello.

El otro se había clavado en el costado lo que quedaba de la pértiga del carruaje.

Y los gritos continuaban… Llorando y ahogada por el polvo, Lucy perdió el agarre al alféizar de la ventana.

Volvió a caer dentro del vagón y, entonces, al horror se sumó más horror cuando puso la mirada en el cuerpo retorcido de Henrietta Dawson.

La mujer estaba inmovilizada, como en una prensa, entre uno de los muelles y las tablas del suelo destrozadas.

El muelle era una de esas pesadas pieza de metal que se usaban para amortiguar los peores golpes al cuerpo de un vagón cuando las carreteras estaban en mal estado.

La muchacha se dio cuenta, perpleja, de que era Henrietta quien gritaba. La mujer tenía la boca muy abierta y los ojos oscuros de agonía.

—Voy a sacarla —prometió en un grito fragoso, y empezó a rasgar las tablas—, pero, por favor, no grite, no lo soporto. La sacaré si deja de gritar… ¡Ah, por favor, escúcheme!

Pero Henrietta no la oía. Para consternación de Lucy, el cochero no acudió en respuesta a sus débiles gritos de auxilio.

Quizás estaba muerto o demasiado malherido para moverse del lugar donde había caído.

En el interior del carruaje volcado, nublado por el polvo, no alcanzaba a distinguir el alcance de las heridas de Henrietta.

Supo que debían ser graves cuando, al apartar sus propias manos, vio que las tenía muy manchadas de sangre.

Igual de manchadas estaban las tablas del suelo que en vano había estado tratando de apartar.

—¡Socorro! —sollozaba—. ¡Por favor, que alguien me ayude! ¿No vendrá alguien?

Pero, igual que antes, no hubo respuesta.

Los gritos de Henrietta seguían y seguían golpeando su cerebro, llevándola a una desesperación histérica.

Por fin consiguió soltar una de las tablas, pero el resto seguía desafiando sus débiles esfuerzos.

Y, por más que lo intentaba, tampoco podía mover el muelle de metal.

Según pudo comprobar, la pesada pieza había caído sobre los muslos de la mujer herida.

Era imposible liberarla; Lucy tuvo que reconocer que no tenía fuerzas.

Henrietta Dawson moriría si la ayuda no llegaba pronto.

Tal vez, en lugar de continuar la lucha inútil, debería escapar del carruaje destrozado e ir en busca de ayuda.

El paraje parecía aislado, pero la Granja Upwey no podía estar a más de cinco o seis millas de ahí, y existía la posibilidad de que uno o incluso los dos caballos delanteros estuvieran todavía en los alrededores.

A caballo, cinco o seis millas no serían nada.