Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

ANJALI

¿Por qué no podía ser Paul como el resto de signos que se habían resistido a creer en ese amor predestinado?

¡Me tenía que tocar el romántico colaborativo y sensible!

No iba a pasar nada entre nosotros, por mucho que él estuviese dispuesto.

Mi madre me había dado una charla sobre lo decepcionada que estaba sobre no haberse enterado por mí del asunto.

Mi padre andaba en un shock que solo rompía para soltar frases de humor, lo cual era su forma de esconder sus emociones fuertes.

Y luego estaba Gulliver recomendándome que hablase con sagitario o su mujer para ver si aclaraban mis supuestas dudas sobre sentimientos.

¡Que yo no tenía sentimientos!

Despertarme sin ganas de nada era inusual en mí pero me quedé mirando al techo revolviéndome entre las sábanas.

Alguien tocó mi puerta.

Hice un esfuerzo con el olfato para comprobar que era Rebeca.

—Vamos a desayunar. —insistió.

—Voy. —divagué sin ganas.

Me vestí perezosamente con un pantalón de chándal gris y una camiseta holgada blanca.

Solo me faltaba a mí que los demás pensasen si me arreglaba que quería impresionar a Paul.

En el comedor, nadie se dirigió en especial a mí.

Cante victoria internamente: Me iban a dejar tranquila seguir con mi vida.

Duró poco mi tranquilidad porque alguien abrió la puerta tras un pitido del timbre y volvió con un ramo de flores entre sus manos.

—Es para ti. —anunció Abigail en mi dirección y dejándolo frente a mi cara en la mesa.

Todo el mundo me miraba.

¿Qué cojones era eso?

Me puse roja mientras buscaba a disgusto la tarjeta.

"Inaguantable y predestinado"

La guardé en mi bolsillo rápida y nerviosa.

—Es de un amigo. —afirmé esperando que el susodicho culpable de la situación no abriese la boca.

¿Cómo se le ocurría a Paul enviarme flores?

Lo busqué con la mirada pero él estaba perdido en sus propias cosas.

¿Acaso iba a fingir que me ignoraba? ¿Con qué fin?

Despertarme sin ganas de nada era inusual en mí pero me quedé mirando al techo revolviéndome entre las sábanas.

Alguien tocó mi puerta.

Hice un esfuerzo con el olfato para comprobar que era Rebeca.

—Vamos a desayunar. —insistió.

—Voy. —divagué sin ganas.

Me vestí perezosamente con un pantalón de chándal gris y una camiseta holgada blanca.

Solo me faltaba a mí que los demás pensasen si me arreglaba que quería impresionar a Paul.

En el comedor, nadie se dirigió en especial a mí.

Cante victoria internamente: Me iban a dejar tranquila seguir con mi vida.

Duró poco mi tranquilidad porque alguien abrió la puerta tras un pitido del timbre y volvió con un ramo de flores entre sus manos.

—Es para ti. —anunció Abigail en mi dirección y dejándolo frente a mi cara en la mesa.

Todo el mundo me miraba.

¿Qué cojones era eso?

Me puse roja mientras buscaba a disgusto la tarjeta.

"Inaguantable y predestinado"

La guardé en mi bolsillo rápida y nerviosa.

—Es de un amigo. —afirmé esperando que el susodicho culpable de la situación no abriese la boca.

¿Cómo se le ocurría a Paul enviarme flores?

Lo busqué con la mirada pero él estaba perdido en sus propias cosas.

¿Acaso iba a fingir que me ignoraba? ¿Con qué fin?

Se fue tranquilamente a hacer sus cosas. Sí, espié que decidía hacer comprobando que iba un rato al gimnasio.

Deambulé por la casa sin querer cruzarme con nadie hasta que acabé por sentarme en uno de los salones de ocio con Amir y Rebeca, eran de todas formas los que menos iban a preguntar.

—¿Vais a salir? —cuestioné tras un rato pensativa.

—Quizá podríamos ir a algún sitio si te hace falta. —aceptó Rebeca.

—¿Hacerme falta? Yo estoy perfectamente. —rebatí a la defensiva. —De hecho, he recordado que tengo algo.

Salí tras mentir como una bellaca. No me gusta a que me mirasen como "pobrecita " cuando yo no me sentía para nada mal.

Me arreglé para salir a las calles llenas de humana y despejarme.

Cuando estaba dando forma a mi pelo en el baño, oí un poco la puerta. Salí pero no había nadie.

En el tocador, sin embargo, había un paquete rosa con una cinta dorada.

