CAPÍTULO 11
AXEL
No había sido premeditado y podía ser la conversión más forzada y con menos tiempo de todos los signos. Absolutamente todos mis hermanos habían flipado y Gulliver, por su parte, se había echado las manos a la cabeza.
Harold había gritado algo sobre no estar marcada, los bebés estelares posibles, pero ya estaba hecho.
Olivia estaba tumbada en mi cama. Tenía un rostro angelical y llevaba durmiendo algunas horas. El proceso de conversión estaba haciendo efecto en ella.
Abrí los ojos muy lentamente.
—Axel —susurró muy bajito.
—Dime. Estoy aquí —aclaré agarrándole la mano.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué era eso? —titubeó.
—Mira, Olivia, podría mentirte, pero yo no quiero perderte. Y en lo que yo soy, esto es lo que se hace: vincularnos para siempre, para la eternidad —confesé.
—Somos novios. Pero eso no explica lo que he visto —soltó, demasiado confundida, abriendo los ojos.
Vi que una parte de su duda era miedo y, desde luego, era algo comprensible. Estaba a punto de empezar a pedir explicaciones al otro lado de la puerta, pero no sabía cómo hacerlo ni mejor ni más rápido.
—Lo que has visto es un ser no humano cuyos instintos le han traicionado, pero no quería asustarte —declaré.
—¡¿No humano?! —gritó, literalmente.
—Olivia, no te asustes. Estás bien, estamos bien y tú ahora...
No me dejó terminar la frase porque se levantó y empezó a dar vueltas con una histérica. Fue a salir, pero la habitación estaba atrancada.
—No puedes encerrarme aquí. Deja que me vaya —exigió.
—No puedo dejarte ir. Ahora tú eres como yo.
—¿Y cómo eres tú? Yo no te conozco. —gritó.
Oí que el grito había sido percibido desde fuera y había cada vez más gente agolpada allí, viendo a ver cómo se resolvía el asunto, lo cual no hacía precisamente cómoda mi conversación.
—Vas a tener tiempo de conocerme. Pero lo primero que quería decirte, y lo llevo rumiando desde que me lo dijiste, es que no estás loca.
Tu instinto es fuerte y sabías que algo no cuadraba con lo de tu madre.
Así que debo decirte que fue algo sobrenatural.
Y aunque nosotros no tuvimos nada que ver, se trata de seres que no respetan las propias leyes que tenemos ni a los humanos.
Luego se limpió para que no hubiera ningún tipo de rastro que los humanos pudieran identificar.
Se quedó totalmente en silencio, tanto que cogí su mano con la mía solo para comprobar que seguía presente. Una lágrima resbaló por su rostro y yo la acaricié con mi pulgar. No se movió para quitarme.
—Yo lo sabía —susurró.
Luego, para mi sorpresa, se dejó abrazar durante un buen rato.
—Olivia. Sé que te cuesta entenderlo, pero tus sentimientos se ordenan hacia mí igual que los míos hacia ti, porque estamos destinados a estar juntos. Es cuestión de adaptarse a tu nueva condición y tengo toda la eternidad para darte tiempo y comprensión —declaré.
—¿Por qué simplemente no me dijiste la verdad?
A lo mejor podría haberlo entendido, pero esto yo no puedo...
Axel, tú has representado una verdad que llevaba mucho tiempo buscando, pero no sé si ahora que soy libre de eso quiero entrar en lo que sea esto: una relación que ocupe toda mi vida solo porque tú lo has decidido.
Yo nunca decido nada en mi historia —lloriqueó.
Sus lágrimas rompieron una parte de mi alma. Entendía lo que quería decir, pero ella no podía comprender hasta qué punto, en el interior de mi corazón, como vampiro y como Acuario, yo sabía que era la última pieza de mi rompecabezas.
Ella rompía todas las reglas de la lógica que yo siempre había aplicado y disparaba cualquier atisbo de creatividad hasta hacerlo especial.
—No hay otra opción que dejarte tiempo para que lo asimiles y que lo que somos surja dentro de tu interior con más fuerza para que no tengas dudas —murmuré.
Me acerqué a ella. No se apartó. La besé con mucha suavidad y me devolvió el beso. Sonreí pensando que, como con mis hermanos había pasado, todo se podía acabar pasando por alto porque el destino era así.
—Necesito hablar con Gulliver —soltó entonces, consiguiendo desencajar mi mandíbula—. Es el que manda, ¿no? —cuestionó seria.
Habría querido negárselo, pero sus palabras sobre lo poco que había decidido en toda su vida llenaban mi culpabilidad hasta el punto de dejar que así fuese. Lo que no fui capaz fue de no ponerme detrás de la puerta a escuchar, por supuesto.
Algunos de mis hermanos, al pasar por allí, me miraban con cara de lástima y alguna de sus compañeras tocaron mi hombro con una palmadita, dándome ánimos.
¿Cómo habían podido pasar por tal episodio de locura mis hermanos y seguir en pie?
Encontrar a la compañera predestinada se suponía, por lo poco que habíamos oído durante toda nuestra vida, que era la mayor alegría de nuestra existencia. Sin embargo, daba tantos dolores de cabeza...
—Entiendo que eso es difícil —dijo Gulliver.
—No voy a delataros, no me interesa, pero tampoco me quiero quedar aquí. Quiero seguir con mi vida un tiempo. Quiero ver qué pasa después de esto.
—Es peligroso. Eres una neófita y tus instintos van a pedirte sangre.
—Enséñame a administrarme y ocultarme, pero quiero vivir mi vida y no quiero estar en estas cuatro paredes.
—Axel te necesita —aseguró Gulliver.
—Siento que lo necesito también, pero también necesito mi libertad. Necesito ver el mundo exterior, ahora que no tengo la venda. Quiero hacer algo con el proyecto de los desaparecidos, aunque no pueda decirles por qué desaparecen. E imagino que era lo que estabais haciendo vosotros allí.
—Hablaré con él, colaboraréis en eso, al igual que con Celia. Dejaré que vivas en tu piso, pero tendrás que rendir cuentas aquí y llevarás un busca. Y solo durante un tiempo mientras que veis qué pasa con vosotros.
Entré, dando un golpetazo a la puerta con la mano.
—¿Vas a dejar que se vaya? Con las demás no lo hiciste —reclamé.
—Las demás eran diferentes —remarcó cada palabra.
Sí, ella no tenía la marca. Ella no era imprescindible para el cuartel. Ella no podía hacer un bebé estelar y, solo por eso, a todos les daba igual que yo me quedase solo, que yo renunciase al amor de mi vida y que yo sintiera que me moría por dentro.