Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

PAUL

¿Qué hacía allí?

Había decidido ir a ver las estrellas, esas que eran las únicas que me acompañaban desde el día en el que había nacido. También eran las responsables, según Harold, de todo lo que éramos.

Mi parte favorita era comprobar cómo ellas no esperaban nada de mí cuando me tumbaba a observarlas.

No pasaba por alto recordar las grandes historias de amor que narraban en ocasiones.

—¿Por qué me insultabas? —cuestioné enarcando una ceja.

Ver a Anjali aquella noche no estaba en mis planes después de haber dejado la conversación a medias porque estaba enfadado.

—No puedes irte sin más, desaparecer. Nadie me decía dónde estabas. —contestó molesta, como si eso tuviese algún sentido.

—¿Me has encontrado sola? —cuestioné nuevamente intrigado.

—Pues se ve que sí. Casualidad y suerte. Ya me veía dando vueltas por toda la ciudad buscándote.

¿Casualidad? ¿Suerte?

Me callé mis pensamientos porque de todas formas, no iban a ser bien recibidos. No tenía ganas de volver a discutir con ella.

—¿Qué necesitabas? —inquirí.

—¿Eso es lo que vas a decir? Esperaba una disculpa. ¡Te he escrito!

—No sabía que tuviera que contestarte al segundo. —señalé.

—¿Para qué me das el móvil? ¿Para qué vas de preocupado enamorado? —cuestionó realmente enfadada.

—Anjali, yo no voy de nada. —aseguré moviéndome por la colina.

Sostenerle la mirada me costaba sobremanera porque era mi debilidad. Pero el enfado me daba fuerzas para llevarlo a cabo.

—¿Pero por qué te vas? Estamos hablando. —bufó desde atrás.

La oí tropezar con una piedra así que me giré para cogerla justo antes de caer al suelo.

—Ahora es cuando dices gracias. —exigí.

—O no. —murmuró a disgusto.

—¿Qué necesitas Anjali? Ya estás aquí, yo no puedo ver las estrellas, y lo creas o no estoy ocupado.

—Pues quería pedirte disculpas por dejarte tirado en la fiesta. No lo pensé. Es verdad que pensaba que te entretendías, pero no lo comprobé. —Hizo una pausa. —Y darte las gracias por el móvil. —añadió.

—No pasa nada y gracias aceptadas. —contesté. Miré a nuestro alrededor. —¿Quieres quedarte a mirar por el telescopio o te acompaño de vuelta?

—Podría también volver sola… —sugirió arrastrándo más de lo normal las palabras.

—Sabes que no te voy a dejar. —aseguré. Ella me dedicó una mirada de más de dos segundos. —No por nada, eres del cuartel. Pese a todo, somos prácticamente del mismo núcleo familiar.

—¿Pese a todo? —inquirió torciendo el morro. Asentí. —¿Qué quieres decir?

Anduve un poco hasta donde había estado sentado antes de su llegada y tenía instalado el telescopio.

—Que aunque haya sido todo una equivocación, seguimos en el mismo cuartel. —insistí.

—Pues deberías haberlo tenido en cuenta porque no has dejado dicho dónde ibas, y a la gente de tu mismo cuartel se le avisa. —reprochó.

—¿Tú sabes la edad que tengo? Sólo doy explicaciones cuando las circunstancias lo merecen, por ejemplo, en el cambio de ciclo.

—A mí me gustaría no tener que dar explicaciones también pero las doy.

—Porque eres jóven.

—Pero no te cuesta decirme nada dónde vas. —exigió sin motivo.

Me quedé observando su rostro durante un instante. La luna estaba en su esplendor y el cielo despejado. Sus ojos cristalinos hacían contraste con la oscuridad del firmamento mientras su pelo decidía ondearse al viento.

Ella se había vestido un poco sin saber dónde iba y eso se notaba.

Me pregunté por qué había ido a buscarme; qué más le daban mis explicaciones; y qué era esa cara de estar enfadada conmigo por haber desaparecido.

Pero quedaban pocos días y la esperanza se había disipado. No era más que un capricho de alguien que creía tener la sartén por el mango lo que quedaba de mes.

—¿Quieres mirar? —pregunté señalando el telescopio.

Ella accedió acercándose y dejando que yo colocase en posición el aparato antes de mirar. Se quedó un buen rato y luego sonrió.

—Todas las rotaciones y alineaciones tienen un sentido. —aseguró haciendo apogeo de su parte racional.

—Supongo que sí, solo las miro para saber que hay algo más inmortal que yo. Además, son muy bonitas y me dan tranquilidad. —afirmé.

—Yo no te doy tranquilidad. —murmuró desviando la atención a ningún lugar concreto.

—No, creo que no. —admití riéndome un poco. —¿Qué querías? ¿Sólo saber dónde estaba? —cuestioné.

Sabía que no debía preguntarle. Entendía que era muy probable que solo quisiera que le hiciera otro favor.

—Leí el libro. Era muy bonito. —contestó. —Y las disculpas y las gracias que te he dicho. —añadió nerviosa.

—Vale. —musité.

Nos quedamos un rato en silencio turnándonos para mirar por el telescopio hasta que decidí que era hora de volver.

—¿Por qué ya? ¿Ya no es interesante? —preguntó.

No entendía qué mosca le había picado.

—Se darán cuenta de que no estás. Y no quiero malentendidos. —respondí.

—¿Malentendidos? ¿Con quién?

—Con nadie. —afirmé.

Se montó en el coche pero, lejos de ir cómoda, como habíamos estado el rato en silencio, no paraba de cambiarse de posición y resoplar.

—¿No vas a preguntarme qué me pasa?

—¿Me lo vas a decir? —contraataqué.

—Si no te importa… —murmuró.

Detuve el coche en el arcén. Estábamos solos en la carretera a esas horas.

—¿Qué te pasa? —cuestioné.

—¿Pero te importa? —insistió.

—Me importa Anjali, claro que me importa. Pero no veo por qué estás haciendo esto. Si solo quieres pedirme algo, hazlo, pero no juegues a lo que sea esto. —solté.

—No estoy jugando, pero tú piensas mal de mí, como todo el mundo. Hasta mi madre me ha dicho que no sea así contigo. —dijo rabiosa.

—Bueno, ¿qué te pasa? —inquirí armándome de paciencia.

—Nada, absolutamente nada. Sí, era un favor. Pero ya no quiero que tú me lo hagas. Vamos al cuartel.

Dudé, joder, claro que dudé porque ella era… Simplemente mi media mitad, pero acabé por arrancar y llevarla hasta la puerta donde se bajó dando un portazo en el lado del copiloto.

¿Estaba enfadada?

Genial…

Mejor por una parte. Era capaz de no hacer nada incorrecto si ella no quería y se alejaba porque su cercanía era simplemente… Deliciosa e incontrolable para todos mis sentidos.