Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

OLIVIA

Habían pasado tres meses desde que me había convertido en vampiro. El solo hecho de pensar en ello me removía de arriba abajo. No era que estuviese disgustada con ser un ser inmortal o prácticamente indestructible, sino que me había costado darme cuenta de todo lo que había cambiado a mi alrededor.

Sin embargo, había otras cosas que eran más duras para mí, como el hecho de pensar en el tiempo o en cómo acababa de coger sentido todo lo que conseguiría en la vida, porque no desaparecería como si fuera polvo.

En cuanto a Axel, por supuesto que sentía esa atracción hacia él.

Era como un imán, imposible de borrar por lejos que estuviéramos.

Necesitaba tiempo, tiempo para descubrirme misma, tiempo para seguir invirtiendo toda mi alma en los cuadros que necesitaba pintar para que se entendiese mi historia, sin contar nada, claro.

Aun así lo veía, lo veía cada día. Él se pasaba por la galería en silencio.

Compartíamos ratos de algunos minutos, totalmente callados, en los que solo mirábamos cuadros y nos mirábamos a los ojos.

Quería tocarle, quería besarle, juntarme a él y sentir todo el placer que podía ofrecerme. Pero había algo que me retenía.

También lo veía a veces en el tejado de enfrente de mi ventana por la noche, vigilando que no me pasara nada. Era como una ilusión y, a la vez, una de mis pesadillas. Alguien como él y, bueno, también como en lo que yo me había convertido, había acabado con mi madre y eso me pesaba profundamente.

Aquella noche me arreglé. Hacía tiempo que no lo hacía y, cuando estuve lista, ataviada con un vestido azul marino y unos tacones blancos, salí.

Axel estaba en el tejado. Cuando me vio, pareció sorprendido. Noté su silbido pequeño incluso con la distancia, así que sonreí un poco e hice un gesto para que bajase.

—He pensado que podríamos tener citas —solté, sorprendiéndolo.

—¿Citas? —cuestionó.

Se le veía confuso. La tensión en aquella cercanía iba subiendo por segundos.

Le coloqué una mano en el pecho y él simplemente se quedó congelado. Acerqué mi cuerpo al suyo y me coloqué de puntillas para que mis labios llegaran al lóbulo de su oreja.

—Sí, citas. Quiero ver qué hubiera pasado si hubiéramos sido normales, Axel —admití.

Le vi tragar saliva. Le vi tensar su mandíbula tanto que el músculo de esa zona le palpitaba. Pero acabó por asentir y ofrecerme la mano.

Axel entrelazó sus dedos con los míos y echamos a andar. Sentí que con esa fuerza agarrando mi mano nada podía detenerme.

Paseamos por el parque. Visitamos un museo del que pudo contarme su historia, desde que había abierto, pues él había vivido. Sonreí al pensar que yo también podría vivir toda esa cantidad de experiencias en mi vida.

Él me besó, sin piedad.

En cuanto me besó, sonreí.

—Lo siento, no puedo evitarlo —confesó.

—Y no quiero que lo hagas —aclaré.

Acabamos por cenar en una pizzería que hacía esquina, toda antigua, en la que Axel aseguraba conocer al tatarabuelo del que nos sirvió la comida. Eso me hizo reír a carcajadas y él volvió a quedarse embelesado mirándome.

—No me mires así, me cuesta mucho seguir manteniendo las distancias —confesé.

—Pues no lo hagas —sonríó.

Me acerqué un poco más a él en la mesa, agarrándole las manos. Nos dimos un beso antes de empezar a cenar.

A lo mejor tanera sencillo cómo hacer las cosas así: tener una relación sin importar que fuéramos vampiros, sin importar todo lo que había pasado antes ni todo lo que podía venir después.

Notaba en algunos silencios que se callaba lo que pensaba. No quería que fuera así, pero tampoco quería entrar en un bucle de exigencias sobre lo que debía hacer.

Él era especial, eso lo había entendido.

Eran doce y él era un signo principal de su casa, Acuario, al que yo también pertenecía.

Pero todas las demás cosas que había dicho sobre unirse y sobre la posibilidad de que apareciese otra persona para él destinada o con la que se suponía que debía tener un bebé.. no podía ni quería saber nada de eso.

Tomamos una copa de champán.

—Podemos terminar la noche en mi casa —dije, lamiendo el lóbulo de su oreja con mi lengua.

Se encendió rápido. Mi cuerpo respondió a su calentura y acabamos despojándonos de toda la ropa mientras sudábamos y mis uñas recorrían su espalda al eco de los vaivenes de placer que me ofrecía.

Un instinto muy animal me obligó a pedirle que me mordiese mientras teníamos sexo. Era algo instintivo, casi animal, necesario, que pedía cada poro de mi piel.

Él no me negaba nada de lo que yo le pedía y eso aumentaba mi seguridad hasta el punto de sentirme la mujer más sexy de la tierra. Él me confirmaba que así era entre sus susurros dulces, prometedores de placer durante toda una eternidad.

¿Cómo podría yo renunciar a vivir eso? Había estado lejos de él, pero siempre lo sentía muy cerca.

El éxtasis llegó llenando todo de gritos y ecos de placer. Sus manos agarraron mis muñecas mientras arqueaba la espalda para recibirlo por completo.

Después besó mi frente. A continuación, lamió mi cuello y descansó a mi lado, cogiendo con su mano mi cintura para girarme hacia él y abrazarme.

—Lo eres todo —susurró.

—Tú también —admití—. Que suerte entonces que seamos novios —bromeé.

Me miró con algo brillante en los ojos, un sentimiento de necesidad, anhelo y paciencia que conseguía demostrarme su amor cada día.

A lo mejor, aunque no iba a confesárselo, si hubiera estado marcada, tal y como me habían explicado, hubiera sido más sencillo para mí verme como su compañera por completo. Yo sentía que era así, pero el miedo atenazaba mi pecho en las noches cuando estaba sola y no tenía cómo decírselo.

—Siempre serás tú —murmuró, casi como si supiese lo que estaba pensando.

¿Y si cambiaba de opinión?