Capítulo 1 #3
Sentada frente a ella —y también en silencio durante la mayor parte del largo y tedioso viaje—, Henrietta Dawson iba empeñada en abanicarse.
Con los ojos apagados, iba contemplando la campiña por la que pasaban.
La magnífica carretera del gobernador llegaba hasta el asentamiento de Parramatta, pero, después de salir de la ciudad, el camino era un sendero de arbustos, lleno de baches y polvo.
Incluso su carruaje, equipado con elegancia, iba a paso de tortuga.
Los bandazos y golpes enfermaban a Lucy.
La moza habría querido pedirle a Henrietta Dawson una breve parada para recuperarse, pero, dadas las circunstancias, no se atrevía a suplicar ni siquiera un favor tan pequeño.
Henrietta, se decía con amargura, había sido muy injusta con ella.
Antes, cuando las dos estaban bajo el hospitalario techo de Frances Spence, nada se dijo sobre su conducta ni su amistad con el joven ayudante del gobernador, John Maclaine, y sus compañeros oficiales.
Era cierto que había sido discreta (cuidadosa sería, tal vez, un retrato más adecuado), y la amable y tolerante Frances no la había criticado ni había intentado reprenderla, pero…
Lucy dejó escapar un suspiro petulante. Si había aceptado con entusiasmo la invitación de Henrietta de mudarse a la nueva casa de la calle Pitt fue porque, después de la marcha de Abigail, la casa de los Spence le parecía aburrida.
La casa era grande y estaba a solo cincuenta yardas de la que, en cierto momento, ocupara el comodoro Bligh antes de su partida.
Los Dawson, al menos mientras Timothy estuvo allí, recibían con magnificencia.
Lucy se había equivocado. Había supuesto que Henrietta le concedería toda la libertad que pudiera desear.
Una semana después de su mudanza a la residencia de la calle Pitt, Timothy Dawson había cogido el camino de vuelta a su granja de Upwey, en tanto que su esposa, aquejada de algún malestar imaginario, se había retirado a la cama.
Lucy lanzó una mirada venenosa a su antigua anfitriona.
Las fiestas habían cesado. A partir de ahí, se esperaba que la moza se ocupara de la gestión doméstica de la casa, que hiciera de institutriz de los tres malcriados hijos de Henrietta y que, para efectos prácticos, se retirara de la escena social en un momento en que las cenas, los picnics y los bailes se habían puesto muy de moda.
Por supuesto, echando la mirada atrás, se vio obligada a admitir que había sido una tonta al aceptar la invitación de Archie MacNaughton para cenar y jugar a las cartas en sus aposentos.
Ella sabía que su amigo íntimo, Philip Connor, iba a estar allí y que era un joven incivilizado y una mala influencia tanto para Archie como para John Maclaine.
Y los tres habían sido reprendidos por cabalgar entre la multitud en South Head cuando fueron a ver la salida del convoy del Comodoro Bligh.
Alguna persona malintencionada había denunciado el incidente.
Su Excelencia, entonces, les había soltado una rigurosa invectiva, pero ellos no habían ido con intenciones de hacerle daño a nadie, recordó Lucy.
Desde luego, ella no; lo único que querían era despedir al pobre Jamie MacAlpine, porque, después de los problemas que se había buscado con la criada de la señora Macquarie, el gobernador lo había mandado de vuelta a casa y deshonrado.
Pero, como siempre, un miserable aguafiestas se había opuesto a sus juveniles jaranas y había presentado una queja oficial.
Al igual que Jamie, todos estaban metidos en un lío.
Incluso los habían advertido de que podrían compartir el destino de Jamie y ser enviados a casa.
Esa fiesta de cartas no debía haber degenerado en una reyerta, y Archie MacNaughton tenía que haberlo sabido bien.
Todo había empezado de forma bastante inocente. De buen humor, pero no bulliciosos, habían disfrutado de una espléndida cena bufé y habían jugado varias manos de whist. Ella era la única chica y…
Lucy miró de nuevo el rostro inexpresivo de Henrietta Dawson y soltó un suspiro más. Había intentado explicárselo, pero Henrietta se había negado a escucharla.
—Eres una pequeña libertina y una decepción, Lucy —la había acusado—. Además, una mala influencia de la que debo proteger a Julia y a Dodie. Te llevaré a Upwey, y que tu hermana envíe a alguien para que te escolte a Yarramundie lo antes posible. Que Abigail te controle, porque yo no puedo.
Pero no era una libertina, pensaba Lucy cabizbaja.
No sabía que Philip se iba a comportar como lo había hecho, ¿cómo iba a saberlo?
Era cierto que el muchacho había bebido más de lo habitual y que estaba ebrio cuando sugirió a Archie MacNaughton que invitaran a dos damas más a la fiesta.
Y ella se había «esforzado» por disuadirlos; y lo mismo había hecho John Maclaine y…
Quizá no se habían esforzado lo suficiente.
Sobre todo, porque, desde luego, suponían que Philip se refería a verdaderas damas.
