Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

ANJALI

La rosa me había descolocado. Sobre todo porque Paul no había dicho ni una sola palabra al dármela.

Tenía a mi grupo de amigas humanas revolucionadas, pero la mirada que más me preocupó fue la de Rebeca, hija de Tauro, que estaba en mi grupito. Ella no era idiota y sabía que eso significaba algo.

La cogí de la mano riéndome de forma fingida un poco para que las otras no dijesen nada, y me la llevé aparte.

—No digas nada ni saques conclusiones. —exigí nerviosa de pronto con verme envuelta en el parloteo del cuartel.

—¿Por qué te da una rosa? —interrogó enarcando una ceja.

—Porque es un guasón. —contesté sin convencerla.

—Que no diga nada no significa que eso no vaya a explotar. Pero tú… Eres sagitario. —soltó llevándose una mano a la barbilla pensativa de pronto.

—Ya te he dicho que no es lo que tú piensas, era una coña que teníamos y, seguramente, ni te ha visto. —añadí justificándome a toda prisa.

—Vale. —aceptó vagamente.

¡Aquello era una mierda!

¿De qué cojones iba Paul?

Me tuve que contener lo que quedaba de quedada hasta que se fueron y pudimos volver al cuartel donde Greyson esperaba a Rebeca.

—Acuérdate de lo que hemos hablado. —exigí en un susurro antes de dejar que se fuera con su compañera.

Asintió pero solo en la forma que la miró Greyson supe que iba a hacerle más preguntas de las que veía convenientes al respecto de “qué pasaba con nosotras”.

Con toda esa ira dentro fui como un toro de miura buscando por todas partes a Paul.

No lo hallé en la primera batida pero acabé por chocarme con mi madre.

—¡Hija! Pareces un demonio enfadado. ¿Pasa algo? —cuestionó preocupada.

—No. Un problema humano adolescente muy lejos de lo que puedes entender. —aseguré procurando quitármela de encima.

—Si quieres le doy un susto vestido de payaso a algún crío. —soltó mi padre llegando para ponerme una mano en el hombro.

Para él todo era una broma, y más si hablábamos de posibles noviazgos humanos.

¿Por qué se iban por el tema amoroso si no había nada en mí que pudiese hacerles pensar eso?

—En realidad es algo con una amiga. —aseguré desviando la cuestión.

—Puede ser complicado pero seguro que se arregla. —dijo mi madre con una expresión en el semblante algo extraña.

Esa mujer a veces parecía poder ver a través de mí como si tuviese rayos x. Por suerte para todos, no era así.

La manga larga me picaba en el maldito círculo a veces y nadie podía notarlo.

—Reunión. —comunicó Liam aburrido con tener que estar en el cuartel con lo aventurero y romántico que él era.

Bajaron todos a la sala de sellos para hacer la reunión.

Los hijos de los doce no estábamos invitados, por supuesto, pero, en aquella ocasión, decidí subirme a mi habitación corriendo para empezar mi recorrido.

La instalación del aire acondicionado pasaba por varias habitaciones, entre otras, por la mía y por la habitación de sellado. Con eso en mente, quité la rejilla de mi cuarto y me encaramé para deslizarme cual lagarto por los sucios tubos hasta dar con la habitación.

Claro que me iban a percibir pero como yo no era una amenaza, lo dejarían pasar o bien pensando que estaba en mi cuarto, o bien dando por hecho que era una cotilla joven sin importancia.

Desde luego, nadie allí abajo iba a saber que era porque tenía la marca ardiendo desde que habíamos entrado en el signo de piscis; Paul parecía haberse vuelto loco dispuesto a emparejarse sin más conmigo; y yo quería que todo acabase sin salpicarme.

—¿Entonces? ¿Qué resultados han dado las búsquedas? —inició Gulliver.

—No se ve nada raro. La situación fuera es normal, hemos peinado bastantes zonas entre todos y no hay motivos, sin los renegados de antes, para pensar que no la estamos pudiendo encontrar. —explicó Adam.

—En los cuarteles, incluso en los más lejanos, no hay nada. —añadió Taylor.

—Quizá es un ciclo muerto, como los anteriores a Olivia. —sugirió Axel.

—No, no, y no. —dijo enfurecido Harold dando un golpe en la mesa central colocando un mapa hecho a mano.

—Lo he visto claramente. Después de este ciclo, las estrellas cambian de dirección en gran medida.

Deberíais estar todos emparejados y volver al equilibrio del nacimiento normal de originales. —argumentó.

—Quizá vuelvan a cambiar. —reflexionó Laim.

—O estén jugando al despiste. —bromeó mi padre.

Gulliver le dedicó una mirada sobre que no era el momento de hacer burlas. Él era así. Muchas veces me habían contado que ni siquiera pareció tomarse enserio el inicio de la búsqueda en su mes, aunque luego fuese de los más complicados.

—¿Qué pasa si existe pero no ocurre nada en el ciclo? —soltó de pronto Paul llamando toda la atención sobre él.

Podría haberlo matado, incluso en la distancia, tan solo con su mirada.

¿Por qué tenía que decir algo así? Sonó sospechoso.

—¿Tienes sospecha de que así sea? ¿De que exista? —interrogó Gulliver.

—No. —mintió. —Pero se me ha ocurrido pensar que, si en otros ciclos se ha podido esperar un año entero, quizá aunque esté marcada alguien, podemos simplemente esperar. —sugirió.

Bueno, no era de lo peor que podría haber dicho para calmar las aguas.

—Imagino que no pasaría nada. —aceptó Gulliver.

—¡Qué no es eso lo que dicen las estrellas! —corrigió Harold.

Paul dio un paso al frente cabreado de pronto. No lo había visto en ese plan.

—Si tus estrellas no me van a traer a la marcada dispuesta a emparejarse conmigo caída del cielo, tendremos que esperar. —sentenció.

Mala suerte fue que, en ese preciso momento, el conducto del aire acondicionado donde me encontraba, cediese haciéndome caer en el centro de la sala.

Para colmo, con la caída, mi manga se había enganchado rompiéndose y mi círculo ardiendo estaba al descubierto.

Genial, absolutamente genial.