CAPÍTULO 10
OLIVIA
Todos los hermanos, primos y sobrinos que tenía Axel parecían sacados de una revista de modelos. Estuve a punto de googlear en mi teléfono si no era así y estaba metida en una casa de famosos sin saberlo.
De hecho, las paredes grises, altas y los amplios controles de seguridad me parecieron propios de personas que valoraban demasiado su privacidad. También, si me ponía a pensarlo, ni siquiera había visto por qué camino habíamos llegado hasta ese sitio.
La comida estaba muy buena y nos sentamos en una gran mesa alargada que ocupaba un grandísimo salón. Axel, a mi lado, estaba tenso. Podía notarlo. Quizá era por la aceptación o no familiar de nuestra relación. Pero intenté tranquilizarle poniéndole una mano en su rodilla.
En mi interior me puse a darle vueltas a lo absurda que era aquella situación. Nos conocíamos menos de una semana y habíamos pasado un par de noches juntos.
¿Qué hacía conociendo a su familia?
Pero, aun sabiendo que no tenía ningún sentido, me sentía como en casa.
Intenté organizar mis emociones, por lo menos hasta que pudiésemos ver qué pasaba. Pero los acontecimientos se sucedían de forma muy rápida.
Me fijaba sin querer en la posesión que parecía tener todo el mundo con sus mujeres, lo grandes que eran los hijos en comparación a los padres… Y no pude dejar pasar por alto ese sentimiento de escrutinio que había notado desde que había entrado.
Era algo más, era algo más que sospechar de mi persona por ser nueva.
Einar, uno de los más jóvenes de la mesa, no paraba de reírse, pese a los codazos de su mujer, y hacer bromas sobre el noviazgo, las novedades y todas esas cosas.
Gulliver, el padrino de Axel, por lo que sabía, era el que más serio estaba, con diferencia.
Y luego llegó un señor que nadie me presentó en sí como familiar, cuyo nombre era Harold, el cual parecía disgustado. Debía ser el abuelo.
¿Estaría disgustado por algo en especial o por algo mío?
Pasó por mi cabeza que fuese un tema de etnias que yo no comprendiese y que Axel quisiera algo muy serio, muy rápido y además estuviese infringiendo algún tipo de norma.
Pero dejé todas esas suposiciones en un batiburrillo para planteárselas después. Estaba a gusto. Sentía que estar cerca de él era lo que quería, pero aun así se me acumulaban las preguntas demasiado rápido.
—¿Le has dicho ya que saldremos unos días de la ciudad? —preguntó Gulliver de pronto.
—No, aún no he tenido ocasión, pero sí. Mi familia y yo solemos estar la semana del cambio de mes fuera, unas vacaciones familiares —comentó Axel.
—Oh, ¿y a dónde vais? —pregunté con normalidad.
El silencio fue sepulcral y eso me hizo plantearme si me estaba mintiendo.
—A Finlandia —respondió Celia rápido—. Todos los años cambiamos de destino, pero este año es a Finlandia —aseguró.
—Oh, es muy bonita, por lo que sé. Nunca he estado —sentencié.
—¿Y cómo os habéis hecho pareja tan rápido? —preguntó una chica muy amable llamada Lena.
—Pues en realidad estamos empezando, solo que a lo mejor como todos estáis en pareja, pues no quería venir solo —solté, procurando ser graciosa y espontánea.
Algunos se rieron, otros no tanto.
—¿Y habéis conseguido cuadrar todos vacaciones a la vez? Es un milagro. —dije tomando la iniciativa de nuevo.
—Sí, nos ha costado lo nuestro —respondió.
—Y... ¿de quién es la graduación? Que aún no me he enterado —interrogué.
Esa pregunta instauró el silencio nuevamente de alguna forma.
—Pues... Rebecca ha terminado su licenciatura en Derecho —contestó un hombre serio llamado Taylor.
