Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

ANJALI

¡Qué se fuera al mismísimo cuerno! ¡Él y todos!

Me había molestado una idea que giraba en mi mente una y otra vez, sin embargo, él no había estado dispuesto a escucharme.

¿O yo no se lo había acabado diciendo?

Bueno, como fuese. Él había admitido que nuestro supuesto amor era pasajero y que no éramos almas gemelas. Lo había conseguido dejar en una especie de “somos familia” que me irritó sobremanera.

¿Por qué estaba tan enfadada?

Di vueltas por mi habitación sin poder dormirme. Miré el libro que me había regalado y también el móvil.

El orgullo me dijo que dejase ambas cosas en su puerta, tocase con los nudillos, y me largase antes de ser interceptada. Pero no veía tampoco qué bien me iba a hacer quedarme sin teléfono justo cuando iba a recuperar “mi libertad” cuando acabase el mes.

Mi madre me encontró ordenando mi habitación y aunque era metódica en algunas cosas, verme a esas horas haciendo algo, no entraba en sus planes.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Perfectamente.

—Entiendo que las cosas entre Paul y tú simplemente no se han dado… —dejó caer.

—¿Qué te hace pensar eso? —cuestioné cruzándome de brazos.

—No, nada en concreto, pero si no hay signos de acercamiento. —titubeó viendo mi enfado.

—O sabes algo y no me lo estás diciendo. Es decir, él no está tan loco por mí como intentaba vender. —aseguré bastante molesta.

—Puede ser. —señaló.

—¿Y eso a que viene? —inquirí.

La mujer sagitario por defecto no era celosa ni posesiva, pero si entraba en el límite de lo considerado traición… Era tajante.

¿Y por qué estaba teniendo ese sentimiento de la nada? Si no me había dicho nada que me pudiese molestar. Pero iba a hacerlo, lo sabía.

—Paul va a probar algo nuevo. —soltó. —Intentar tener un bebé con una no marcada que esté interesada en él como macho.

—¿Qué? —pregunté iracunda de pronto.

—Sí, no me parece mala idea.

—¿Qué no te parece mala idea? —chillé perpleja.

—¡Es una barbaridad! Y no sé cómo vais todos de que el amor de un vampiro es sincero y eterno por su compañera cuando se le ha olvidado en cinco segundos todas esas supuestas promesas.

¿Qué ha aguantado de mí? Un par de decisiones caprichosas y unas negativas.

Me parece ridículo. —dije en una retahíla en la que ni siquiera cogí aire.

—Pues… No sé qué decirte. —murmuró distraída doblando uno de mis suéteres.

—¿Sabes quien sí tiene que decirme algo al respecto? ¡Ese falso que tenéis por impecable piscis! —exclamé.

Me fui de mi habitación como un toro de miura recorriendo el cuartel para dar con él. Estaba tan tranquilo, leyendo un poemario en la biblioteca, como si no hubiese roto un plato en su vida.

—¿A quién buscas? —preguntó curioso.

—No me vaciles encima. Te busco a ti. ¿A quién más? ¿Tú crees que yo voy por el cuartel enfadada como si nada contra cualquiera? —chillé literalmente.

Parpadeó tranquilo. Cerró el libro y se puso de pie. Mantuvo la distancia entre nosotros.

Me dije a mí misma que era porque sabía que podía pegarle si estábamos más cerca.

—En realidad sí lo pienso. Ayer estabas enfadada conmigo por nada cuando llegaste a la colina. Luego cuando estábamos en el coche lo mismo. Y hoy… Nada más hay que verte.

—¿Y no tengo motivo? —cuestioné.

—Claro que no. —señaló tajante.

—Eres un libertino que ha ido de romántico.

Yo lo sabía. Por eso me enfadé cuando vi que te habías ido solo por la noche y que ni siquiera tenías intención de hacer nada conmigo al día siguiente.

Luego en el coche me dices que no te importo.

Y hoy… Me entero de que estás dispuesto a estar con cualquiera. —enumeré.

¿De dónde había sacado yo esos sentimientos?

—Yo no he dicho que vaya a estar con cualquiera. —aseguró.

—Eso he sido yo. —soltó mi madre apareciendo de la nada. —Por si había alguna reacción. Veo que sí. Me voy.

Cuando cerró la puerta de la biblioteca dejándonos solos, se hizo el silencio. Solo se oyó por unos minutos el tic tac del reloj mientras nos mirábamos.

—Bueno, me voy. —dije girando sobre mis talones para irme.

Me retuvo de la muñeca y me acercó a él. Nuestros labios estaban demasiado cerca.

—Yo nunca me creería tu dueño, y mi romanticismo no hace que pierdas tu independencia ni tu juventud real. —susurró.

Justo después. Su boca inundó la mía de una forma caliente y sensual que no había esperado.

Coloqué mis puños en su pecho para golpearle pero acabé atrayéndolo más hacia mí. Mi cuerpo respondía a su contacto y el suyo era más que evidente que estaba ávido de algo más.

La pasión me inundó con fiereza desplazando los miedos que habían atenazado mi pecho.

¿Todo el rechazo por miedo a que no me quisiese suficiente? ¿A no ser suficiente? ¿A que intentase cambiar mi forma de ser o que no me aguantase por mi carácter?

Sus manos balancearon mis caderas hasta que acabé a horcajadas sobre él. Sus incisivos paseaban sin llegar a rasgar mi piel por mi cuello y yo lo presionaba sin saber por qué.

—Eres tú quien tiene que conquistarme ahora. Quiero ir a sitios que no querrás ir y me tienes que comprar ropa juvenil. —susurró riéndose.

—Cállate. —aseguré besándolo hasta morder su labio inferior.

Ese movimiento provocó un gruñido natural y, eso, activó algo muy profundo dentro de mí.

¿Dónde había estado guardada esa parte animal y dominante?

Paul había sido el único de los signos en reconocer abiertamente que sentía algo por la marcada, en ese caso yo. Y, precisamente por eso, me pregunté muchas veces si solo seguía lo que sabía que debía hacer de una forma disimulada.

Fueron palabras y detalles, nada que no hubiese visto hacer a cualquier humano que intentase una relación que iba a ser fallida.

¿Cuál era la diferencia? ¿Cómo podía no haber dudado?

Mordí la piel de su clavícula queriendo algo más que solo él podía ofrecerme. Me miró tras sus ojos felinos negros como si fuese una presa.

—¿Vas a darme mucha guerra? —preguntó ronco, sexy y único.

—Siempre. —sentencié antes de entregarme al acto de amor más puro, animal e irracional de la eternidad.

¿Quién podía entenderlo?

Nadie, tampoco lo necesitaba.

Ser el último en algo, o el que por último se menciona, no siempre hace que sea predecible ni menos importante. Sólo hay que saber que el valor, los miedos, y el amor de cada uno, son únicos e irrepetibles.

Paul vio a once signos acabar rindiéndose al amor y estuvo dispuesto a hacerlo desde el principio. Ella tuvo miedo de ser solo la repetición de un patrón… Pero por mucho que dos almas gemelas se distancien, siempre, de una forma u otra, estarán destinadas a encontrarse y unirse PARA SIEMPRE.

FIN