Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

ANJALI

La playa era enorme. La arena se veía muy blanca y el agua del mar muy azul. Lo había visto en muchas fotos así, pero nunca había tenido tiempo, permiso y acompañante para ir a un lugar de ese calibre.

Pues me miraba de reojo, me notaba y a veces esbozaba una sonrisa, pero solo sentía padecimiento.

Allí me dejó hacer, corretear por la playa, por la orilla y moviéndome poco a poco irritar ante lo fría que estaba el agua. Se metió conmigo e incluso me llevó un par de veces. Una ola estuvo a punto de tirarme al suelo.

Me reí mucho.

En una de esas sonrisas cómplices miré sus ojos negros, tan ávidos de un acercamiento que algo muy pequeño se removió en mi interior.

—Tiene una edad —dije, rompiendo el contacto visual.

Suspiró, sostuvo y pelaje atrás de un movimiento de cabeza y salió del agua.

Al perderlo de vista, pronto me sentí insegura. Su cercanía me daba, de alguna forma, tranquilidad.

Volvió con el helado y me hizo un gesto, como si fuera un brindis, para indicarme que podía salir a tomármelo.

Lo hice. Me moví la toalla, me senté en la arena y se lo cogí. Él se sentó unos cuantos metros.

—¿En qué piensas? —pregunté, fijándome en su mirada perdida en el mar.

—Pues que si no fuera una farsa y quisieras esta cita conmigo, habría sido una buena primera cita —dijo medio riéndose.

—Es una farsa, somos amigos, me caes bien. Bueno, ya hemos pasado de no caerte mal a caerte bien —afirmé—. ¿Y hay algo que pueda hacer por ti en contrapunto? Digo, ahora me siento mal si dices que me aprovecho de ti.

Se fijó en mi rostro con una intensidad que quise echarme un paso hacia atrás.

—No, nada.

No me había llevado ropa de cambio y acabé por mojar la ropa con el coche. Por el paro en el centro comercial se bajó durante unos instantes, volvió con unas bolsas que me tendió. Él también se había cambiado y parecía modelo, con esos pantalones ajustados y una camisa azul.

—A ver, ¿dónde has comprado esto? No creo que tengamos el mismo gusto —dije, riendo, cogiendo las bolsas.

Me fui al baño para cambiarme y, cuando saqué la primera prenda, me sorprendí. Un vestido blanco, con flecos brillantes, que llevaba por debajo de la rodilla y unas zapatillas de exactamente mi número, que, sin ser bajas del todo, tenían una pequeña plataforma que no lo hacían incómodo.

Era exactamente mi gusto. ¿Y él cómo lo sabía? Tanto se había fijado. No llevaba tanto tiempo supuestamente desde que sabía que yo era su compañera. A lo mejor siempre había estado pendiente sin saber por qué.

Todas esas preguntas formaban mi cabeza de alguna manera sin poder quitárselas de ahí.

Me vestí y me miré al espejo y salí. Él hizo una sonrisa al verme, pero no me dijo nada. Si hubiera querido, por un segundo, que me lo dijera: estaba guapa, atractiva y que se sentía un desafortunado. Ese sentimiento salido de alguna parte me azoró y consiguió que se me sonrojase la mejilla.

—¿Y a dónde vamos?

—Pues tengo cierto nervio en el estómago, ya que estamos aquí he pensado que podríamos ver algo que creo que te puede gustar: un rico, con lujo, profesional.

Cuando estaba sentada de copiloto y él solo estaba centrado en la carretera, mis ojos se desviaban al juego que había entre su mandíbula y su clavícula. Estaba fuerte y firme en cada músculo de su piel.

Acabamos por aparcar en un puerto precioso, abarrotado de gente, cuyas luces, coches y flores dejaban ver un paisaje súper bonito.

Entramos en un local en el que por fuera no se podía ver nada del interior y me quedé embobada.

