Los viajeros (Los australianos 8)
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Capítulo 1
El Hindostan, con el ancho gallardete del comodoro en la mayor y los marineros de pie en las perchas, fue el primero en ponerse en marcha.
Los cañones de señales retumbaron en respuesta a la salva disparada desde la batería Dawes.
Era imposible identificar a Justin entre la multitud que se agolpaba en la cubierta, pero, cuando la fragata salió del fondeadero y empezó a alejarse, ella lo vio, o imaginó que lo había visto, subir a lo alto del trinquete y levantar la mano en señal de despedida.
—He sabido que la travesía será rápida, Jenny —observó Frances Spence, que pensaba solo en distraerla—.
Menos de cinco meses, le dijo el capitán Pasco a mi marido, pero dudo que sea suficiente para el coronel Paterson.
Lo he visto cuando ha subido a bordo del Dromedary.
Era una sombra de sí mismo; cojeaba tanto que su esposa tenía que sostenerlo.
Confieso que he sentido lástima por él y hasta he deseado que lo hubieran dejado aquí para que terminara sus días en paz.
Después de todo, él no participó en la rebelión del Cuerpo del Ron, ¿verdad?
Jenny se volvió para mirarla. Frances, pensó, rara vez tenía algo malo que decir de alguien, y, como tantos de sus compatriotas, era el alma de la amabilidad y la generosidad.
—A Andrew siempre le cayó bien el coronel Paterson —dijo pensativa—, pero el hombre quedó destrozado después de aquel duelo con el señor Macarthur. Por eso se dio a la bebida… Andrew dice que nunca dejó de sentir dolor.
—Dios quiera que llegue sano y salvo a Inglaterra.
Aunque… —Frances suspiró, con sus ojos azules llenos de preocupación—.
No entiendo qué pruebas podría aportar en el juicio del coronel Johnston.
De hecho, soy incapaz de entender por qué solo el coronel Johnston va a ser juzgado, mientras que Macarthur, que, como todos bien sabemos, fue el verdadero instigador de la rebelión, quedará impune.
—Según Andrew, Su Excelencia le explicó que el señor Macarthur sería juzgado aquí si regresaba —dijo Jenny.
Sonrió sin diversión—. Y el comodoro Bligh, durante su estancia forzada en Long Wrekin, nos dejó bastante claro que tiene la intención de llevar a juicio a todos los oficiales rebeldes que pueda una vez que llegue a Inglaterra.
Creo que consultó al nuevo abogado general, el señor Bent, sobre la situación jurídica; en particular, en lo que respecta al señor Macarthur.
Bent le dijo que era un asunto de la Oficina Colonial.
—¿Has visto a Ellis Bent y a su esposa, Jenny? —preguntó Frances con curiosidad.
—Solo en el baile del gobernador, cuando me los señalaste. Nunca he hablado con ninguno de ellos.
En el muelle, las gaitas y los tambores del 73.
º despedían a los barcos mientras la guardia de honor presentaba armas.
Andrew estaba al servicio del gobernador como asistente.
Ella reconoció su alta figura entre el grupo de oficiales que rodeaban a la pareja virreinal.
Vio que la señora Macquarie hablaba con la señora Bent y…
sí, sus ojos no la engañaban: Henrietta Dawson estaba con ellos.
Unas yardas detrás, Lucy Tempest agitaba una sombrilla con volantes.
Parecía absorta en una conversación con uno de los jóvenes ayudantes del gobernador.
—Henrietta es muy amiga de la señora Bent —dijo Frances, que seguía la dirección de la mirada de Jenny—. Son aves del mismo plumaje, creo… ¡Es evidente que las une su censura a la actitud que Sus Excelencias han tenido con quienes no vinieron aquí por voluntad propia!
—Entonces, el baile del gobernador debe de haberles parecido de mal gusto —sugirió Jenny.
—Desde luego que sí —convino Frances—, aunque te confieso que yo lo disfruté muchísimo.
—Yo también… Y gracias a ti, Frances, por todo. Si no me hubieras hecho ese precioso vestido, nunca habría encontrado el valor para asistir; ni siquiera bajo la insistencia de Andrew.
—¡Mi queridísima Jenny! —Con mucho cariño, Frances rodeó con un brazo la delgada cintura de Jenny y la abrazó.
— Estoy encantada de que esa idea se me hubiera ocurrido.
Pasas mucho tiempo en esa granja y trabajas demasiado.
¿Por qué no dejas que Tim te la compre? Podrías venir a vivir aquí.
Por Dios que, a partir de ahora, la vida en Sídney será algo alegre.
A los emancipados como nosotras se nos permitirá disfrutarla en las mismas condiciones que a los funcionarios y los colonos libres, según nuestra categoría y condición.
El nuevo gobernador ya lo ha hecho público.
—Sí, lo sé, pero… —Jenny dejó ir un suspiro.
Frances pasó por alto la interrupción.
—Habrá una avalancha de matrimonios —predijo—.
Por un mísero precio de tres libras, los hombres que han vivido durante veinte años con las pobres a quienes el reverendo Marsden ha calificado como concubinas serán dotados de respetabilidad.
