Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

PAUL

“Ten cuidado” era lo último que había dicho Anjali cuando la había dejado en el cuartel.

¿Era esa una demostración mínima de preocuparse por mí?

Sonreí levemente mientras volvía a la misión.

Le había dejado a Anjali un libro en su tocador, un poemario que podía gustarle que llevaba también aventuras. Era sagitario y eso la hacía sensible como era yo pero también una aventurera optimista.

Me había informado sobre qué podía, por su propio carácter, echarle para atrás en “nuestro romance” y su parte de sinceridad a más no poder era algo que jugaba en mi contra: Porque no tenía por qué estar mintiendo sobre sus sentimientos.

Solo me quedaba reflexionar en que, efectivamente lo pensaba, pero tenía que haber un por qué: Algo que la echase para atrás.

Era leal con su familia y optimista… ¿Por qué el enfoque fatalista de pasar a ser un desastre intentarlo conmigo?

Me comía la cabeza mientras llevaba a cabo la misión de vigilancia que nos acometía. Maté a un renegado suelto y también investigamos un almacén abandonado donde se estaban dando prácticas poco éticas. Había que asegurarse de no permitir de nuevo la instauración de un sistema de renegados.

En uno de los enfrentamientos, me arañaron el pecho. Superficial y sin importancia, sí, pero no dejaba de demostrar que estaba despistado.

—Ella es un hueso duro de roer. —afirmó Leo de vuelta.

—Es un grano en el culo. —concedió su padre intentando tomárselo lo mejor posible.

—¿A ti no te importa o es que estás seguro de que no sucederá? —cuestioné hacia Einar sin poder evitarlo aunque a lo mejor debería haber olvidado el tema.

—Eres el último signo, Paul. Está más que comprobado que no podemos hacer nada contra el destino. —Resopló. —Si estáis destinados, pasará. —Hizo una pausa. —Y si no, el universo es bastante cabrón contigo.

Su sinceridad, aunque fuera con una bromita final, me sorprendió.

No me costó para nada notar que Anjali estaba en la azotea viendo cómo llegábamos. Al parecer, fue el único que lo notó por lo que no dije nada.

Entramos, nos despedimos y cada uno se fue a su habitación a dormir. O debería haber sido así.

Me detuve a unos pasos de la puerta de mi compañera predestinada y dudé en llamar. Acabé haciéndolo y el silencio que llegó me incomodó.

—Sé que estás despierta. Te he olido en la azotea. —comuniqué bajito, para que nadie de habitaciones cercanas pudiera oírme.

Abrió la puerta tras mascullar algo suficiente bajito como para que no la entendiese.

—Estaba viendo que llegaba bien mi padre. —aseguró cruzando los brazos en el pecho.

Llevaba un camisón negro hasta las rodillas y se había colocado una bata azul marino encima.

—Eso está bien supongo. —concedí encogiéndome de hombros.

¿Y si no había tenido interés alguno en comprobar si yo estaba bien y me había hecho ilusiones con el “ten cuidado” sin tener motivo? Al fin y al cabo, el éxito de la misión reflejaba cómo volvía su padre.

Me giré para irme sin mediar más palabra. Estaba cansado y hambriento así que me fui a la cocina en busca de ampollas escarlatas que llevarme a la boca.

Sus pasos me sorprendieron pero estaba demasiado cansado para ponerme a descifrar qué quería.

—Tú también estás bien. —soltó sin sentido.

—He vuelto de una pieza, sí. —comuniqué de forma escueta.

—Digo, que no quería decir que no me importase. —La miré mientras bebía el líquido granate. —Somos algo así como familia, no te odio ni nada. —añadió.

—Me quedó claro en nuestra conversación anterior. No me deseas el mal ni te caigo mal, solo no te ves. —Suspiré profundamente. —Buenas noches Anjali.

—¿Estás enfadado? —inquirió enarcando una ceja.

—No lo estoy. —mentí.

—Pues lo pareces.

—Pues, como tú misma dices, no nos conocemos así que no puedes saber si estoy enfadado. —señalé antes de irme.

Contra todo pronóstico, me siguió.

—El libro. —soltó cuando me di la vuelta para enfrentarla. —¿Cómo sabías que era de mi estilo? —interrogó.

Negué con la cabeza dispuesto a ignorar la pregunta por unos segundos y meterme en mi habitación, pero ella… Su fragancia y su cuerpo me obligaban a seguir allí.

—Lo supuse.

—¿Por qué crees que soy yo siendo de otro signo? No somos en carácter compatible. —comentó llevándose suavemente el dedo índice al mentón pensativa.

¿Podía estar más sexy?

Sin pretenderlo, mis colmillos amenazaron con salir mientras mi miembro se endurecía y me costó contener mis manos.

—Es un sentimiento interno que no tiene sentido. Te daría todo lo que pidieses… —Dejé soltar un suspiro. —Incluso lo que no estuviera en mi mano. —admití.

—¿Sí? ¿Eso no es tedioso? —preguntó cargándose cualquier tono de romanticismo.

—Supongo que si no lo sientes, lo es. —Crucé los brazos sobre el pecho cansado de aquel debate que no parecía tener fin alguno.

—¿Entonces harías cualquier cosa por mí? —preguntó aleteando las alas. —¿Y no te cansarías? —cuestionó.

Asentí con la cabeza.

Sin preverlo, se acercó a mí para darme un beso en la mejillas.

—Ya lo veremos. —murmuró antes de irse.

¿Qué acababa de pasar?

El día me cogió pensativo y excitado. Su simple acercamiento había despertado mi parte más animal.

Su fragancia, repentinamente, fue más intensa. Oí sus pasos. Una nota pasó por debajo de mi puerta y se fue forzando la marcha.

Me levanté para recoger el papel amarillo doblado en cuatro partes.

“Quiero ver el mar. Estoy lista abajo. Llevo el bañador”

Lo leí un par de veces antes de sacudir la cabeza.

Sus padres no iban a querer, la playa estaba lejos. Me pasé una mano por el rostro y el pelo.

Bueno, era mi mes. Ella era mi compañera predestinada. Quizá podía hacer algo con eso.

—No me parece buena idea. —señaló Gulliver. —Si vais solos estáis lejos de cualquier ayuda que podáis necesitar.

—Apenas hay amenazas actuales y yo puedo protegerla de todo.

—¿Se lo has dicho a sus padres? —interrogó.

—¿Te lo estoy diciendo a ti? —cuestioné de vuelta.

—El acercamiento puede ser bueno. —intervino Harold.

—Solo diré que me has dicho que salíais. Pero espero que sirva para algo. —concedió volviendo a ese movimiento suyo de masajear sus sienes cuando le estresamos.

Me posicioné en una esquina del recibidor hasta que sus ojos cayeron en los míos. Ladeé la cabeza indicando que nos fuésemos.

Pareció asombrada e ilusionada a partes iguales.

Se acercó dando saltitos y salió por detrás de mí hasta el Range Rover rojo que hacía tiempo que no movía.

—Tienes un coche espectacular. No sabía que este era el tuyo.

—Hombre, tengo que tener un buen coche para cuando decidas timarme para que vayamos donde quieres.

Se sonrojó y soltó una carcajada.

—Divertirnos no nos matará. —aseguró sacándome la lengua.

—Eso espero. —murmuré.

Su cercanía me mataba y era la cuenta atrás de una bomba.

¿Podría aguantar sin explotar?