Fui a abrirla pero mi madre abrió la puerta de mi cuarto.

—¿Qué es? —cuestionó señalando el paquete.

—El regalo para una amiga, es su cumple. —mentí de nuevo. —¿Me buscabas?

—Las flores, ¿son de Paul? —cuestionó directa.

—¿Querías algo que no tenga que ver con mi vida supuestamente amorosa? —inquirí con el ceño fruncido.

—Creo que puede ser un error y que cuando acabe el ciclo se acabará, pero si mientras pasa el tiempo no te cierras en banda ni le pegas zascas a Paul, quizá sea más fácil para él.

Todos los doce han pasado años solos con una esperanza de encontrar una compañera.

Aunque luego se dé cuenta de que estaba confundido... Intenta tener algo de empatía.

Se calló de golpe cuando mi padre entró.

—Tengo que irme. Leo y Paul vienen conmigo. —dijo Einar hacia mi madre.

Ella solo asintió dejando que se fuese.

—¿Dónde va? ¿Pasa algo? —interrogué.

—Todo está bien. Pásalo bien con tus amigas, y no vuelvas tarde. Ya me peleo yo con Harold. —sentenció largándose.

Nadie tenía que pelearse con el astrólogo porque lo que tenían que hacer era asumir que había sido un error.

Me paseé por el centro mientras le escribía a mis amigas humanas para ver si tenían disponibilidad para quedar.

Ninguna podía.

Como no me dio la gana de volver al cuartel para seguir siendo estudiada como si fuera un bicho raro, me detuve en la taquilla del cine.

Elegí una de miedo que, por supuesto, no me dejó cerrar los ojos ni un momento. Al salir, estaba hasta nerviosa de estar sola.

Un hombre se chocó conmigo y me sobresalté dando un saltito. Nadie me vio, por suerte para mi dignidad.

Varios olores familiares llegaron hasta mí, por lo que decidí subirme al tejado más cercano para buscarlos.

Mi padre, junto a Leo y Paul, estaban correteando persiguiendo algo o a alguien.

—Llévatela —ordenó mi padre.

Paul se detuvo torciendo el morro.

—No pongas esa cara, que no he venido a fastidiar lo que sea que estéis haciendo —aseguré, cruzándome de brazos.

—No he dicho nada. Siempre me alegra verte, pero creía que querías que te dejase tranquila, por lo que cruzarme contigo no está en mis planes.

—¿Y qué está en tus planes? Si se puede saber.

—Uno, vamos a salir de aquí; dos, demostrarte de lejos que siento eso por ti.

—¿Demostrar de lejos? Bueno, supongo que por lo menos es discreto el método para olvidarlo cuando pase el mes —murmuré.

—Lo estás deseando —contestó molesto.

—No me caes mal —solté mientras bajamos del tejado por uno de los laterales.

Me miró tras los ojos negros como la noche, curioso.

—Digo, que no es nada contra ti. Hubiera sido igual con cualquiera por el que no sintiera eso y se me impusiese. Entiendo que pueda decepcionarte seguir teniendo que esperar.

Mi retahíla había sido el intento de empatía que me había instado mi madre a tener.

—Supongo que no caerte mal es algo bueno —dijo, riéndose un poco.

—Supongo. —acepté.

Le seguí unos pasos por detrás. Paul no se molestó en iniciar otra conversación conmigo, ni en insistir. Me quedé pensativa comprobando cómo su espalda era ancha y se le podían notar los músculos pese a la camiseta que llevaba puesta.

¿Era Paul atractivo?

Objetivamente sí.

¿Era mi tipo?

Bueno, me gustaban altos y rubios. Él cumplía ambas cosas.

¿Por qué entonces no sentía nada por él?

—Buenas noches. —dijo parándose en seco cuando llegamos al cuartel.

Choqué con su hombro un poco y él tuvo a bien evitar que me cayese. Se lo agradecí con un movimiento de cabeza casi imperceptible y él no dijo nada.

—¿Te vas? ¿Vuelves a lo que estuviéseis haciendo? —pregunté curiosa.

—Así es. —musitó de forma escueta.

—¿Y qué es? —interrogué más cotilla que otra cosa.

—Ya sabes cómo va esto. Los doce hacemos cosas para que todo esté bien. —aseguró.

—Ya…

Metí mi código en el panel del cuartel pero, antes de meterme en casa, tuve un impulso de girarme.

—Ten cuidado. —murmuré tan bajito que supuse que no me había oído.