Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

PAUL

—Ese puñetazo era totalmente innecesario —dije, enfadada, mirando a Paul.

Le había notado llegar. ¿Para qué mentir? Estaba en un tejado cercano, o puente, mirando lo que hacía en el parque con uno de mis amigos, con el que había tenido una cita. No era un chico que me gustase especialmente, pero era majo y estaba viendo a ver qué ocurría entre nosotros.

Lo malo fue que cuando intentó besarme apareció Paul y le rompió la boca. Y ahí estaba, plantado, mirándome, con unos vaqueros desgastados y una camisa blanca que le iba ancha.

—No lo he podido evitar —aseguró, encogiéndose de hombros, quitándole importancia—. Deberías saberlo. Lo hemos hablado en la cocina.

—No, no hemos hablado nada, porque lo que tú crees que sientes no deberías sentirlo. Yo no lo siento y nadie debe enterarse —dije, dándome la vuelta, dispuesta a irme al cuartel.

—Lo de que no debo sentirlo es cosa tuya, porque tú estás marcada, estamos en mi signo y yo lo he sentido.

Tu marca, medio ardiendo, debería decirte que esto es lo correcto y que no debías estar con cualquier idiota que haya en un parque.

Además, no digas las cosas y te vayas, como si fuese a desaparecer de mi mundo, porque te recuerdo que vivimos en el mismo edificio.

—No me lo recuerdes —insistí, dispuesta a seguir andando, decidida, sin darme la vuelta.

Al final, cuando estábamos a punto de llegar y como no quería que nadie y mucho menos mis padres supieran la situación, me giré hacia él. Sus ojos negros me observaban desde la mínima distancia, mientras que sus manos permanecían en los bolsillos.

—Esta no es una situación como otras que ha habido.

No es que yo huya de ti o que tú huyas de mí o que mis padres se vayan a enfadar.

Es simplemente que te estás equivocando, que no me gustas, que no somos del mismo signo y que es innecesario que se enteren y pongan ilusión, ganas y disgustos, depende de quién estemos hablando, en el tema.

—¿Has terminado? —interrumpió enarcando una.

—¿Te ha quedado claro? —rebatí de vuelta.

—Clarísimo como el agua. Pero, ¿sabes qué?

Tienes razón en una cosa. Esto no es como otras veces, porque yo no me voy a esconder, no tengo por qué callarme y me da igual que lo sepan.

Siento cosas por ti. Sería más fácil si me dejaras comprobarlo y si pudiéramos tener algo antes de dar la voz de alarma, pero tampoco pienso callármelo —decidió.

Le quise matar, estrangular con mis propias manos.

Mis padres se iban a poner como locos. Por lo menos, mi padre era de los más laxos en cuanto al tema, porque se lo tomaba todo a broma.

Pero era una gilipollez. Suficiente iba a tener que pasar el día que encontrase a mi macho, como para pasar por ello sin ninguna necesidad.

—¿Tener algo tú y yo? Mira, hemos vivido aquí juntos durante muchos años.

Nunca nos hemos llevado especialmente bien, no nos hemos puesto a hablar de la nada, no somos amigos.

¿Qué te hace pensar que ahora, porque estamos en tu mes, ha llegado el momento de unirnos para siempre?

Es que no tiene sentido. Tú no sientes eso.

Creo que estás agarrándote a cualquier cosa porque no quieres ser el único doce que defraude y, por lo que sea, mi marca está más juguetona de lo normal.

—Hice una pausa, nerviosa. —¿Has probado a ver si alguien más la tiene?

Nuevas o antiguas, nuevas marcas, marcas que ardan, otra gente...

Solo te pido eso. Compruébalo antes y déjame dormir, que estoy muy cansada —solicité.

—No te recordaba tan borde —aseguró, consiguiendo que me girase de nuevo, abriendo mucho la boca sorprendida.

—No me recuerdas tan borde, porque no tienes conversaciones entre nosotros que recordar —señalé antes de meter mi código en la puerta y entrar al cuartel.

Por suerte para ambos, no había nadie a la vista que se percatara de nuestra discusión.

No tenía ni idea de por qué tenía que pasarme eso a mí. Me repetí una y otra vez, mirándome al espejo y mientras me peinaba el pelo, recién mojado, si había algo que yo pudiera hacer para convencer a Paul de que cambiase de opinión y buscase en otro sitio.

Estaba convencida de que no era yo lo que andaba buscando y que no tenía por qué meterme en aquel follón. Ni siquiera tenía ese sentimiento de ser familia como le había pasado a otros, ni de pertenencia, ni de estar esperando.

Yo era... hija de escorpios.

Pero mi carácter era totalmente de Sagitario: una mujer independiente, creativa, con fuerza y con muy pocas ganas de afrontar aquello.

Apenas pude dormir, dando vueltas, segura de que me pondrían mil cadenas si se enteraban de lo de la marca medio ardiente. La miré repetidamente y la toqué, como si pudiera desactivarla, casi como si fuese un botón, pero no ocurrió.

Por la mañana decidí buscar a Paul para volver a pedirle que, aunque él se viera sin ningún miedo a decir lo que supuestamente sentía delante de todo el mundo, se callase por mi bien.

Lo encontré en el gimnasio practicando. Objetivamente era atractivo, pero desde luego no era mi compañero.

—Buenos días —dijo sin girarse.

Vale que teníamos los sentidos bastante agudos todos, pero me ponía de los nervios cuando alguien hacía eso y, más concretamente, él.

—Solo vengo a pedirte lo de anoche.— Hizo una mueca de mirada hacia atrás y siguió con su saco. —Me refiero a lo de no decirle nada a nadie hasta que no compruebes bien todo lo que tienes que comprobar —añadí.

—Sí, lo dejaste claro —declaró, evitando el conflicto.

—Vaya, pensé que iba a ser más difícil, creía que ibas a gritar a los cuatro vientos, pero me has sorprendido.

—Y voy a hacerlo —añadió—. Solo me parece bien lo de explorar el resto de opciones, como tú dices, por si fuera una pájara puntual, aunque estoy convencido de que no.

Eso último lo dijo parando el saco y clavando sus ojos negros en mí.

—Vale, tú compruébalo todo y lo hablamos. No le digas nada a nadie antes de hablarlo conmigo —solicité.

Rodó los ojos hasta ponerlos en blanco, desidioso con mis peticiones, pero como había dicho que sí, iba a confiar en que lo que creía sentir por mí lo mantuviese con la boca cerrada.

Me crucé a mis padres en el desayuno y les sonreí levemente antes de sentarme con algunos de mis primos.

Al rato vi entrar a Paul, ya cambiado, directamente a la mesa de las cosas serias, como los jóvenes decíamos. Se sentó junto a Gulliver y Harold para hablar con ellos, bajando mucho la voz.

Aquello me molestó sobremanera, porque no podía estar segura de que no estuviesen hablando de mí. Esperé un poco por si alguna reacción les delataba, pero nadie dirigió ninguna mirada en mi dirección, así que tuve que creerme que no iba conmigo la cosa.

Harold, sin embargo, se vio muy contento repentinamente y eso, viniendo del astrólogo, era improbable si no se trataba de marcas y bebés estelares. Pero Einar, mi padre, estaba en la mesa y no había reaccionado de ningún modo, así que conmigo no iba la cosa.

La curiosidad me dejó pensativa.

¿Qué se habría inventado Paul?