Se notaba que eran salas privadas, que compartían una pantalla común.

Entramos en uno de los cuartos donde nos sentamos solos y podíamos ver una especie de fondo marino donde se iba a llevar a cabo un espectáculo.

—Me parece una idea genial —admití, dándole crédito que merecía.

—Suponía que tu lado artístico y tu perfil aventurero apreciarían algo así —dijo justo antes de llegar un camarero que nos interrumpió el momento.

Aparte, ¿qué momento era ese? No me sentía tan incómoda, pero los nervios amenazaban un poco mi estómago mientras tamborileaba con los dedos en la mesa.

Me tendió la carta.

—Pide lo que quieras, para ti y para mí.

—¿Te atreves a dejarte en mis manos? —cuestioné divertida, supongo.

—Si dejo prácticamente mi vida, supongo que la comida también puedo —contestó.

Aquella respuesta me hizo dudar un poco. Él se estaba aprovechando mucho y yo, de alguna forma, no me estaba aprovechando. No, desde luego que no. Era intentarlo. Entonces me habían pedido que lo hiciera, o eso me dije a mí misma.

El móvil me sonó. Era una notificación del grupo de amigas romanas que estaban planeando una salida por el cumple de una de ellas.

Rebeca enseguida puso que sí, ya que pertenecíamos al mismo grupo y tuvo envidia de no tener esa posibilidad de pedirle el permiso, entre comillas, a mi compañero en vez de a mis padres.

No era que estuviéramos encerradas ni nada de eso, pero la existencia era importante y todos eran resueltos con que saliéramos en determinadas fechas y horarios.

La idea pasó por mi mente y empecé a hacerme un mechón de pelo detrás de la oreja con la intención de ponerme coqueta.

—Oye, Paul —empecé a decir mientras traían los primeros platos de mar, cuidadosamente escogidos y decorados—. ¿Tú me acompañarías a un cumpleaños para que me dejaran ir? —pregunté.

—¿Cuándo? —interrogó.

—Mañana.

—¿Eso es lo que te acaba de llegar? —inquirió.

—No me gusta dar explicaciones —sentencié.

Se quedó en silencio, pensativo, mientras comía la primera pieza de sushi. Su boca me pareció sensual al tomar todo de un bocado, pero intenté distraerme cogiendo mi primera porción de comida.

—Entonces, ¿sí o no? —insistí.

—Sí.

Cenamos, nos reímos y nos entretuvimos con el espectáculo, que sencillamente era perfecto: una combinación de teatro, acrobacias y natación sincronizada que no dejaba lugar a dudas de que el momento había sido único.

—No sé qué voy a ponerme —muy, más para mí que para él, mientras que miraba fotos en Instagram para comprobar qué se llevaba.

Todas iban a ir súper arregladas y yo lo sabía. Además, la posibilidad que tenía de salir a comprar por la mañana y de salir por la noche era nula. Que sí, que podía repetir atuendo, pero que no quería. Me preguntaba si Rebeca tendría algo que dejarme.

—Siempre tengo que estar como si fuera una niña —añadí enfadada.

Lo pegué con una boya de puerto metálica y no llegué a caerme porque Paul cogió mi antebrazo, pero el móvil se disparó al fondo del mar.

—¿Estás bien? —cuestionó, abriendo mucho los ojos.

Se le veía preocupado y su otra mano había rodeado mi cintura para acercarme a él y asegurarse de que no cayera.

—Sí, yo estoy bien, pero el móvil no está bien —seguí—. Mierda. No van a comprarme otro. Y yo debería tener ya una tarjeta de adulta del cuartel. Pero no la tengo y todo porque no se puede y todo por mil excusas que, ah, me va a tocar pelearme —incidí molesta.

Nos subimos al coche y él inició el camino.

—¿Por lo demás bien? —preguntó tras un buen rato en silencio.

—Por lo demás había sido perfecto —aseguré bufando.