Y esa pudo haber sido su intención original, solo que no se había dado cuenta, eso era evidente, de lo tarde que era, así como tampoco se había preguntado cuántas damas estarían en la calle tanto tiempo después de que hubiera caído la oscuridad.
Más tarde, conmocionado en su sobriedad, admitió haber llamado a las puertas de varios funcionarios. Al no recibir respuesta, se había alejado cada vez más. Luego, por desgracia para todos, se había encontrado de camino a casa con un viejo emancipado y la joven con la que convivía.
Y… Lucy tensó la boca mientras revivía la desgraciada escena que vino después:
Philip invitó a la joven a sus aposentos, pero ella, Elizabeth Winch, se negó y echó a correr de él aterrorizada.
Entonces, Archie, armado con una estaca que arrancó de una valla cercana, salió a perseguirla.
La asustada muchacha fue a refugiarse en casa de un hombre llamado Holness, quien, en ropa de dormir y con su mujer a la espalda, intentó cerrar el paso a los perseguidores.
Archie y Philip no se lo pensaron mucho para echársele encima con su estaca y…
Lucy se estremeció. Para cuando ella y John Maclaine los alcanzaron, el desdichado Holness yacía en un charco de sangre.
Su mujer, arrodillada a su lado, gritaba histérica que el hombre estaba muerto y que los dos oficiales lo habían asesinado.
Sin poderlo evitar, el asunto había provocado un escándalo espantoso.
Archie y Philip habían sido arrestados y estaban a la espera de juicio en el tribunal penal; y, aunque tanto ellos como John Maclaine habían hecho todo lo posible por mantener el nombre de Lucy al margen, a Henrietta no le pudieron ocultar el hecho de que había estado presente.
Triste, Lucy pensó que la reacción de Henrietta había sido tan inevitable como todo lo demás.
Así que, después de haber soportado una verdadera avalancha de críticas reprobatorias y acusaciones exageradas, le habían comunicado su inminente destierro a Yarramundie.
Y, a pesar de sus súplicas y las promesas llorosas de que en el futuro se comportaría con la mayor circunspección, se encontraba en la primera etapa del viaje de regreso al lugar que odiaba más que cualquier otro.
Y era injusto. Ella no había matado al viejo William Holness; no había incitado ni animado a Archie MacNaughton ni a Philip Connor a atacarlo, sino todo lo contrario: había hecho lo posible por detenerlos.
Su único delito, si es que podía llamarse así, había sido cenar en los aposentos de Archie sin el permiso de su anfitriona.
—Saliste a hurtadillas, sin decir ni una palabra —le había espetado Henrietta—. Eras consciente de que, si me hubieras contado tus intenciones, yo nunca habría aceptado que fueras sola a cenar en los aposentos del teniente MacNaughton.
Lucy tenía que admitir que eso era cierto, pero, por otro lado, no se habría sentido tentada a hacer nada parecido si Henrietta hubiera seguido recibiendo invitados en su nueva casa de la calle Pitt, en vez de fingir que estaba enferma y pasar todos los días y noches en la cama.
Qué cosa tan aburrida e insoportable quedar apartada de la sociedad, con la única compañía de los niños Dawson, un día tras otro, sin ni siquiera un picnic ni un paseo en carruaje con que romper la monotonía.
Pero… Lucy ahogó un sollozo. Sería infinitamente más tedioso estar en Yarramundie, aislada, apartada de la civilización, con Abigail y sus sermones, y la odiosa Kate Lamerton haciéndole reproches directos, y ambas preocupadas solo por el pequeño Dickon, desdichado, que no podía oír ni una sola palabra ni hablar.
Al menos, Julia y Dorothea y Alexander, los tres niños Dawson, podían hablar…
Dejó escapar un sonoro resoplido y lanzó otra mirada disimulada a Henrietta.
La enfadaba ver que la mujer llevaba los ojos cerrados y fingía dormir.
Estaba Luke Cahill, por supuesto. Por lo que ella sabía, el joven seguía trabajando en Yarramundie.
Lucy se animó. Luke era un tipo apuesto a quien ella encontró atractivo y buena compañía mientras vivía en la granja con los Boskenna; aunque ambos eran unos rapaces entonces.
Y, sin embargo, Luke era un convicto con permiso para salir, así que, a pesar de su buena apariencia y educación, había un abismo social insalvable entre los dos. Él…
El carruaje cayó en un bache y las dos pasajeras recibieron una buena sacudida.
Henrietta, enfadada, se asomó para pegar un grito al cochero.
Enseguida volvió a sentarse, con aire molesto y resentido,, pero tenía los ojos abiertos.
Ya no podía seguir haciéndose la dormida, así que Lucy emprendió otro intento de ganarse su clemencia.
—Señora Dawson, por favor, ¿no considerará dejarme volver con usted a Sídney? Le doy mi palabra de honor de que haré todo lo que me pida. De verdad, lamento lo que pasó, y…
Henrietta no la dejó terminar.