Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

ANJALI

Paul se despidió de una forma muy extraña.

Subí a mi cuarto con una sensación agridulce. Me lo había pasado bien en la fiesta; estaba agradecida con Paul por haberme acompañado y así poder ir… Pero se había enfadado conmigo.

A lo mejor podría haberle hecho algún caso, aunque fuera a ratos, para que no se quedase solo. No me había planteado que no tendría qué hacer.

Me duché para prepararme para irme a dormir. Oí desde dentro, mientras me ponía el pijama, que mi madre pasaba por delante de la puerta para comprobar con su olfato que yo estaba bien.

Mis ojos cayeron sobre la bolsa que había dejado en el tocador al entrar.

¿Qué era eso que me había dado con pocas ganas Paul?

Lo abrí comprobando absorta que era un móvil.

El mío había caído al agua delante de él y… Había escogido comprarme uno mil veces mejor.

Me dejé caer en la cama haciendo morritos.

¿Por qué tenía que hacerme sentir mal?

¿Y si iba y me disculpaba además de darle las gracias?

Abrí la puerta de la habitación para ir de puntillas hasta su cuarto. Llamé levemente y esperé.

No me abrió.

Puse la oreja y los demás sentidos en ello pero él no estaba dentro.

¿Dónde habría ido? ¿No tenía prisa por irse a dormir y por eso me había dejado hablando sola?

“Mañana estoy ocupado” me vino a la mente.

¿Y qué tendría que hacer?

Esa incertidumbre se instaló en mi pecho sin dejarme dormir tranquila. Decidí averiguarlo en el desayuno, total, en el cuartel se sabía todo de todos con un poco de intención.

—Buenos días. —saludé a mi madre sonriendo.

Se quedó mirando mi móvil nuevo pero no dijo nada al respecto. Me pareció raro pero lo agradecí. Mi padre se rió antes de negar con la cabeza y volver a la tarea de tomarle el pelo a Leo por algo.

—Te veo contenta. ¿El cumpleaños bien? —interrogó untando su tostada.

—Qué bien os lo pasáis esta juventud. —aseguró burlona Ariadna.

—Sí… —Miré a mi alrededor comprobando que Paul no estaba. —Hoy estamos todos en el comedor, ¿no? —cuestioné con malicia.

Al decir algo incorrecto, siempre había alguien que decidía corregirte.

—Casi todos, sí. —contestó ágil mi madre interfiriendo en cualquier otra respuesta que intentasen darme.

¿Por qué se metía?

Busqué a Rebeca y me acerqué a ella.

—Te lo pasaste bien. —comenté rompiendo el hielo. —Oye, ¿has visto a Paul?, me dejé algo en su coche.

—Lo pasé bien, supongo que tú también. —Hizo una pausa como quien sabe que va a decir algo incómodo. —Paul no tanto. —señaló.

—Oh, sí… Lo hablamos. No volverá a pasar. —dije para desviar la conversación.

—Greyson estaba disgustado de dejarlo allí plantado solo. —prosiguió.

—Sí, no me di cuenta. —mentí. —También iba a disculparme otra vez, por eso lo andaba buscando. —añadí para ver si así me decía su ubicación.

Quizá Greyson lo sabía.

—No tengo ni idea de dónde está. Y no me trates como si fuera tonta. —señaló con una sonrisa cómplice. —No queda tanto para que cambie el ciclo, puedes simplemente dejar pasar el tiempo. Paul es un buen tío, todos lo dicen.

—¿Y yo no soy buena tía? —pregunté escandalizada pero sin subir la voz ya que estábamos rodeados.

—Lo eres, pero quizá te esté pudiendo un poco la situación. —alegó.

—No deberían echarme la culpa por no sentir. —Me crucé de brazos.

—No es por lo que sientes, es por cómo te comportas. —aseguró mi madre acercándose dejando claro que no había despegado la oreja.

—Ya que estás aquí… ¿Sabes dónde está? —pregunté resignándome.

—No tengo ni idea. Pero sé que tenía cosas que hacer fuera del cuartel. —respondió.

—¿Y qué cosas son esas? —No obtuve contestación. —¿Me das su número? —cuestioné ya haciendo ojitos de niña buena.

Mi madre acabó cediendo por lo que me fui al patio exterior pensando en si hacer esa llamada.

¿Qué era exactamente lo que iba a decirle?

Dejé pasar prácticamente todo el día asomándome a la entrada a ratos, esperando en el patio, y asomándome a la ventana.

Ni rastro de Paul.

Acabé por hacer una llamada perdida y arrepentirme al segundo.

¿Y si me hacía la loca si me devolvía la llamada? Bueno, él no tenía por qué saber que era yo… En realidad sí porque había tenido el detalle de conseguir que conservara mi número.

No me devolvió la llamada y eso me molestó.

¿Cuánto pensaba tardar? ¿Y si me hubiese pasado algo?

Cada segundo que pasaba, me sentía más molesta.

Acabé por volver a llamar y esperar todos los tonos.

Siguió sin contestarme.

¿Le habría pasado algo?

Esperaba que sí porque si no iba a matarle. Se suponía que yo era lo más importante para él y, sin embargo, desaparecía de la nada sin darme explicaciones.

¿Para qué me regalaba un móvil y me acompañaba a la fiesta? ¿Tanto se habría enfadado?

“Quiero hablar contigo. Devuélveme la llamada o dime cuándo vuelves”.

Lo leí un par de veces antes de enviarlo.

“Si necesitas algo, hay mucha gente en el cuartel. Estoy ocupado”

¿Qué?

Parpadeé varias veces sin poder creérme su respuesta.

¿Se le habría pasado todo “ese amor” solo con un enfado? ¿Se habría dado cuenta de estar equivocado en su suposición sobre ser compañeros?

Me vestí dispuesta a salir a buscarle para que me lo dijera en la cara.

Por supuesto, el cuartel parecía en ocasiones una cárcel de la que era difícil escabullirse. Para esa tarea, todos los jóvenes usábamos a Amir, que siendo el primero de los descendientes, tenía las habilidades de escape muy desarrolladas.

Amir dijo que le matarían pero acabó por sacarme por una ventana mientras hacía ruido en la parte inferior del cuartel. Me recomendó seguir mi instinto para encontrarle antes de despedirse.

Me vi en la calle, con las estrellas ya en el firmamento, sin tener ni idea de dónde ir.

¿Qué le encontrase con mi instinto?

Paseé con ganas la primera hora, después estaba despotricando barbaridades.

“Estoy buscándote por la calle sola. Podrías venir a buscarme”.

El mensaje debió llegarle pero no llamó de inmediato como esperaba.

—Eres un cretino mentiroso. —grité en la colina de la nada furiosa.

La verdad por delante: Tanto amor no podía tener si me ignoraba con esa facilidad.

Le grité a la nada frustrada.

—¿Qué haces aquí? —preguntó la voz reconocible de Paul a mi espalda.