Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—No estoy acostumbrada a la vida social.

Estaría… fuera de lugar. ¿Qué tengo en común con damas como la señora Macquarie y la señora Bent?

Cenas, bailes… Frances, para ti es diferente: tú fuiste educada para esas cosas, yo no.

¿Sabes que el baile del gobernador ha sido el primero al que he asistido en mi vida?

Y el que me hiciste ha sido el primer vestido de baile que he visto, ya no digamos que he tenido y usado.

—Tienes más en común con la señora Macquarie de lo que crees —dijo Frances—.

Es, de verdad, una persona encantadora, amable y de corazón muy cálido.

Y, como tú, pasó sus primeros años en el campo.

Piénsalo, Jenny. Sídney no solo ofrece cenas y bailes: el gobernador habla de crear un hipódromo para fomentar la cría de caballos.

Tiene planes para escuelas aborígenes, ferias campestres, nuevos asentamientos, carreteras…

, un nuevo hospital e incluso un jardín botánico abierto a todos.

—No puedo sino aplaudir todos esos planes —concedió Jenny—. Es solo que…

Se quedó sin aliento pensando en Long Wrekin, en el ganado de cría y en las ricas hectáreas de praderas por las que podía pasear a su antojo; en el gran río caudaloso que había llegado a conocer tan bien y en los nativos que vivían en sus orillas, muchos de los cuales se habían convertido en sus amigos.

Era cierto que trabajar la tierra era duro, pero gratificante; era cierto que el Hawkesbury podía desbordarse y sembrar la destrucción a su paso; que las cosechas podían fracasar, los precios bajar, el ganado morir, como había muerto Sirius, y el trabajo de un año rendir poco o ningún beneficio, pero era su vida, pensó obstinada, la única vida que había conocido durante más de veinte años, y le había proporcionado satisfacción junto con una generosa dosis de libertad.

Además, el sueño que había acariciado, el que hacía tanto tiempo le había inspirado el gobernador Phillip, seguía sin cumplirse: la visión de esos interminables prados que, estaba convencida, debían encontrarse más allá de las montañas Azules.

Si tan solo se encontrara la manera de escalarlas y cruzar sus formidables cumbres aún sin cartografiar…

—Algún día quisiera llevar mis rebaños y manadas por las montañas —dijo. Acababa de expresar sus deseos en voz alta sin darse cuenta, hasta que notó que Frances la miraba sorprendida.

—No hay forma de cruzar las montañas Azules, Jenny. Tal vez nadie la encuentre nunca.

—El gobernador Macquarie está construyendo carreteras —dijo Jenny—. No se conformará con la colonia tal como está, encerrada entre las montañas Azules y el mar. Enviará a gente para encontrar un camino.

—Sí, me atrevería a decir que eso es lo que hará —convino Frances—, pero piensa en todos los que ya lo intentaron y fracasaron: el gobernador Phillip, el gobernador Hunter, el doctor Bass; incluso el pobre coronel Paterson en su juventud, el doctor White y cualquier número de oficiales y hombres de la marina y del Cuerpo: el capitán Tench, el coronel Collins, el teniente Dawes y aquel joven ingeniero, ¿cómo se llamaba? ¿Bunyan? ¿Banner?

—El teniente Barailler —respondió Jenny.

Frances tenía razón, reflexionó; de hecho, había habido muchos intentos valientes de cruzar esa barrera montañosa cubierta de árboles y sin senderos.

Todos los exploradores se habían visto obligados a admitir la derrota.

Tim Dawson había recorrido parte del camino con una expedición, después de que Henry Hacking, un antiguo contramaestre del Sirius, descubriera el ganado perdido del gobernador Phillip pastando en estado silvestre.

Hacking había conseguido penetrar más allá que la mayoría, hasta que él también, consumidas todas sus provisiones, se había visto obligado a dar media vuelta, pero aquel fértil valle, donde había encontrado el rebaño, lo había bautizado como Cowpastures.

—No creo que, durante lo que nos queda de vida, Jenny, alguien llegue a cruzar las montañas —dijo Frances—. Y tú deberías pensar en ti misma. Incluso unos cuantos meses de descanso mejorarían tu salud, estoy segura. A Andrew le debes cuidarte mejor… Y también a Justin.

Era cierto, Jenny lo sabía. Estaban casi al final de la nueva carretera de carruajes y el cochero detuvo los caballos.

En la cima del acantilado ya se había congregado una pequeña multitud.

Varios vehículos habían parado al borde del camino y sus pasajeros descendían para unirse a los que habían llegado a pie o a caballo. Jenny sonrió.

—Pensaré con toda seriedad en venderle Long Wrekin a Tim —le dijo a Frances mientras se apeaban—, pero, aunque vendiera la granja, no quiero vivir en Sídney, de verdad, por mucho que me gustaría verte más, mi querida Frances.

Frances Spence, muy sensata, no la presionó más.