Tuve que fijarme bien en la diferencia de edad con la hija, no podía ser tan alta como parecía por la carrera de la niña.
—Ah, pues enhorabuena, es una carrera muy difícil.
—¿Y tú has estudiado algo? —preguntó Rebecca, amable de vuelta.
—Sí, yo estudié filosofía y ética, pero bueno, no es algo de lo que se viva muy bien —respondí riéndome.
Alguna chica se rió también.
—Por eso también intento ser comercial en la galería, que es de donde saco la mayoría del sueldo, y sacaría más de no colaborar en el centro de desaparecidos. Es verdad que me pagan algo, pero decir que es un sueldo es mucho decir.
—¿En el centro de desaparecidos? —interrogó Gulliver, apoyando los codos en la mesa, inclinado hacia adelante, con mucho interés de pronto—. ¿Os conocéis también de eso? —preguntó.
—Sí, estamos en el mismo equipo —respondió Celia, sonriendo de una forma que me pareció algo tensa.
—Pues qué bien, así queda todo en familia.
Y lo último que había dicho Gulliver me había parecido un poco irónico. A ese hombre no le gustaba demasiado mi presencia y no hacía nada por ocultarlo.
Cuando terminamos de cenar y hablar un poco por grupitos durante un rato, nos subimos a una azotea, cogidos de la mano. Axel iba seguro delante. Yo, dubitativa, detrás.
La noche estaba preciosa y, cuando me alzó con las dos manos por la cadera para sentarme en el alféizar de la azotea, sentí un pequeño escalofrío. No me soltó y clavó sus ojos en mí, indicándome que no tenía que tener ningún tipo de miedo.
—No es que no quieran que estés aquí, es que es muy raro que llegue alguien —explicó, como si buscase las palabras.
—¿Por qué es tan raro? Quiero decir, aunque nunca hubieras traído a nadie, ha habido mucha tensión —admití bajito.
—Olivia, no sé cómo describir esto —empezó a decir.
—Solo suéltalo. Si sois de alguna religión, etnia, no pasa nada, no soy nada intolerante.
Mis palabras habían salido solas. Solo quería que me dijera lo que estuviese rondando por su cabeza y poder solucionarlo. Era una necesidad para mí estar cerca de él y no quería perderlo, por mucho que las condiciones fueran algo diferentes a lo que me hubiera imaginado.
Siempre me había sentido sola desde el momento en el que mi madre había fallecido y había acabado en el orfanato.
Después, por mucho que me había integrado en un montón de grupos sobre desaparecidos, sobre colaboración e incluso gestionado un montón de proyectos, había sentido que nadie me entendía.
—Yo no soy exactamente como tú. Ellos tampoco. Y quiero que tú seas como yo.
—Axel.
La voz de Gulliver nos interrumpió.
—Deberíais bajar. Vamos a cortar la tarta —sugirió.
Axel me ayudó a bajarme y descendimos las escaleras.
Sin previo aviso llegó un hombre y todos se quedaron mirándolo, casi como si fuese un enemigo.
—No puedes estar aquí y menos a estas horas —dijo Adam, poniéndose en medio de él—. Vete a tu cuartel —exigió.
—Es que tengo una comunicación que darle a Gulliver —replicó este—. ¿A qué coño huele? —añadió, olfateando el aire.
¿Qué tipo de comportamiento era ese?
A los segundos, entró un chaval de aspecto juvenil y su mirada cayó en mí como si fuera un depredador. Lo que no me esperaba, ni en mil años, fue ver cómo sacaba unos colmillos y se abalanzaba hacia mí.
Axel se metió en el medio agresivamente. Lo empujó. Sacó también unos colmillos dentro de su dentadura.
Estuve a punto de desmayarme, pero Axel me giró hacia él y, sin previo aviso, clavó sus dientes en mi cuello.
—No es la mejor forma, pero sé que eres tú. —susurró justo al mismo tiempo en el que mis ojos se cerraban.