Y dicen que Su Excelencia pretende hacer magistrado a Simeon Lord.
Ya verás, Jenny, eso será la punta del iceberg.
Incluso los pobres irlandeses pronto tendrán sacerdotes y una iglesia propia.
—Eso te haría muy feliz, ¿verdad? —aventuró Jenny.
Frances inclinó su brillante cabeza morena.
—Devolvería mi fe en Dios y en toda la humanidad —admitió muy seria.
Luego añadió con una tensa sonrisita—: No es que me simpatice el señor Lord, salvo como punta del proverbial iceberg.
El origen de su riqueza no soportaría una inspección minuciosa, como todos sabemos, pero el hombre ha utilizado su dinero bien y, en gran medida, en beneficio de esta colonia. Yo no le regatearía su recompensa.
Jenny no dijo nada. Justin le había hablado de Simeon Lord y lo había descrito como un traficante de ron, pero ¿cuántos de los ciudadanos respetables de la colonia podían declararse inocentes de haberse visto implicados en el comercio de licores?
Incluso se decía que el señor Campbell y el comisario Palmer habían importado cargamentos ilícitos en alguna ocasión.
El propio marido de Frances había tenido acciones en el sindicato de oficiales del Cuerpo, y, bajo ciertas circunstancias, ¿no había sido Tim Dawson propietario y operador de un alambique de whisky?
Vio que, abajo, los tres barcos se movían con rapidez, impulsados por el fuerte viento del oeste que les llenaba las velas.
En las vergas del Hindostan, que ya tenía bien fijado su rumbo de proa, había hombres soltando la mayor y la mesana. Pronto Justin se habría ido, y …
Como si leyera sus pensamientos, Frances le dijo:
—¿Tomamos el faetón y vamos hasta South Head para verlos partir, Jenny? La nueva carretera del gobernador es excelente; podríamos llegar antes que ellos.
—Eh…
¿Sería prolongar la agonía?, se preguntaba Jenny, ¿o verla a ella, despidiéndose desde lo alto del acantilado, ofrecería a su hijo ánimos y un recuerdo al que aferrarse durante el largo viaje?
Cuando se volvió para mirar a Frances, sintió de nuevo aquel persistente dolor en el costado.
Era intermitente, pero acababa de girar con demasiada brusquedad.
Quizás el dolor se agudizaría con el traqueteo tras los briosos trotones de Jasper Spence y…
— Sí, me gustaría —dijo—, si no es un problema para ti.
—Tenemos sirvientes para ahorrarnos problemas —respondió en seco Frances—. Vamos, Jenny querida.
Sentadas las dos en el elegante faetón, Frances retomó el tema de la venta de Long Wrekin. Agarró una de las manos de Jenny y dijo con suave insistencia:
—No te sientes bien, ¿verdad? —Antes de que Jenny pudiera negarlo, continuó—: Ah, lo sé, te he estado observando. Esas costillas rotas no han curado bien, ¿verdad?
—Lleva tiempo —fue la débil protesta de Jenny.
—¿Has pensado en vender la granja? Con seriedad, quiero decir.
—Sí, lo he hecho, Frances, de verdad. Y he hablado de esa posibilidad con Tom y Nancy Jardine.
—Tim te la compraría mañana mismo —afirmó Frances— y conservaría a los Jardine. Es lo que siempre te ha prometido. ¿Ellos tendrían algún inconveniente?
—No, si yo le vendiera el lugar a Tim. Y William podría quedarse allí si quisiera.
—Y Rachel asiste a la escuela aquí, con Julia y Dodie —dijo Frances—. Jenny, Andrew te quiere junto a él, ¿no? Si lo trasladaran a la compañía de veteranos, tendrías que dejar la granja.
Andrew ya quería que dejara Long Wrekin, pensó Jenny, por el bien de los dos.
A él le caía bien el nuevo gobernador y estaba ansioso por servir a sus órdenes.
Y Justin, antes de marcharse, también había intentado convencerla.
¿Por qué vacilaba, entonces?, se preguntó con sentimiento de culpa.
De toda su familia, William era el único que podría estar en desacuerdo, y todas sus objeciones podrían superarse con facilidad si al niño le diera permiso de quedarse en la granja.
Y sabía que podía confiar en que los Jardine cuidarían de él.
—Jenny, créeme que no estoy pensando en los intereses de Tim Dawson, sino en los tuyos.
Ah, no voy a negar que disfrutaría de tu compañía si estuvieras aquí, en Sídney; y mucho más ahora que Abigail ha vuelto a Yarramundie.
La echo de menos, a ella y al pequeño Dickon, pero tú…
¡Jenny, eres mi amiga más antigua! De hecho, eras mi única amiga cuando llegué aquí.
No soporto verte tan delgada y cansada. ¿Qué te ofrece Long Wrekin para que seas tan reacia a soltarlo?
Jenny suspiró.
—Supongo que… Vaya, la independencia, la vida que me es familiar.
—La vida en Sídney tiene mucho que ofrecer ahora —le recordó Frances.
Jenny enrojeció de pesar.