Cogidas del brazo, se dirigieron hacia una multitud que, en cuanto divisó el convoy, se convirtió en un bosque de pañuelos ondeantes.

Los vítores y los gritos se mezclaban con el estruendo de las olas contra las rocas.

Todo tipo de gente había acudido a ver a los tres barcos coger su camino.

Algunos eran soldados del Cuerpo con el uniforme azul oscuro de la compañía de veteranos, en lugar de su antiguo amarillo distintivo.

Había mujeres y niños con ellos; muchas de las mujeres lloraban. Al verlas, Frances dijo con lástima:

—Más concubinas del señor Marsden, me temo, cuyos hombres no buscaron unirse con la bendición de la Iglesia.

Y ahora abandonadas, pensó Jenny. Abandonadas a su suerte, a criar a los hijos lo mejor posible sin el apoyo de los soldados que se marchaban.

No era de extrañar que las pobres estuvieran llorando.

Las miró con tristeza. Entonces, distrajo su atención un grupo de oficiales a caballo del regimiento del gobernador.

Venían llegando a galope tendido, dispersando a la gente de a pie, mientras ascendían a la carrera al mejor mirador de la cima.

Entre ellos, montada a mujeriegas, había una muchacha.

Ella misma, con absoluto desprecio por los que se interponían en su camino, dirigió a las puertas de la estación de señales lo que casi equivalía a una carga de caballería.

Iba riéndose en voz alta e instando a su escolta a seguir su temerario avance. Frances inhaló con brusquedad.

—¡Dios de mi vida! —exclamó sorprendida—, ¡es Lucy Tempest!

¿En qué estaría pensando Henrietta cuando le dio permiso de venir aquí con estos jóvenes?

—Como Jenny se la quedara mirando con muda perplejidad, añadió—: Desde que Abigail se marchó, Lucy ha sido demasiado para mí.

Confieso que me sentí aliviada cuando Henrietta se mudó a la nueva casa de la calle Pitt e invitó a Lucy a irse con ella, pero esta chica no se parece en nada a Abigail, y en estos últimos días me temo que se ha vuelto muy testaruda.

No le preocupa otra cosa que su propio placer.

Henrietta no dejó de quejarse por el comportamiento de Lucy en el baile del gobernador.

¿Lo notaste? En el brindis de los jóvenes oficiales del Septuagésimo Tercero, en mi opinión, montó todo un espectáculo.

Como parecía estar haciendo en ese instante, pensó Jenny.

Un tanto escéptica, se preguntó durante cuánto tiempo toleraría Henrietta Dawson a la moza.

Sin duda, la esposa de Tim Dawson suponía que estaba contratando los servicios de una niñera no remunerada, como había hecho cuando Abigail O’Shea se convirtió en su invitada en Upwey.

Habría creído que Lucy la aliviaría del cuidado de sus tres hijos pequeños cuando no estuvieran en la escuela.

Frances agarró a Jenny del brazo.

—Vamos —la instó—. los barcos ya están aquí. Tendremos una espléndida vista si nos movemos a la izquierda.

Jenny la acompañó, olvidada de Lucy Tempest y las desafortunadas mujeres y niños que el Cuerpo del Ron dejaba atrás.

Los tres barcos del convoy, con todas las velas desplegadas, eran figuras claras en las aguas azules del puerto, surcando la superficie agitada como aves marinas de alas blancas.

Luego los barcos fueron arrumbando, uno tras otro, con el Hindostan en majestuosa vanguardia, para alejarse del promontorio y, viento en popa, enfilar.

Por las aguas abiertas y el gran Océano Pacífico, por la peligrosa travesía alrededor de Cabo de Hornos hasta Río de Janeiro y de allí a Inglaterra, Jenny saludaba y vitoreaba con el resto, aunque sentía que esos barcos que partían se llevaban su corazón.

Los saludaba con la mano temblorosa y la vista nublada por las lágrimas no derramadas.

Se preguntaba, desolada, qué encontraría Justin al desembarcar en su destino.

Inglaterra era un país en guerra y Justin, en el caso de que la Marina Real lo aceptara, iría a la contienda en uno de los barcos del rey, como su padre antes que él, así como Andrew.

¿Se había equivocado al dejarlo ir, al animarlo para que lo hiciera?

¿Regresaría alguna vez y volvería a verlo o se había perdido para ella como tantos otros?

Una bandera de señales se izó hasta el tope del mástil del Hindostan y fue recibida con un rugido por los observadores en lo alto del acantilado. «¡Adiós!», corearon, «¡adiós y buen viaje!».

Frances tomó a Jenny del brazo.

—Se han ido —dijo con suavidad—. Se han ido, Jenny.

* * *

Lucy Tempest iba sentada en un silencio hosco y rebelde mientras la calesa de los Dawson la llevaba hacia el Hawkesbury, hacia lo que ella consideraba su exilio en Yarramundie.